A medida que la idea de que Diego ha muerto pero no se ha ido toma forma como lava volcánica después de una erupción, las redes se inundan de imágenes de lo que fue e hizo; de lo que nos dio. Una de ellas es un montaje fotográfico en el que vemos al Diez de espaldas. Ha llegado al Cielo, y entre las nubes lo reciben conscriptos argentinos que le sonríen fusil en mano. Posiblemente porque para muchos los soldados de Malvinas son cientos de los gorriones del cielo popular; seguramente porque es imposible separar el partido de 1986 contra Inglaterra de la guerra perdida cuatro años antes. Quizás con el paso del tiempo ese ejercicio racional sea más fácil. Pero hoy, que Maradona lleva unos pocos días muerto, y que la guerra que va a cumplir cuatro décadas aún arde, para quienes fuimos testigos de ambos acontecimientos se trata de una tarea difícil y, creo yo, estéril.
Si Gardel es “el alma que canta”, Diego Armando Maradona, Diego, es el homo ludens, “el hombre que juega”, la idea que el historiador Johan Huizinga desplegó en un libro que tituló así y que es una de las más estimulantes reflexiones sobre el juego como “una de las funciones humanas más bellas y esenciales”. Según Huizinga en la génesis de la cultura encontramos un carácter lúdico. El juego fue previo a esta: “Me parece que el nombre de homo ludens, el hombre que juega, expresa una función tan esencial como la de fabricar y merece, por lo tanto, ocupar su lugar junto al de homo faber”. Si el juego es previo a la cultura en sus formas, es más, la precede y la origina, tiene un territorio y reglas propios. Por eso “quiérase o no, al conocer el juego se conoce el espíritu”, escribe el historiador.
“El juego es una lucha por algo o una representación de algo. Ambas funciones pueden fundirse de suerte que el juego represente una lucha por algo”, y el 22 de junio de 1986, en el Estadio Azteca, ese partido, “el partido” sublimó el dolor de una derrota, las pérdidas de vidas y las esperanzas de la primavera democrática (como decíamos por aquel entonces). La victoria futbolística argentina no cambió nada de lo que había pasado, no devolvió ninguna vida, ni un centímetro cuadrado de territorio, desde ya, pero simbólicamente le quitó peso al sinsentido y mostró que otras formas de justicia son posibles. Todo atravesado por “Malvinas”, otra de las fuerzas irracionales más poderosas de la cultura argentina.
Ni siquiera Diego Armando Maradona podía gambetear semejante encrucijada mitológica. Todo lo contrario: fue plenamente consciente de ella, y de las fuerzas que el partido convocaría. Para volver a Huizinga: “La existencia del juego corrobora constantemente, y en el sentido más alto, el carácter supralógico de nuestra situación en el cosmos”: verbigracia, actuamos movidos por otras fuerzas que las meras decisiones lógicas y los cálculos. Diego, ese día, además de artista, fue un pararrayos: “Individualmente, mi mayor satisfacción fue el gol a los ingleses”, afirmó años después en una entrevista, “eso no se compara con nada y va más allá de cualquier copa del mundo en la que participé. Sentí –y siento, no lo niego– que ganamos con eso algo más que un partido de fútbol. Vencimos a un país. Fue nuestro aporte, a nuestra manera. Todos declarábamos antes del partido que el fútbol no tenía nada que ver con la guerra de Malvinas… ¡Mentira! En nuestra piel estaba el dolor de todos los pibes que habían muerto allá, tan cerca y tan lejos. Sentimentalmente, hice culpables a cada uno de los jugadores ingleses –nuestros rivales– de lo que había sucedido. Y mis goles –los dos– tuvieron una trascendencia diferente: el primero fue como meterle la mano en el bolsillo a un inglés y sacarle una plata que no era de ellos; el segundo… tapó todo. Todos dicen que ese es el gol más grande de la historia de los mundiales y a mí me llena de orgullo”. Pero estableció una barrera: nosotros nos alejamos de todo el quilombo que querían crear los argentinos, porque si era por los argentinos teníamos que salir con una ametralladora cada uno y matar a Shilton, matar a Stevens, matar a Butcher, matar a Fenwick, matar a Sansom, matar a Steven, matar a Hodge, matar a Reid, matar a Hoddle, matar a Beardsley, matar a Lineker, y, la verdad, no. No era así. Ellos eran sólo nuestros rivales. Lo que yo sí quería era tirarles sombreros, caños, bailarlos, hacerles un gol con la mano y hacerles otro más, el segundo, que fuera el gol más grande de la historia. En la previa, el tema de la guerra no pasaba desapercibido. No podía pasar. La verdad es que los ingleses nos habían matado a muchos chicos, pero si bien los ingleses son culpables, más culpables habíamos sido los argentinos por ir enfrentar a la tercera potencia mundial con zapatillas Flecha (…). Yo me acordaba bien del 82, cuando llegamos a España: era una masacre de piernas y de brazos, de todos esos pibes argentinos regados por Malvinas, mientras a nosotros los hijos de puta de los militares nos decían que estábamos ganando la guerra. Entonces, como yo me acordaba perfectamente de aquello, no jugué el partido pensando que íbamos a ganar la guerra, pero sí que le íbamos a hacer honor a la memoria de los muertos, a darles un alivio a los familiares de los chicos y a sacarla a Inglaterra del plano mundial… futbolístico. Dejarlos afuera del Mundial en esa instancia era como hacerlos rendirse”.
