Leí la carta de Carlos Italiano del pasado lunes, y quiero anticiparle que yo no quiero demostrar nada. Solamente digo que el celibato es una presión, fuerte, molesta e innecesaria para la función sacerdotal, y que ésta a menudo llega a la pedofilia. No en vano sale continuamente en los titulares de los diarios el tema, a tal punto que hasta el Papa se ve obligado a salir al cruce y pedir perdón. No coincido con Italiano sobre que el comportamiento de un ciudadano común tenga la misma responsabilidad que la sacerdotal, pues ésta es una institución reglar que no debe eludir su función. En cuanto si es fundamental ser creyente o no creyente para opinar, yo le pregunto: ¿quién es capaz de no creer en Dios ante la maravilla de la existencia del mundo y la vida humana? En cuanto al amor, creo que es el sentimiento más sublime y tangible del ser humano que se presenta en el instante del nacimiento y que se fue afirmando día a día durante la gestación. El amor es tan fuerte que por él se hacen sacrificios hasta morir y también se mata por no poder conseguirlo o porque se nos escapó de las manos y no vale la pena seguir viviendo sin él. Coincido con Carlos que ya hemos discurrido bastante sobre el tema y como el título de este artículo amerita un remate, yo reitero y concluyo: el celibato es una presión fuerte e innecesaria para la función sacerdotal.
































