Cultura y Libros

Verano del 88

Ocurrió en el mismo momento, en la misma ciudad. Mar del Plata fue escenario del crimen que oscureció para siempre la vida de Carlos Monzón y, poco después, de la absurda muerte de Alberto Olmedo. Un reciente libro explora el final de los dos grandes ídolos populares, que además eran amigos. Cultura y Libros dialogó a fondo con su autor.

Domingo 11 de Febrero de 2018

Ninguno de los dos tenía pasado. Bueno, sí: el Campeón había nacido en Santa Fe, hijo de un padre abandónico, y por sus venas corría sangre mocoví; la misma que templó su mirada con la dureza de quienes se saben marginados. El Claun se tomaba en solfa sus días de infancia en Pichincha, y era tan habitual que frente a las cámaras improvisara sus chistes más festejados como que nombrara a una Rosario prostibularia, cuyas calles conoció de cerca por ser un niño pobre. Se hicieron amigos cuando los dos eran mitos vivientes. Intercambiaban pocas palabras porque los dos sabían que mientras el éxito brillaba en lo alto, al fondo acechaba un pozo de tristeza, de hastío, de no saber bien qué hacer con toda esa fama que exigía un tributo cada vez más alto para quedarse ahí.
Las vidas de Carlos Monzón y Alberto Olmedo se fueron al abismo en el mismo momento, en el mismo lugar: el verano de 1988 en Mar del Plata. Uno asesinó a su mujer en una época donde la lucha feminista aún no había logrado que los medios llamaran a las cosas por su nombre. Porque Alicia Muñiz, esposa de Monzón, fue víctima de un femicidio y no de esos atenuados "crímenes pasionales" con los que las revistas llenaban páginas, mientras reproducían con impensado morbo las fotos del cuerpo desnudo y fracturado. Ocurrió un 14 de febrero. Pocas semanas después, Olmedo moría tras caer del piso 11 de un edificio, en una situación que nunca se aclaró del todo.
Sobre el ocaso del Claun y el Campeón se ocupa La Feliz, la nueva novela de Camilo Sánchez publicada por Edhasa, que explora también el fin de los años ochenta y el comienzo del menemismo, su banalidad rutilante, sus negocios espesos, sus noches regadas de fino polvo blanco. Lo cierto y lo fingido se articulan en esta ficción donde aparecen también otros personajes. Esencialmente, el Langa (que no es otro que Adrián Facha Martel), ese dandy bien parecido también caído en desgracia.
Además de ser poeta y periodista, Sánchez también es autor de La viuda de los Van Gogh, una novela que ha sido traducida a varios idiomas —entre ellos, el alemán, el francés y el italiano— que próximamente será llevada al cine. La protagonista es Johanna Bonger, esposa de Theo Van Gogh. Sufragista, feminista, estudiante del Museo Británico, ella se encarga de poner en valor el arte de su cuñado Vincent cuando aún esos cuadros extraños y maravillosos eran denostados. ¿Por qué este dato es importante? Porque Sánchez retrató a una mujer sofisticada, anónima y fascinante. En La Feliz el desafío fue relatar lo opuesto. "Narrar algo sobre lo políticamente incorrecto es justamente lo que hay que hacer, la posibilidad de entrar en tensión con un tema. Entro como narrador, no para realizar juicios de valor. Decidí meterme con dos personajes cuya historia es muy conocida, y que fueron muy importantes para la cultura popular a pesar de ser capaces de la banalidad, lo grotesco e incluso, en el caso de Monzón, de la violencia más flagrante. O sea, son lo contrario de Johanna", dice el escritor.
—¿Cómo se te ocurrió escribir este libro?
—La historia me venía sobrevolando desde que cubrí el asesinato de Alicia Muñiz para Página/12. El diario se había abierto pocos meses antes. En ese momento, ya había muchas mujeres trabajando en la redacción y mi editora era Lía Levit, que me dijo que me encargase de contar lo que pasaba. Ahora parece simple pero en ese momento no lo era. Muchos medios insistían en que Monzón era intocable. De hecho, durante la reconstrucción del femicidio, hubo alguna revista que contrató un helicóptero para tener fotos exclusivas mientras una parte de la gente gritaba "asesino" y otra, "dale campeón". Aclaremos que todavía estábamos lejos de usar el concepto de "femicidio": aparecía mucho más a menudo la idea de "violencia doméstica"; menos, "violencia de género", y una gran parte de la prensa prefería el término "violencia pasional".
—¿Se entendía que un hombre que había arrojado a su mujer por un balcón y la había asesinado tenía que ir preso?
—Si mirás los primeros días de los diarios, vas a ver que fueron tibios. Además, la sociedad necesitó tiempo para procesar lo que había ocurrido. En ese tiempo, en esa necesaria distancia, radicaba mi desafío como escritor. Quiero decir, el tiempo debía pasar. Si no, ciertos aspectos de estas historias no podían ser contados. Ni siquiera desde la ficción, que es la zona que elijo. Incluso durante la escritura de La viuda de los Van Gogh, yo ya pensaba en este libro, aunque se tratase de dos historias que nada tienen que ver entre sí. Pero no encontraba el tono. Finalmente, me metí porque creo que las cosas hay que nombrarlas para entenderlas. Nuestra generación tenía a Monzón y Olmedo como héroes nacionales. De ahí venimos. Está claro que hay cosas que Olmedo no haría hoy. Está claro que Monzón mató a su mujer. Son diseñadores de un modelo que, por suerte, está cada vez más caduco. Pero son parte de esa compleja construcción llamada "argentinidad". Pensé en un libro atravesado por la ficción porque es la única forma de iluminar el iceberg o, por lo menos, alguna zona.
—No me queda claro por qué no pudiste empezar a dialogar antes con estos personajes.
—Ahí tenés la palabra clave: personajes. Tenían que convertirse en personajes literarios. Con algo de leyenda, sí, pero ya devenidos en otra cosa. Me interesaba ver a estos tipos desclasados, cubiertos de fama. Su vida era como tener un jardín impresionante adelante y un galpón trasero lleno de basura. Como muchos famosos.

