Cultura y Libros

El sueño perdido de la revolución

Mario Santucho, actual director de la mítica revista Crisis, es el hijo de uno de los grandes iconos de la lucha armada de los años setenta en la Argentina.

Domingo 19 de Mayo de 2019

Escribir sobre los años setenta, sobre ese paisaje de ideales y de derrumbes, siempre es una empresa arriesgada. Mario Santucho, actual editor de la mítica revista Crisis, decidió emprender ese desafío reconstruyendo la biografía de un personaje singular, la del Bombo Avalos, un militante que llegó a alcanzar el grado de capitán en las filas del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) y que luego de una intensa deriva entre el monte tucumano, la clandestinidad, el exilio interno y la prisión, “reapareció” como un espectro en su Santa Lucía natal.

Las páginas de Bombo, el reaparecido van detrás de sus pasos, siempre escurridizos, siempre esquivos, intentando reconstruir un paisaje social y político en el que la violencia política es omnipresente. Son los años en los que el sueño de la revolución forjó la acción y el destino de miles de militantes, un sueño fugaz que terminó siendo aniquilado en los centros clandestinos de detención de la última dictadura militar; sueño y derrota sobre los que hoy se sigue escribiendo, como una forma de tratar de entender las causas de ese fracaso o acaso como un modo de conjurar su insistencia en el recuerdo.

—En las primeras páginas de tu libro, lo calificás como “biografía imprevista”, como el relato de una historia inesperada. Me gustaría que te explayaras en esta idea. ¿Qué es lo que hoy, a tantos años del fin de la dictadura, y cuando ya se ha escrito tanto, podría ser calificado como algo “inesperable”?

—La historia del personaje principal del libro es en sí misma imprevista y sorprendente: ¿hay un desaparecido que reapareció? Pero además, si hubiera una mínima posibilidad de que ese acontecimiento fuera cierto, cosa que el libro trata de responder, pues lo que sigue es también muy llamativo: nadie parece haber extrañado a ese sujeto mientras anduvo desaparecido. Entonces, lo que vuelve es algo que no estábamos buscando. En la presentación que tuvo lugar en la Feria del Libro, Rita Segato propuso una idea muy interesante sobre el asunto. Ella dice que hay tres formas de la memoria: la primera, la más común, recuerda para alimentar el archivo, lo cual nos deja a nosotros tranquilos; la segunda tiene como objetivo construir un amortiguador entre el pasado doloroso y nuestro cuerpo, que nos permite volver tolerable lo que pasó; la tercera, que sería la que Bombo ilumina, es una memoria que contiene enigmas, un pasado que se mantiene vivo en el presente por no haber sido revelado.

—La historia de Bombo es la historia de un personaje menor, de alguien que no figura en el panteón consagrado de los héroes de los setenta. ¿Por qué esa elección? ¿Qué es aquello que esa clase de personajes tiene para decir acerca de ese pasado doloroso a diferencia de tantos otros?

—Hay una pregunta para mí fundamental y que resumiría de la siguiente manera: ¿cómo se constituye una fuerza de rebelión que sea capaz de desafiar al capitalismo? Nuestra generación tiene algunos ejemplos para ofrecer al respecto, pero de vez en cuando volvemos a bucear en los setenta, porque en aquel entonces la política tenía como objetivo inmediato la “revolución”. Una de las cuestiones que más me inquietan es cómo quienes provienen de lo que podríamos denominar el universo de “lo plebeyo” deciden asumir el desafío que significa organizar una ruptura con el sistema. Qué tipo de cálculo y qué modalidad del deseo son los que motivan una decisión tan radical. Habitualmente explicamos este hecho a través de la “toma de conciencia”, pero mi impresión es que hay móviles menos racionalistas. Recrear la biografía del Bombo me permitió escarbar en torno a ese interrogante para tratar de entender cómo y por qué hubo gente que desbordó y fue mas allá, política y espiritualmente, de la promesa de inclusión y bienestar que en Argentina se llamó peronismo.

—Tu libro atraviesa un momento histórico clave como es el gozne entre los años del gobierno de Isabel y la irrupción de la dictadura, y vos decidiste penetrar esa zona inquietante de la historia política. Me gustaría saber qué es aquello que pensás que aún se resiste a ser narrado, dicho, de ese tiempo previo. ¿No pensás que hay allí una gran zona de silencio, como si la memoria de la brutalidad desplegada por la dictadura a partir de 1976 hubiera sido usada de manera funcional para olvidar la responsabilidad criminal que le cupo al gobierno civil anterior a ella?

