“La industria no es el problema sino parte de la solución”. Bernardo Kosacoff, uno de los más reconocidos investigadores sobre desarrollo económico, se muestra alarmado por el bajo nivel de reputación que el sector manufacturero tiene para las políticas públicas. En un contexto en el que se naturaliza el cierre masivo de fábricas, el ex director de la Comisión Económica para América latina (Cepal) puso en valor “las capacidades industriales que posee el país”. Propone rescatarlas, “separando la verdadera política industrial de los abusos”, para integrar a “las tres Argentina” que hoy se superponen en el mismo territorio. La del sector moderno y exportador, la del mercado interno y la de la informalidad. El profesor de la UBA y UTDT disertó en la Diplomatura en Gestión del Desarrollo Regional que forma parte del IDR.
¿Cuáles son las tres Argentina?
Históricamente hubo dos Argentina y, producto de los fracasos que hemos tenido, lamentablemente se generó una tercera. La primera está integrada por un núcleo notablemente moderno, ubicado en la frontera técnica internacional. Es un privilegio que solo poseen seis o siete de los 130 ó 140 países en desarrollo. Está compuesto por unas 500 empresas que explican la casi totalidad de las exportaciones, gran parte de las inversiones y casi todos los gastos en investigación y desarrollo. Recluta a los mejores recursos humanos pero representa a menos del 20% de la población. Se concentra en la trilogía de la energía, la minería y la bioeconomía. A esto se acoplan unas 200 empresas altamente sofisticadas en biotecnología, maquinaria agrícola, alimentos, industria automotriz y tecnología nuclear. La segunda está asociada al mercado interno, uno de los diez más grandes del mundo en desarrollo. Más allá de generar empleo, allí se dan las rutinas y procesos de aprendizaje de las empresas antes de salir a competir al mundo. La tercera Argentina resulta de 40 años de crisis, hiperinflaciones y endeudamiento insostenible, seguidas de procesos de recuperación financiados por los sectores de menores ingresos. Esto consolidó una informalidad dura y heterogénea, dentro de la que coexisten núcleos excluidos estructurales y sectores con capacidades para rescatar.
Hoy se habla mucho de la economía de dos velocidades. ¿Es una versión demasiado simplificada?
Sí, porque existe una gran heterogeneidad y complejidad. Este es un proceso estructural. Actualmente, el crecimiento económico concentrado en torno al 2% lo explican la minería, la energía, el agro y las finanzas. La industria, la construcción y los servicios están estancados, en particular desde mediados del año pasado. El desafío es generar una transición positiva en la que la informalidad pase a las actividades formales de la segunda Argentina, y que esta a su vez rompa el falso dilema entre mercado interno y exportación. También la falsa antinomia entre agro, industria y servicios. En el agro coinciden servicios, biotecnología, maquinaria y logística. En Vaca Muerta hay más de 1.000 proveedores industriales y de servicios compitiendo en la frontera técnica. Hay que evitar la transición regresiva, donde los trabajadores del mercado interno caen en la informalidad y no solo pierden derechos sino también capacitación. En este proceso, el sector público deja de recaudar y se destruye productividad.
¿La estabilización macroeconómica es incompatible con el desarrollo?
No, es la condición necesaria. Pero es el punto de partida y no de llegada. Durante 40 años cometimos el error de generar un gasto público no evaluado, financiado con emisión o deuda. No se fortaleció la capacidad de evaluación de políticas públicas para que aseguren un beneficio social y no una renta para unos pocos. Superar el problema de la inflación y ordenar las cuentas públicas es positivo y necesario. Pero hay entre 20 y 30 millones de personas muy complicadas.
¿Así como hubo un gasto no evaluado, hay un ajuste no evaluado?
El ajuste actual es el mismo que se dio en otros procesos de apertura. La diferencia es que se da en un contexto más duro. China no existía en el mercado mundial con Martínez de Hoz y durante la convertibilidad solo representaba el 10% de la producción mundial. Hoy representa cerca del 30% del comercio mundial y en breve va a llegar a casi la mitad de la producción industrial, compitiendo con innovación pero también con devaluación y subsidios masivos. La Ocde calcula que el 60% de las exportaciones de China tienen un compomente de subisidios que el resto no tiene. En los 90, la industria nacional aplicó un ajuste defensivo, pasando de la fábrica al ensamblado. Ahora la gente ya sabe importar a través de los courriers. Además, el contrabando y la subfacturación de importaciones está en los niveles más altos de la historia. A esto se suma que la suba de tarifas de servicios públicos y privados absorbió el ingreso disponible de las familias, obligándolas a endeudarse y reduciendo el consumo.
¿Cómo están interviniendo los países de desarrollo intermedio en este cambio mundial?
Cada uno tiene sus respuestas, que no son necesariamente las mismas que necesitamos nosotros. Lo que es claro es que intervienen. Acá el gobierno intervino a través del Rigi, dando un conjunto de incentivos muy grande al sector del moderno. La Argentina tiene un fuerte dinamismo exportador en estos sectores y la acompañan los mejores términos de intercambio de la historia. Este año el saldo comercial superará los u$s 20.000 millones y esto es bueno porque desplaza la restricción interna. Pero la inversión sigue cayendo. En esta etapa bajó 13%, desde niveles históricmente bajos. Y el consumo interno, que explica el 70% de la economía, no logra recuperarse.
¿Qué necesita un modelo de desarrollo?
Argentina posee capacidades industriales que tienen pocos países en desarrollo. Pero la industria hoy vive su reputación más baja de la historia. Hay que modificar esto. La industria no es el problema del crecimiento económico sino parte de la solución. Para avanzar, se requiere separar los abusos de la verdadera política industrial. Es necesario criticar los desórdenes macroeconómicos pasados, como las distorsiones en las Sira o el acceso a dólares oficiales para pocas empresas, sin estigmatizar a las 50.000 pymes productivas del país. Hay que rescatar las capacidades que tenemos. Santa Fe es un ejemplo de ello, con clusters de todo tipo. También se requiere un poco más de empatía. Hay que brindar previsibilidad a las familias que no llegan a fin de mes y a las empresas cuyos márgenes están en terreno negativo. Combatir el contrabando y la subfacturación de importaciones, poner en marcha programas de construcción y recomponer la inversión pública. Hay que utilizar la banca internacional de desarrollo para financiar logística e infraestructura y no para cubrir desequilibrios macroeconómicos. También desarrollar un mercado de capitales que otorgue crédito productivo. Hay que mantener la disciplina fiscal y la economía abierta pero creando las condiciones para rescatar los activos productivos e integrar a toda la sociedad.