Andrés García tenía 20 años y lo mataron de un balazo en junio del 2008 para robarle las
zapatillas en el barrio La Granada, en la zona sur de la ciudad, en un territorio en el que las
bandas de los Monos y los Garompas se disputaban a tiros el control por la venta de drogas. Al
sindicado como el agresor, Darío David Fernández —conocido en esa barriada como Casquito y
vinculado con uno de los grupos en pugna— un juez de Sentencia lo condenó a 14 años de
prisión.
El juez de Sentencia Nº 4, Julio Kesuani, determinó que Fernández deberá permanecer 14
años entre rejas por el delito de robo seguido de muerte, agravado por la utilización de un arma de
fuego. El fallo fue apelado por la defensa.
En la sentencia, el magistrado tuvo en cuenta la declaración de un testigo que acompañaba a
García cuando un proyectil disparado por Casquito le perforó el lado izquierdo del tórax. Juan
Pablo P. explicó con lujo de detalles cómo fue atacado el muchacho fallecido y reconoció en rueda
de personas a Fernández, a quien lo conocía del barrio.
Ultimo aliento. Kesuani también valoró el testimonio de la madre de la víctima. La mujer
señaló que mientras su hijo agonizaba balbuceó el nombre de Casquito como el autor del balazo
mortal. Ante el juez de Instrucción que investigó el suceso, Casquito negó haber matado a Andrés y
se abstuvo de declarar. Pero el juez Kesuani consideró que se habían reunido lo suficientes
elementos de prueba para condenarlo.
Andrés vivía con sus padres en un pasaje 518 situado a la altura de Moreno al 6300. A las 3 de
la tarde del 2 de junio del 2008 salió de la vivienda hacia un quiosco situado sobre esa calle para
comprar un sandwich. Lo acompañaba su amigo Juan P. Cuando los dos muchachos cruzaban una calle del
barrio se desató la tragedia.
En ese momento, según la reconstrucción judicial, apareció Casquito a bordo de una moto y le
quiso robar las zapatillas a Andrés. Para evitar el atraco, el muchacho corrió hacia su casa pero
Fernández gatilló el arma que portaba. Un balazo perforó la espalda de Andrés y le atravesó el
pecho. Agonizó unos minutos y murió cuando lo llevaban al hospital Roque Sáenz Peña.
Para el juez Kesuani, el testimonio de la madre del muchacho fue determinante. El relato fue
dramático: el joven murió en sus brazos en la puerta de su casa. La mujer contó que le golpearon la
puerta, se incorporó corriendo y cuando salió a la calle encontró al hijo tirado en el suelo.
Andrés estaba boca abajo, pero a duras penas levantó la cabeza y le sururró a la madre el nombre de
Casquito como quien le había disparado.
Sin antecedentes. Entonces, sus dos hermanas, Mariela y Nanci detuvieron la marcha de un taxi,
lo subieron y lo llevaron al hospital Roque Sáenz Peña, pero la vida de Andrés se apagó en el
camino.
El muchacho vivía en una barriada en un contexto de pobreza y marginación con sus nueve
hermanos. No tenía prontuario abierto. Se ganaba la vida como albañil y estudiaba en el Eempa de la
escuela Del Valle. Cuando le dispararon no trabajaba porque tenía una licencia médica.
Al día siguiente del hecho, un vecino le contó a este diario que “Casquito lo tenía de
hijo a Andrés. Ya le había robado una camiseta de Newell’s porque era nueva. Antes de
matarlo, le dijo «Che, gil, dame las zapatillas». Y como el pibe corrió, le disparó”.