Incluso, como muchos escritores. Eso me parece interesante porque tiene que ver con la perversión del éxito, con la exigencia de mantenerse arriba a toda costa, con esta cosa tan argentina de que sos héroe o demonio, incapaz de humanidad alguna. Hoy, el Campeón y el Claun no son más que fantasmas en la ciudad.
—¿Por dónde empezaste?
—Me gusta escribir a mano y entonces compré un cuaderno para cada uno. Empecé hace tres años y lo primero que salió fue la evocación de las peleas de Monzón. Mejor dicho, el modo en que mi papá hablaba de esas peleas mientras las mirábamos en la tele. Cuando sos chico tenés una antena, ves todo, hasta lo que no querés ver. Y eso se graba en tu alma. En cuanto al Claun, me parecía que era un tipo inquieto, que brillaba en el vértigo de la improvisación, el bufón de la corte que comprendía perfectamente cómo se movía cada quien. Me interesaban sus vidas, su amistad, mientras eran estrellas, el hecho de que Olmedo haya sido el único que fue a ver a Monzón mientras seguía detenido en Mar del Plata. Y también, la diferencia de tres semanas entre la muerte de uno y otro.
—¿Es cierto que Olmedo te convidó helado cuando eras chico?
—Ja, sí, es cierto. Yo nací en Mar del Plata, participé de un programa infantil y gané una prenda. Ese día fue Olmedo con su personaje del Capitán Piluso y al final nos convidó helado a todos los chicos. Pero, ¿importa si fue cierto o no?
—Creo que importa.
—Bueno, eso ocurrió pero hay otras cosas que cuento en el libro que no fueron exactamente así. No te olvides de que es una ficción. También por esa razón, renuncio a usar el nombre real de los personajes. Pero creo que aún desde el comienzo, tenía claro que quería contar esta historia. En un Anuario de Página/12 escribí sobre Olmedo bajo un título muy bien puesto, elegido por el editor: "El ángel caído". Ahí decía que tal vez con los años el recuerdo se fuera centrando en un solo cuadro, con un sillón como única escenografía y un acompañante. Olmedo haciendo como nunca de él mismo, sin guión, mostrando los decorados, la ficción de la televisión. Y el tipo, que se hacía llamar "Borges" ni más ni menos, sentado con Javier Portales, tomándose en solfa sus cuarenta puntos de rating, mostrando que todo es un decorado. Ese momento enorme de Olmedo, entre asustado y divertido, lanzándose a hacer eso que manejaba como nadie: el arte de la improvisación.
—¿Cómo apareció el Langa?
—Él era el nexo entre el Claun y el Campeón, que eran tipos de pocas palabras. Y era una linda metáfora de la clase media argentina, que sobrevive para contarla pero con cicatrices. Además, él no se narraba a sí mismo, no tenía mucho capital simbólico para eso. Facha Martel, el Langa, era un tipo narrado por otros. A tal punto que termina presentándose en los programas como un adicto, dando entrevistas, siendo una sombra que murió en el anonimato. En 2003, volvió a Mar del Plata por primera vez para actuar en una de esas comedias de decorado barato y chicas en bikini. Entonces lo entrevisté para Clarín, donde trabajaba en ese momento. Y le pregunté si podíamos seguir hablando para un texto de ficción que estaba escribiendo. "De ninguna manera", me respondió, "yo me estoy sacando eso de encima". Y luego dijo: "Eso sí, si tuviera plata, alquilo otra vez la casa de Pedro Zanni. Y voy a comer al club Peñarol". Se refería a la casa de la calle Pedro Zanni, en las afueras de Mar del Plata, que él había alquilado ese verano de 1988, donde ocurrió el asesinato.
—El verano de 1988 es núcleo de la historia. ¿Por qué?
—Porque me permitía hablar de una época. La Feliz no es otra cosa que una novela porque es una interpretación posible de ese verano trágico. Es, en todo caso, lo que quedó en la memoria de una narración que me fue llegando, todos estos años, como detrás de un sueño. Lo que quedaba en pie tras la zaranda de los días. Lo que busqué, y ojalá lo haya logrado, es bajar con una linterna hacia lo que está debajo de las dos tragedias de esos mitos argentinos. Debajo, ahí, donde los bordes del iceberg de ese verano en que los noventa se ponían en marcha, se hundían en el agua congelada.
—En la novela mencionás a Haroldo Conti, sobre quien también escribiste un libro.
—Es que a veces la realidad y la ficción se encuentran y se comunican de un modo tan evidente, que no te queda otra que seguir ese rastro. El 4 mayo de 1976, el Claun tuvo una idea extraña, desaforada para la época. Esa noche no apareció en la pantalla de la televisión aunque ya era muy conocido y sólo se escuchó la voz de un locutor titubeante diciendo que el Claun había desaparecido. La broma duró lo que una tanda publicitaria. Pero Massera se puso furioso y suspendió el programa por dos años. El 5 de mayo, un día después, una patota que cumplía órdenes de Massera secuestraba a Conti. Su cuerpo no apareció nunca más.
—Contás que tras la detención de Monzón, un grupo de mujeres se movilizó hasta el Congreso para exigir justicia.
—Eso ocurrió también. Mi editora de Página/12, Lía Levit, que también era sobreviviente de los setenta, organizó esa marcha junto a otras mujeres que, como digo en el libro, eran capaces de leer en lo oscuro. El 8 de marzo, a menos de un mes del asesinato de Muñiz y en una fecha clave, marcharon desde Callao y Corrientes hasta la plaza de los Dos Congresos. Sacaron unas cartulinas y una bandera que decía "Basta de asesinatos de mujeres". Sólo Página/12 publicó algo al respecto al día siguiente, en un recuadro mínimo.
—Osvaldo Soriano venía conversando con Olmedo sobre la posibilidad de que el Claun actuara en la adaptación cinematográfica del libro A sus plantas rendido un león.
—Sí. Soriano lo ha contado. Olmedo había leído el libro y estaba fascinado con el personaje del cónsul Faustino Bertoldi. Soriano quería hacer la película y había pensado en él para ese personaje. Nunca sabremos qué hubiese pasado si el Claun decidía dar ese gran volantazo en su carrera.

