Desde hace un tiempo, todos sabemos que vivimos rodeados de hechos de inseguridad, que son más que preocupantes. Convivimos con entraderas domiciliarias, salideras bancarias, motochorros, arrebatadores, rompevidrios en los semáforos, entre otras modalidades, y parecería que las autoridades de turno no dan en la tecla para contener esos hechos. La policía no alcanza, no está preparada ni equipada para enfrentar a los mismos, y muchas veces, se sospecha que existen zonas liberadas donde los “cacos” se mueven como peces en el agua, y la Justicia, representada por muchos jueces que por exceso de garantismo, por inexperiencia, por falta de idoneidad, o por errores técnicos administrativos, deja que el delincuente, luego de ser detenido, sea liberado a las pocas horas. También es justo reconocer que muchos de estos jueces, a la hora de tomar una decisión, actúan con notable falta de sentido común. Y en el medio de esta situación, el ciudadano común, víctima de esos hechos se siente desprotegido y desanimado al ver que el tema “seguridad” es un barco sin timón. Cuando una ciudad, una provincia o un país vive a diario en condiciones de inseguridad, enfrenta peligros a los que no sabe como responder. Estas condiciones de inseguridad pueden ser ocasionales o estructurales. Son ocasionales cuando, por ejemplo, ocurre un desastre natural, terremotos, inundaciones y otros que destruyen a su paso. Pero, pasado tal evento se recompone la situación. Cuando son estructurales, en cambio, tenemos la impresión, a veces, de que se solucionan, pero en el fondo subsisten. Entonces, me pregunto, si subsiste la inseguridad en el país, ¿es ocasional o estructural? Creo que peligrosamente nos estamos acercando a la segunda situación. En el nacimiento de nuestro Estado nacional, tuvimos héroes, que se identificaron con la gesta de “una nueva y gloriosa nación”. Fue la generación de los fundadores, los que estuvieron dispuestos a vivir y morir por la patria. No haré nombres porque injustamente olvidaré algunos, pero recordemos a los integrantes de la Primera Junta, a los que redactaron las primeras leyes y códigos, a los que iniciaron campañas libertadoras y emancipadoras, a los distintos jefes o líderes regionales que pelearon mano a mano con los invasores españoles e ingleses para defender nuestro territorio, y así llegamos a la famosa “generación de los’ 80” cuando la Argentina figuraba entre los seis países más importantes, llamado a ser una de las potencias mundiales. ¿Qué nos pasó? No supimos o no quisimos, o no nos esforzamos para reemplazar a esa generación. A partir de los primeros años de 1900, comienza, a mi entender, una involución institucional, política, económica, educacional y sanitaria, evidentes. Todo producto de peleas, diferencias personales entre nuestros dirigentes, conductas egoístas, falsos nacionalismos y un marcado populismo que nos llevó hasta nuestros días. No quiero olvidarme de un g rupo de ciudadanos que fueron en sus distintas actividades premios Nobel y otros que se destacaron a nivel mundial en las ciencias o en el deporte. Un reconocido político argentino decía que la realidad es la única verdad. Y la realidad nos dice que hemos retrocedido en forma notable con relación al conjunto de las naciones. Me permito recordar una anécdota de un hombre, integrante de la generación que destaco, don Mariano Moreno. Cuando es nombrado miembro de la Primera Junta de gobierno, al regresar a su casa se reúne con su mujer y le comenta: “he sido nombrado integrante de la Junta de gobierno. A partir de este momento tendremos que economizar y cuidar nuestros gastos”. No quiero abundar en detalles, pero el lector comprenderá la diferencia entre la conducta austera de ese acto con el comportamiento de la clase política contemporánea. Me resisto a dejar esta vida sin ver a este bendito país en un franco crecimiento. Y rescatar así la memoria de sus fundadores.




































