Enfoque

A la espera de que el rumbo cambie

La política continúa en deuda con las grandes mayorías, que necesitan salir del pozo y hacerlo ya. Rosario es una ciudad excepcional, y no el reino de la violencia

Martes 02 de Febrero de 2021

En estos difíciles días, mientras Alberto Fernández vacila entre agradar a los editores de un periódico porteño o jugar fuerte para paliar el drama de quienes menos tienen (que son tantos), el rosarino de a pie deambula con desconcierto. Es que a los numerosos problemas que ya lo aquejaban –pandemia y profunda crisis económica de por medio– se le sumó la reformulación del sistema de transporte local, bajo la indisimulable pauta del ajuste. Ahora hay que caminar más y la gente lo asume con resignación, aunque a veces rezongue con bronca. La esperanza tarda en asomar su cabeza en el horizonte.

Esos hombres y mujeres de a pie, que trabajan duro o andan y andan por las calles en busca de sustento, constituyen el alma del paisaje. El rostro de la ciudad es el suyo, no el de quienes se enmascaran detrás del poder y los privilegios. Fue para ellos y a partir de ellos que muchos de los más memorables artistas rosarinos produjeron su obra. Mirándolos y sintiéndolos pintaron Alfredo Guido, Antonio Berni y Juan Grela, escribieron Rosa Wernicke, Felipe Aldana, Facundo Marull y Jorge Riestra, compusieron Adrián Abonizio, Jorge Fandermole y Fito Páez. Sin embargo, excepto en sus expresiones más masivas –como las tres últimas que se citaron–, difícilmente quienes transitan día a día las veredas de la urbe conozcan y valoren la obra de aquellos que extrajeron lo mejor de sí mismos para darle belleza y sentido al espacio que habitaban. Porque esa y no otra es la gran tarea del arte: tornar habitable el mundo.

Para ese rosarino agobiado por las circunstancias, que tiene poco o muy poco o casi nada en los bolsillos, apenas existe lo inmediato: la más áspera y cruel de las coyunturas. Se trata simplemente de una cotidianidad marcada a fuego por la precariedad, esa que reflejaba la noticia de apertura de La Capital de ayer, referida al preocupante aumento del sobrepeso y la malnutrición entre los chicos que acuden a los comedores. A ese rosarino también lo aflige el auge del delito, que no solo se combate con las fuerzas de seguridad sino también y predominantemente con mayor equidad social, poniendo en práctica ese verbo que nunca aprendieron a conjugar los portavoces del neoliberalismo: incluir. Hay que incluir, incluir, incluir: esa y no otra es la gran tarea de la política.

El rosarino y la rosarina que dan pelea para seguir adelante esperan, todavía, que el rumbo cambie. Aguardan, sin duda, ser escuchados. Han votado como han podido, con las herramientas de que disponían, confiando en que ese papelito depositado en una urna de cartón pudiera mejorar su vida diaria, resolver aunque sea una parte de tantas necesidades. Pero del otro lado parece que muchas veces no se registra el mensaje. Resulta imposible subestimar la gran cantidad de palos en la rueda que se les pondrán a aquellos que intenten defender los intereses de las mayorías. Pero no puede haber excusas a la hora de la toma de decisiones: no es con tibieza que se concretan las grandes transformaciones sociales.

Rosario no es Los Monos, ni la capital narco, ni el reino de la violencia: Rosario es una ciudad excepcional dentro del multiforme paisaje argentino. La que no tiene fundador, la que se sostiene sobre su propio e intransferible esfuerzo, la de los artistas sin fin, esa es Rosario: la que sabe aguantar, la que no se rinde nunca. La que tiene la misma fuerza que su incomparable río.

A esa ciudad, la de la gente simple y los creadores generosos, la del trabajo y el talento es aquella que la política debe apoyar con el coraje que corresponde. No estamos en épocas aptas para el regateo: hay que salir del pozo y hacerlo ya. Los hombros de quienes menos tienen ya no soportan más peso.

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