—Sí, pienso que hay dos años clave en la historia política reciente de la Argentina: uno es el 75, y otro el 2001. Son momentos en los que la crisis despliega toda su capacidad de iluminar los problemas de fondo. Para otro modo de entender la política, los años clave son el 73 y el 2003, que son los puntos de síntesis posibles y deseables. Yo creo que el 75 marcó definitivamente el ocaso del proyecto desarrollista en el país y por eso emergió la pregunta colectiva de si podía existir una alternativa al capitalismo. Lamentablemente no contamos en ese momento decisivo con la imaginación política suficiente como para inaugurar un tiempo nuevo, aunque fueron tan potentes el rechazo organizado y el grito de rebeldía que el poder puso en marcha un plan de disciplinamiento asesino y meticulosamente orquestado. Cuando me refiero al poder no me refiero sólo al gobierno: es evidente que la maquinaria represiva se activó antes del golpe militar y contó con la complicidad de distintos sectores sociales e institucionales, incluyendo a parte del empresariado, del sindicalismo, de la Iglesia, de la clase política, del periodismo. El 75, en ese contexto, marca el punto de mayor contradicción entre democracia y capitalismo: para sostener y profundizar la democracia había que derrocar a un sistema injusto que estaba en crisis; como no fue posible, el capitalismo logró relanzarse y maniató las legítimas aspiraciones democráticas de la sociedad, que luego le dijo “nunca más” al terrorismo de Estado pero también a la revolución.

—Contra las imágenes establecidas, la historia de Bombo reconstruye un paisaje militante diferente al que estamos acostumbrados a leer. ¿Qué fue lo que te atrajo de él, qué fue aquello que te sedujo para ir hacia esas imágenes y transformarlas en relato? ¿Hay algo de su linaje plebeyo, de no ajustarse al molde del típico revolucionario de clase media urbana que fue importante?

—Sí, la historia del Bombo me cautivó por muchos motivos y como toda buena historia cuesta resumirla. Por un lado, lo que decís: no se trata de un obrero o un estudiante que tomó conciencia a través de su situación objetiva o de libros de marxismo, sino de alguien que se emparenta mas con el linaje de los bandidos rurales y que nos remite a la mayoría de trabajadores precarios que hoy habitan en las periferias del sueño mercantil. Hay todo un juego con los apodos, los nombres de guerra, la relación entre clandestinidad y anonimato, que difiere sustancialmente de la noción de identidad con que se han manejado las políticas de la memoria más encumbradas. Está también el asunto de la colaboración con el enemigo como posibilidad siempre latente, que nos cuesta elaborar pero con la cual tenemos que hacer algo más interesante que el simple juicio moral. El pueblo de Santa Lucía, donde Bombo creció, es también una fuente de interés muy grande para mí, por lo que significó el conflicto revolucionario para sus habitantes y por cómo han persistido los traumas a flor de piel hasta el presente.

—En algunas zonas del libro uno alcanza a advertir una mirada crítica al modo en que se desarrolló muchas veces la violencia revolucionaria. Me refiero al alto precio que tuvo como consecuencia de cierta improvisación o de un exagerado optimismo, algo que se tradujo en la muerte de muchos militantes. Me gustaría que comentaras algo acerca de esto.

—Toda experiencia política, cuando implica una apuesta a fondo, está sujeta a cometer errores cuyas consecuencias pueden ser dramáticas. Especialmente cuando lo que sobreviene es una grave derrota como la sufrida por el campo popular y revolucionario en los años setenta. Ahora bien, la crítica política a esas experiencias, absolutamente necesaria, no puede ser externa, ahistórica, y mucho menos puede ser un juicio moral. Por otro lado, la violencia es una dimensión intrínseca a la política. No existe resolución de conflictos que no sea violenta. Por supuesto que hay una cuestión de grados, y que no es lo mismo la lucha armada que un escrache, un corte de ruta o una ocupación. Pero creo que hay una gran hipocresía en suponer que la democracia es la superación de la violencia. No tengo dudas de que la sociedad de hoy es más violenta que la de los años setenta, lo que sucede es que se trata de una violencia despolitizada, que por lo tanto se presenta como puramente criminal. En definitiva: necesitamos un tipo de crítica que sea capaz de mostrar los errores cometidos por aquella generación, no para suprimir esa radicalidad a la que ellos aspiraban sino para recuperarla, con los métodos y las subjetividades de nuestra época, que son muy distintas a las del siglo pasado.

