El gobierno brasileño festejó ayer con entusiasmo la aprobación de su propuesta de documento final para la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Desarrollo Sostenible (Río 20), que ha sido duramente criticada por organizaciones no gubernamentales (ONG), por su "escasa ambición".
Organizaciones ambientalistas comandadas por Greenpeace embistieron contra el documento final de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Desarrollo Sostenible (Río 20) aprobado ayer, en la víspera de la cumbre que reunirá a unos 130 jefes de Estado y de gobierno entre hoy y pasado mañana.
"Es muy satisfactorio, en primer lugar, porque hay un resultado. Hasta anoche la duda era sobre si habría un texto", expresó el canciller Antonio Patriota, en una rueda de prensa concedida al final de la reunión plenaria en la que 192 países otorgaron su apoyo a la nueva versión del documento "El Futuro que Queremos", elaborada durante la madrugada.
Además de alejar el "fantasma de Copenhague" —de que no se lograra un consenso en torno a una declaración final, como ocurrió en la cumbre sobre Cambio Climático realizada en 2010 en la capital danesa—, la ministra brasileña de Medio Ambiente, Isabella Teixeira, apuntó que el texto contempla puntos importantes para alcanzar un modelo de desarrollo sostenible basado en los pilares económico, social y ambiental.
"El texto evita un retroceso frente al legado de la Cumbre de la Tierra de 1992, que está totalmente asegurado, y destaca la necesidad de debatir un nuevo proceso de medida de riqueza que no sea el Producto Bruto", apuntó la ministra.
Una agenda objetiva. Según Teixeira, el documento define una "agenda objetiva" para cambiar en diez años los patrones insostenibles de producción y consumo y un mandato específico para anunciar un conjunto de Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) a ser buscados a partir de 2015, cuando expira el plazo de los Objetivos del Milenio.
"La creación de un foro intergubernamental de alto nivel para administrar el desarrollo sostenible también es una conquista, así como la apertura del camino hacia el fortalecimiento del Programa de las Naciones Unidas para Medio Ambiente (Pnuma), un tema sobre el cual nunca ha habido consenso", agregó.
Uno de los negociadores brasileños, el embajador André Correa do Lago, destacó por su parte la reafirmación de los principios aprobados hace dos décadas en la Cumbre de la Tierra —entre ellos el principio de "responsabilidad común pero diferenciada", objetado por los países desarrollados— como uno de los principales éxitos del documento.
"Había resistencia de varias partes, de los que no querían ser cobrados (los países ricos) y de los que temían perder las conquistas de 1992. La aprobación de este segundo capítulo del documento fue absolutamente clave porque otorga seguridad de que estamos construyendo sobre lo que hemos definido en Río 92", expresó.
Otra cuestión "clave" apuntada por Correa do Lago fue la decisión de crear una comisión para definir un sistema de financiación para el desarrollo sostenible, que deberá presentar sus conclusiones en 2014.
"La mayor frustración de 1992 fue que los países desarrollados no cumplieron su compromiso (de destinar un 0,7 por ciento de su Producto Bruto a la ayuda al desarrollo), pero ahora han sido creadas estructuras que estudiarán qué medios de implementación adicionales son necesarios para los Objetivos de Desarrollo Sostenibles (ODS). El entusiasmo del país anfitrión, sin embargo, no es compartido por las organizaciones no gubernamentales: "Río 20 debería ser un punto de inflexión. No hay señal de ello en el texto. Casi mil millones de hambrientos se merecerían algo mejor", expresó el vocero de la británica Oxfam, Stephen Hale.