Cultura y Libros

"El feminismo trata de cambiar las leyes y también la vida íntima"

En un reciente libro, la escritora y periodista Florencia Abbate recorre las ideas de aquellas mujeres que a lo largo de la historia se plantaron en defensa de sus derechos. Un diálogo a fondo con Cultura y Libros.

Domingo 07 de Junio de 2020

Florencia Abbate es polifacética: periodista cultural, novelista, poeta y ensayista (tiene publicado un libro sobre los textos de Juan José Saer), la gama de sus intereses no deja de expandirse. En un reciente volumen lanzado por Planeta, y que apunta a públicos amplios sin perder el necesario rigor, hace una tan exhaustiva como amena recorrida a través de las ideas de las principales exponentes del feminismo, con perspectiva histórica. En una coyuntura marcada a fuego por el creciente protagonismo de las mujeres, el trabajo de Abbate suma valiosos elementos a un debate impostergable.

En diálogo con Cultura y Libros mientras la pandemia aún cerca a la Argentina, contó cuáles fueron las razones que la impulsaron a escribir y explicó puntos centrales de un texto que sin dudas va a ser recibido con interés, como diría ella, por numerosxs lectorxs.

¿Este libro, ¿surge de tu propia iniciativa, o fue una propuesta editorial?

—Surgió de una iniciativa mía. Tenía necesidad de ponerme a releer a feministas del pasado pensando en los debates que habíamos estado atravesando en la Argentina de los últimos años. Para mí fue una experiencia fuerte formar parte del grupo que convocó a la primera movilización Ni una Menos el 3 de junio de 2015. Fue algo vertiginoso, inesperado y muy conmovedor por la masividad que tuvo, y eso me embarcó en un activismo feminista que continuó en los años siguientes en diferentes espacios. Fueron tiempos de mucha acción y creo que en un momento necesité reflexionar, y me pregunté qué podía aportar como escritora y a la vez como profesora e investigadora del Conicet, y me pareció que algo interesante podía ser un libro de divulgación que recuperara la historia de distintas figuras y corrientes de los feminismos, pensando en el presente y en nuestro propio contexto.

Me gustaría conocer de qué modo te aproximaste al pensamiento feminista. ¿Hubo alguien en especial que te impulsara o motivara?

—Mi madre me crió sola y creo que lo hizo de una manera bastante feminista. Siempre alimentó mi autonomía. Ella es muy independiente y trabajaba mucho así que nunca me enseñó cosas tales como coser, pero sí me anotó en un taller literario cuando tenía nueve años y vio que me gustaba mucho leer y escribir. Ella no se definiría nunca como feminista, pero tal vez lo haya sido instintivamente. Y quizás esa crianza quedó en mí como algo que más tarde me haría permeable al pensamiento feminista.

"Biblioteca feminista" es ciertamente un texto de divulgación, pero riguroso y sin concesiones. La lista de activistas y pensadoras incluidas es abarcativa en tiempo y espacio. ¿Cómo la elaboraste?

—El libro tiene un hilo narrativo que intenta ir más allá de los nombres en cuestión. La idea era que a partir de esos nombres se pudiera armar un recorrido a través de las distintas épocas, como una suerte de viaje en el tiempo. Para ver en perspectiva las desigualdades de género. Elegí a estas personas porque participaron de algún hito histórico o porque marcaron un hito conceptual. Por ejemplo, Olympe de Gouges y Mary Wollstonecraft fueron grandes protagonistas del surgimiento de los reclamos por los derechos de las mujeres durante la Revolución Francesa, exigieron el derecho a la educación y los mismos derechos que cualquier ciudadano. También Clara Zetkin y Emma Goldman, que fueron activistas en las primeras décadas del siglo XX, vivieron un momento de grandes cambios, con conquistas como el sufragio femenino o la invención de la licencia por maternidad. En cambio, El segundo sexo (1948) de Simone de Beauvoir fue un hito conceptual, porque ella planteó algunas ideas que influyeron en la producción feminista de fines de los años 60 y principios de los 70, cuando hubo otro momento de efervescencia feminista.

¿Tuviste dificultades a la hora de incluir y excluir?