—Hablaste de la colaboración. Durante muchos años fue un tema tabú y es comprensible que así haya sucedido porque es doloroso, pero vos te acercás a él como si quisieras quebrar el interdicto, ese mandato de no enunciación. ¿Qué hay en esa figura, la del traidor, que pueda arrojarnos alguna luz sobre esa experiencia?

—Yo creo que más que tabú, se trata de algo difícil de pensar. No sólo la traición sino más en general lo sucedido con las personas secuestradas bajo el régimen genocida, cuando se hizo a un lado cualquier regla de mínima legalidad, se suspendieron los valores humanitarios básicos y se sometió a los cuerpos de la manera más vil que uno pueda imaginar. Aún hoy me pasa que no me quiero enterar qué tipo de tormentos padeció mi mamá durante los últimos meses de su vida, cuando estuvo alojada en un centro clandestino de detención a merced de aquellos seres tan rectos, patriotas y cristianos. Pienso que no se trata de un gesto de impotencia, sino de una elección ética. Gracias al libro pude conversar con varios sobrevivientes que conocieron al Bombo en cautiverio, y especialmente uno de ellos me impresionó mucho por el modo en que había vivido y pensado estos dilemas: él me explicó la diferencia entre cantar y colaborar, así como las distintas gradaciones en cada una de estas categorías. Pero desde mi punto de vista no se trata tanto de juzgar a quienes pasaron por ese calvario, sino de tener en cuenta una pregunta fundamental: ¿se puede mantener la dignidad, se pueden elaborar estrategias de resistencia, por tenues que resulten, cuando el poder se torna omnipotente? Es decir, ¿puede el poder llegar a ser omnipotente, o siempre habrá —incluso en la peor de las situaciones— la posibilidad de plantarse y sostener un desafío? Tal vez sea una pregunta un poco abstracta, pero de la respuesta que elijamos depende un poco la imagen que tengamos de la política.

—Uno siente que esta clase de historias las puede escribir alguien legitimado desde la biografía personal, al que su apellido le permite decir aquello que si fuera dicho por otros autores que no llevan en su sangre un linaje anudado a las luchas de los setenta serían inmediatamente calificados como tergiversadores de la historia. ¿No pensás que es injusta la existencia de ese corsé? ¿Acaso no debieran sentirse todos habilitados a pensar, decir, reflexionar, a escribir sobre ese pasado sin necesidad de pedirle permiso a nadie?

—Por supuesto que el debate debe ser abierto y desprovisto de cualquier apelación a la autoridad. Hay dos figuras de las que trato de escapar a cada paso: la victimización, que provee una mezcla rara de impotencia y privilegio, y la policía del pensamiento, que ejerce el control de lo políticamente correcto. Eso no quiere decir que no haya puntos de vista a veces indignantes, que surgen de la mala fe y que realmente no aportan sino todo lo contrario. Personalmente la escritura de este libro supuso un gran esfuerzo, porque son historias que me atraviesan en varios niveles y eso hace más compleja la enunciación: el plano afectivo a veces se impone sobre el reflexivo y en otros momentos sucede lo contrario; así como la propia subjetividad debe primar por sobre el linaje que me precede, sin que eso signifique prepotencia ni liviandad. En el fondo, mi aspiración es que experimentos como estos aporten mirada nuevas que apunten a revitalizar el pasado, como una fuerza cargada de enigmas sin los cuales el presente se empobrece brutalmente. En cierto modo es una respuesta a la convocatoria macrista de hacer borrón y cuenta nueva, porque creo que no alcanza con constatar el fracaso de esta impronta pretenciosa y a fin de cuentas banal, sino que tenemos que demostrar además que ese pasado no es algo monumental, solemne y sin matices.

—Finalmente, me gustaría saber en qué lector pensaste al escribir este libro, quién sería y qué te gustaría provocar en él con tu escritura.

—Yo creo que uno no escribe tanto pensando en el lector, sino en lo que necesita ser expresado. Sin embargo, la principal característica de este libro desde mi perspectiva es que fue escrito como una no ficción, es decir con un estilo narrativo como el que se utiliza en la novela. Por un lado siento que es lo que la historia del Bombo demandaba o exigía, pero por otra parte mi ilusión es que ese estilo interpele a alguien que no necesariamente conoce el marco histórico o ni siquiera posee un esquema ideológico definido. Pienso, claro, en los pibes que hoy tienen curiosidad y leen, que tienen una postura crítica ante la vida, pero cuya rebeldía no se expresa necesariamente a través de la política: ¿veran en una vida como la del Bombo algo que les habla?

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