Me pregunto si no estamos en presencia de una persecución a la Iglesia, ahora en nuestro medio, pues en Europa ello ya es una realidad. Este diario, desde el domingo 28 de febrero y prácticamente todos los días, viene informando sobre hechos gravísimos que habrían ocurrido en una congregación de la ciudad (lo que está bien) y agregando comentarios contra la Iglesia Católica que considero lesivos, al menos para mis convicciones religiosas y las de miles de creyentes. Aclaro, para que se sepa dónde estoy ubicado, que cuando fui presidente del Colegio de Abogados declaré a un periodista de esta ciudad, con relación a la prescripción de causas penales de gran estrépito social (causa de los juguetes y otras) y sin que me lo preguntara, que como católico y ciudadano esperaba en la causa contra monseñor Storni un fallo: inocente o culpable, y no la incertidumbre de la prescripción. Concluí que lo mismo esperaba de la causa del padre Grassi. Hoy agrego que si un ser querido sufriera una acción de un pervertido, cura o no cura, imploraría templanza para no hacer justicia por mano propia. Se asocia celibato con pedofilia, infiriendo: porque como un sacerdote no puede tener acceso a una mujer, busca un menor. ¿Quién dijo, con autoridad, que esta ecuación es cierta? Es más, es falsa. El varón que abusa sexualmente de un menor es un pervertido, si es un enfermo necesitará asistencia, pero en el ínterin tendrá que permanecer guardado para evitar riesgos a otros menores. La Iglesia en estos temas no ha variado ni un micrón, en siglos, entre otras razones y argumentaciones que no es posible reflejar en este espacio, por cuanto Cristo dijo: "Más le valdría que le ajustaran al cuello una piedra de molino y que lo arrojaran al mar, que escandalizar a uno de esos pequeños: andaos con cuidado". (Lucas 17,2).
