Bio

Durante el servicio militar, desesperado por no volverse loco con esa disciplina rígida, ese servilismo verticalista y absurdo, Camilo Sánchez —nacido en Mar del Plata en 1958— escribía. Escribía versos detrás de la boleta de cambio de guardia. Así, sin darse cuenta y aunque hoy tampoco lo reconozca, se fue transformando en poeta. ¿Qué es la poesía?, se pregunta. ¿Un arbolito sin hojas que da sombra?, le responde desde algún lado Juan Gelman.
Tuvo suerte en periodismo: en sus cuarenta años de profesión, compartió redacciones con Gelman, Osvaldo Soriano, Miguel Briante y Tomás Eloy Martínez. Trabajó en Página/12 y en Clarín. Le tocó hacer cientos de entrevistas: a Olga Orozco, José Narosky, el Polaco Goyeneche, Ricky Maravilla; a Leonardo Favio, Armando Bo, Mirtha Legrand y Rita Cortese.
Escribió Haroldo Conti, biografía de un cazador, con Néstor Restivo, publicado en 1985, y reeditada en 2002 y en 2006. Ese mismo año, junto a Silvana Perl, que fue su editora constante durante la escritura de La viuda de los Van Gogh y La Feliz, presentó la instalación "Voces del Delta" en el Centro Cultural Recoleta. En 2008, su trilogía poética Del viento en la ventana fue finalista del concurso Olga Orozco.
En 2012 fue fundador de la revista Dang Dai, primera publicación de intercambio cultural entre Argentina y China. Actualmente dirige el sello editorial El Bien del Sauce.

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