Belgrano

El hombre que lo dio todo

Nos miraba desde arriba, reflejado en un retrato solemne, al que entornaba un humilde marco de madera ya deteriorado por el paso del tiempo.

Sábado 20 de Junio de 2020

Nos miraba desde arriba, reflejado en un retrato solemne, al que entornaba un humilde marco de madera ya deteriorado por el paso del tiempo. Pero a diferencia de San Martín o Sarmiento, las otras presencias habituales en espacios semejantes, él no intimidaba. Se diría más: incluso generaba cierta corriente de simpatía, como si entendiera lo que pasaba con nosotros, que éramos simplemente chicos y estábamos ahí, vistiendo parejos delantales blancos, enfrentando las cuatro horas de clase en las aulas frías del invierno.

Esa es la verdad: Belgrano siempre nos cayó bien. Después, algunos de los que compartimos la primaria en aquella escuela de barrio seguimos estudiando, o leímos por cuenta propia, y entonces nos enteramos aún más de la genialidad estratégica, la austeridad personal y la carencia de ambición de poder de San Martín, y también descubrimos que Sarmiento no solo había sido el que propagó la educación a los cuatro vientos sino un enemigo implacable del gaucho y del indio. Belgrano, mientras tanto, nos seguía cayendo bien. Él no era el "prócer" habitual de la iconografía nacional: tenía una irrefutable complicidad con la ternura.

A doscientos años de su muerte, que le llegó cuando la pobreza lo agobiaba, la figura del creador de la bandera continúa su ruta en el imaginario de los argentinos. Se lo asocia con los valores más nobles. Se lo asimila a la generosidad, la inteligencia, la nobleza, la valentía. Y Rosario, además, cuando era apenas una pequeña villa junto al río inmenso, fue donde la enseña patria tembló por primera vez en el cielo. Belgrano es bien nuestro, entonces, rosarino hasta la médula, y a la vez de todos quienes habitan este suelo. Su coraje civil, su lucidez empática, su bondad innata y su proyección ineludible desde el siempre pequeño "yo" hasta el ilimitado "nosotros" lo vuelven inmejorable compañía para quienes buscan en el pasado ejemplos que conduzcan hacia el porvenir. Se trata de vida, nada menos, y en su sentido más hondo: Belgrano trasciende su triste final y nos toca, nos convoca, nos cuestiona, nos alimenta.

Cuando este suplemento que tiene ahora el lector entre sus manos, o bien en una pantalla, comenzó a ser pensado, el título de la tapa se planteó como clave. Y de pronto surgió la idea: "Más vivo que nunca". Porque así es: ajeno por completo al olvido, Belgrano se instala con firmeza en el presente para sacudirnos, no sin convocar también a la discrepancia y la polémica, que en estas páginas han quedado reflejadas.

Son muchos aquellos a quienes Belgrano les cae bien. Y no es gratuito, claro: lo sienten cercano, casi íntimo, compañero. Lo perciben, con sus defectos y tal vez también a causa de ellos, tan ejemplar como humano. Él ya no está físicamente, pero su obra y sus ideas lo hacen florecer sin pausas en la tierra que amó. La amó tanto, que le dio todo.

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