Desde hace años tenemos un sector social de trabajadores que parece no existir. Nos referimos a aquellos mayores de 45 años que ya han tenido una trayectoria laboral, han perdido sus empleos y deambulan en búsqueda de una nueva oportunidad para reinsertarse. En un discurso, la ministra de Desarrollo Social, haciendo referencia a la problemática, menciona la realidad de una juventud que está sin rumbo y carece de buenos ejemplos familiares, esos miles de jóvenes que existen en los grandes centros urbanos, que no estudian ni trabajan. Y plantea que vienen de una o dos generaciones que no vieron trabajar a sus padres o hacerlo con continuidad. Esa cultura del trabajo que durante décadas se había logrado construir, fue destruyéndose en la década del noventa y sus consecuencias se están viendo desde la crisis del 2001. Continuando su discurso, nuevamente hace referencia a ese sector de padres mayores de 40 años como si no existieran. No es la única funcionaria nacional que observa las cosas de este modo, también los provinciales de diferentes corrientes políticas. Ignoran la existencia de miles, millones de personas adultas que habiendo trabajado durante décadas tienen problemas laborales. Debemos pensar en esos jóvenes, toda nación se retroalimenta del desarrollo de una nueva generación, pero no olvidemos que hay progenitores que los deben criar, proveerles educación, moral y ejemplo. Por eso, dar por inexistentes a sus padres y/o mayores es, sin decirlo, que esos miles o millones están "muertos", porque así lo dispone un sistema equivocado que sólo los ve como fantasmas que transitan en la sociedad. Son sólo excluidos condenados a la marginación social y al olvido. Es difícil pensar en ellos, porque no se conforman con discursos, necesitan realidades, empleos decentes, programas de inclusión que ayuden a recuperar su dignidad. Sólo así se podrán hacer cargo de la vida de sus hijos, existirá futuro y rescataremos la cultura del trabajo.
































