Principios de los ochenta en la ciudad más melancólica del mundo. A Rosario no le era suficiente
con ser ella misma: tuvo que parir la Trova para convertirse de manera más profunda en lo que ya
era.
Finales del Proceso, la dictadura asesina va a dar su atroz manotazo de ahogado: las
Malvinas, vieja causa nacional, se transformarán en el pretexto ideal para el intento militar de
perpetuarse en el poder. Son días terribles.
En la ciudad, pese a todo, hay movimiento. En los bares céntricos, en viejas buhardillas, en
donde se pueda: poesía, política, teatro, cine, música… Algo está pasando y va en serio.
Cuando Tiempos Difíciles, el primer disco de Baglietto, explotó en las bateas de las
disquerías en ese feroz otoño del 82 el fenómeno quedó claro de repente. Ya no se trataba solamente
de Central o Newell’s, ni del puerto cerealero y las pequeñas industrias de la vieja capital
del peronismo: la urbe sin origen definido había dado a luz, inesperadamente, canciones que la
contaban desde adentro. Mientras el frío y la llovizna se adueñaban de las calles, lo que había
estado escondido y era el secreto de un puñado de locos se volvía inesperadamente masivo, se
transformaba en fervor multitudinario. Aquellos que tocaban donde podían para reunir unos pocos
pesos ―peñas, boliches, fiestas, teatros o lo que viniera― ahora, qué bárbaro, llenaban
estadios.
La ciudad hablaba de sí misma a través de sus voces, gracias a las letras crueles de los
nuevos bardos, de Abonizio, Fandermole, Goldín, Páez. Lo hacía sin necesidad de apelar al lugar
común, salvo las excepciones conocidas. Y por eso, porque se escapaban a toda velocidad de la
consigna predigerida y porque narraban el paisaje real, ese que tiene raíces en el alma, es que
quienes lanzaban las palabras daban en el centro exacto del blanco. Un blanco, por supuesto,
oscuro.
No era joda. Había talento en serio, del que apunta a la permanencia y no hace concesiones,
en esa banda de tipos que eran hijos del desamparo. La intensidad los acompañaba, la verdad los
abrigaba con su manto inhóspito. Al lado suyo, claro, estaban los farsantes y los oportunistas de
siempre, los que vieron el filón y apuntaron al negocio, los que declamaban frases hechas en lugar
de ir hasta el fondo de las cosas, los que todos saben quiénes son, aunque sea el olvido quien
mejor los conozca.
Después la ilusión se agotará, al compás de las claudicaciones del alfonsinismo y las
confusiones propias del campo popular. La trova se irá quedando al costado del camino en un
escenario que se vuelve cada vez más frívolo: Páez ya juega solo y es otra cosa, Baglietto canta
para muchos menos, Fandermole, Abonizio y Goldín convocan de nuevo a pocos en el pago chico. Ese
intento sagrado de confundir en una sola y misma obra rock, folclore y tango se irá diluyendo a
golpes de pop puro y duro, derivará de a poco pero indefectiblemente en chicos y chicas vestidos de
negro que lucían raros peinados nuevos. Pero quedará, queda, como un hito ineludible. Como un dedo
que señala el camino.
“Son de acá”, dirá más tarde alguien. Y meterá en la gran bolsa de gatos que
suele ser la cultura mirada desde el Estado un montón de nombres inaceptables o imperdonables. Como
sucede con todas las cosas que realmente tienen sentido, que valen, no conviene mezclarlas porque
su esencia se diluye. Muchas veces, sin embargo, se ha intentado reunir agua con aceite, pero es
seguro que si la “rosarinidad” existiera no admitiría en tan selecto club a Libertad
Lamarque.
No importa, el tiempo filtra solo. Aunque a veces conviene ayudarlo. La ciudad no es un
fantasma ni una entelequia: es un espacio concreto, real hasta la médula. La historia lo confirma y
el arte lo proclama. No hay creador que no incluya de algún modo el paisaje en lo que hace, y
Rosario ha dado y sigue dando creadores de raza. Que practican las disciplinas más solitarias o
brillan en los terrenos que transitan las multitudes.
A veces, lamentablemente, en el afán de incluir en la nómina a nombres famosos se ha errado
el camino de manera ostensible: dar referencias concretas es siempre ingrato porque las omisiones
de la memoria se tornan inevitables, pero cómo no aludir a los grandes pintores que ha dado Rosario
a lo largo de todo el siglo veinte, o a sus poetas reconocidos en todo el país como portadores de
una identidad inconfundible.
La rosarinidad no es un invento, si bien ha sido bastardeada por intérpretes erróneos o
malintencionados. Y la Trova es uno de sus reflejos más hondos y fieles.
Los llamados artistas populares no deben ser confundidos con los emisores de mensajes
superficiales, con los maestros del lugar común, con los comerciantes lisos y llanos. La Trova dio
ejemplo: letras complejas enmarcadas por melodías que distaban de aspirar al “hit” se
convirtieron en auténticos himnos generacionales. Un país que apartó a las márgenes a gran parte de
lo mejor de sí mismo pagó muchas veces con mala moneda a quienes no transaron ni se prostituyeron.
Pero la memoria suele agazaparse para golpear en el momento justo.
Ya es hora de separar la paja del trigo.



