Tal vez en 1986 esta distinción no estaba tan clara. El Tata Brown, que se ocupaba de aclararles a los periodistas que era de origen “irlandés y no inglés”, evoca la arenga de su capitán: “Al salir al campo iba pecho adelante y mirada en alto; no dijo una palabra, estaba serio, solo miraba a los ingleses. Cuando terminó el Himno se escuchó este grito: “¡Vamos eh, vamos que estos hijos de puta nos mataron a nuestros pibes, a nuestros amigos y vecinos, no podemos perder!”. La noche anterior Diego, contra su costumbre, había estado serio. Brown comprendió segundos antes de empezar a jugar que estaba concentrado en su venganza.
El homo ludens no dudó de lo que iba a hacer, ni de cómo lo haría: “Era una batalla, sí, pero en mi campo de batalla”, dijo en la entrevista que cité antes. Esos dos goles a los ingleses, el pícaro y la obra maestra, están ineludiblemente atados a la historia de Malvinas. Diego peleó y ganó con sus armas una batalla simbólica; pero sus armas fueron la genialidad, el arte, la picardía y la viveza, nos gusten o no.
Maradona llegó a ser considerado un mito viviente. En esas condiciones, con sus reglas, libró esa batalla aquella tarde de 1986. No yerran tampoco los que dicen, llenos de dolor, que con él “murió el fútbol”. Jugó ese partido como peleaban los viejos guerreros, como un héroe clásico. Pero como no podemos estar a la altura de su genio, no nos queda más remedio –tal vez sea una forma de recordarlo y honrarlo– que pensar, ya que carecemos de sus atributos, cuáles son las formas de lidiar con ese otro mito nacional, las Malvinas.
La tecnología multiplicó la hazaña maradoniana al congelar ese desparramo mitológico para que lo podamos ver o escuchar millones de veces. Pero la tecnología también deshumaniza el juego y la guerra: “La teoría de la guerra total ha renunciado al último resto de lo lúdico en la guerra y, con ello, a la cultura, al derecho y a la humanidad en general”, escribe Huizinga en un capítulo dedicado a “la guerra como juego”. El gol de Maradona fue extraordinario porque fue esencialmente humano en un mundo que hacía tiempo había comenzado a dejar de serlo.
El juego, aunque tenga reglas, es libertad. Diego no se cansó de repetirlo en miles de reportajes. Huizinga le daría la razón. Y agregaría una idea que ilumina la presencia de Maradona en la cultura popular de los argentinos: “El proscripto, el revolucionario, el miembro de una sociedad secreta suelen ser extraordinariamente activos para la formación de grupos y lo hacen, casi siempre, con un alto grado de elemento lúdico.” Maradona fue todas esas cosas.
Al correr de las palabras, este historiador viajó en el tiempo. Desde los libros que pretenden explicar todo y le dan sentido a su profesión, para atravesar las capas geológicas de discusiones sobre la guerra y las sensibilidades populares en torno a ella (los soldados que reciben a Maradona en el cielo de ese montaje son como él, morochos, petisos, pobres, ninguneados, como la inmensa mayoría de los conscriptos de Malvinas), hasta esa tarde en la que, desencajado, vivió frente a la pantalla la epifanía de aquel gol que nunca va a terminar de agradecer. Ese es el poder del juego, que algunos seres encarnan. Salve Diego, homo ludens.