Tanto temió a la muerte Socorrido, que una noche murió dormido. Y al llegar al cielo se encontró con San Pedro, un hombre viejo, pero recio, bonachón e hiperactivo, quien, al recibirlo, le pidió que esperara en una sala contigua a la que él se encontraba con un hombre de traje, llegado un rato antes. Curioso, Socorrido se sentó junto a la ventana para escuchar de qué hablaban los hombres aludidos. Y del siguiente diálogo fue testigo. Dijo Pedro: “Perdona… Me decías… ¿Vos, en Argentina, de qué jugabas?”. “De juez”, respondió el hombre de traje. “¡Ah, mirá vos, qué bueno!”, dijo el portador de las llaves del cielo. A lo que añadió: “¿Y cobrabas todo lo que veías?”. “No, muchas cosas no las sancionaba”. “Cómo… ¿no tenías jueces de línea que te colaboraban?”. “Sí –dijo el juez–, pero tenía arreglos previos que no podía desarreglarlos”. “¡Entonces no impartías bien justicia!”, dijo el viejo. “Por lo menos, algo cumplía”, acotó el juez. “¿Cómo que algo cumplías? ¿Con quién cumplías?”, preguntó Pedro. “Cumplía los compromisos que adquiría con quienes tenían más poder que yo”, dijo el viejo. “¿Acaso era gente que conocía las leyes mejor que vos?”, insistió Pedro. “No, pero me ofrecían muchas cosas y con ellas me reducían”. “¿Trajiste alguna de ellas para mostrarme? Me gustaría saber de qué se tratan esas cosas que tanto poder tenían”. “No, no traje ni una”, dijo el juez. “Me hubiera gustado traer algunas de las que más disfrutaba, pero no pude traer nada”. “No te preocupes, de todos modos acá nada de eso te hará falta”, dijo Pedro. Y con un gesto de fastidio se levantó de su asiento y dio un grito tan fuerte llamando a su asistente que despertó a Socorrido de su sueño bruscamente.




