—Lo que más me importaba era que las autoras elegidas plantearan temas que estuvieran relacionados con los debates del presente y con nuestro propio contexto: la Argentina de hoy. Por ejemplo, presentar a Emma Goldman como una pionera de la educación sexual, explicando por primera vez el uso de los anticonceptivos en una conferencia de 1915, tiene interés en un contexto en que estamos hablando de la importancia de la ESI (Educación Sexual Integral). O mostrar las dificultades de Zetkin para poner en agenda los reclamos de las trabajadoras en los sindicatos, tiene interés porque hoy en día los sindicatos son espacios donde se sigue luchando por diversas cuestiones, como la necesidad de salas maternales y guarderías gratuitas en los lugares de trabajo. También me interesaba explicar conceptos que hoy se utilizan y mucha gente no sabe de dónde provienen y cómo se fueron elaborando a través de los aportes de distintas autoras. Por eso me interesó, por ejemplo, explicar la teoría constructivista del género de Judith Butler, o el concepto de “interseccionalidad”, que proviene de los feminismos negros y propone pensar la opresión de género cruzada con otras variables como la clase social y la etnia. De ahí que autoras afrodescendientes como Angela Davis, Audre Lorde o Barbara Smith me parezcan muy actuales. La idea era que el libro brindara herramientas para comprender mejor los debates del presente.

–De esa nómina, con nombres tan importantes, ¿cuáles son los que sentís más cercanos y por qué razones?

–A todas las siento cercanas. En el proceso de investigar sus vidas y sus obras se me volvieron cada vez más cercanas. Por eso en la introducción puse que es interesante recuperar su legado y traerlas al presente, no tanto como “verdaderas ancestras”, sino más bien como amigas. Alexandra Kollontai, por ejemplo, me parece deslumbrante. Era una mujer muy valiente y una mente brillante, y además una gran escritora. Ella venía de una familia adinerada pero de joven dejó todo para dedicarse a militar en el socialismo y organizar el movimiento de mujeres. Fue una precursora de la crítica al sentimiento de propiedad en las relaciones amorosas, algo que es muy actual, porque la idea de propiedad está presente en flagelos como los femicidios, donde se ve que muchos hombres aún siguen creyendo que las mujeres son suyas. También fue la primera mujer que ocupó el cargo de ministra en un gobierno, en 1918. Y fue una de las artífices de la legalización del aborto en la Unión Soviética, que fue el primer país en legalizarlo, en 1920. Su autobiografía es magnífica. Ella cuenta que había tenido que exiliarse de Rusia en 1909 y pasó ocho años en el exilio, militando con socialistas en Francia, Inglaterra y Alemania. Cuando estalló la Primera Guerra Mundial, estaba en Berlín con su hijo y decide empezar a militar contra la guerra. Entonces se va a Suecia, un territorio neutral. Pero hace tanta propaganda contra la guerra que la terminan metiendo presa. Estuvo un año en prisión y la deportaron a Dinamarca. Y cuando ocurre en Rusia la Revolución de febrero de 1917, ella está en Noruega y decide volver a su país. Es genial cuando cuenta que cruza la frontera en trineo. ¡En trineo! Y del otro lado se encuentra con un soldado ruso que le pide el documento y ella le contesta “No tengo. Soy refugiada política”, y le dice su nombre. Y el soldado chequea en una lista y la encuentra, y le dice que el nuevo gobierno socialista le da la bienvenida: la ayuda a bajar del trineo y le besa la mano. Me pareció un momento inolvidable, de novela… Lamentablemente, las conquistas que lograron las mujeres rusas no duraron mucho, porque después vino Stalin y a lo largo de la década del 30 fue arrasando con todo.

–Cuando el feminismo radical hacía referencia a “llevar la revolución a las casas y a las camas”, ¿qué quería decir con eso?

–Quería decir que el feminismo no sólo trata de cambiar las leyes sino también la vida íntima. Ellas hacían grupos de reflexión para tomar conciencia de cómo la cultura patriarcal atraviesa nuestra vida cotidiana, la manera de relacionarse con la pareja, de criar a las hijas e hijos, de asumir ciertos roles en la familia, etcétera. En esa época, a fines de los año sesenta, se empieza a llevar a las casas el reclamo de mayor equidad en el reparto de las tareas domésticas y la crianza. A ellas les preocupaba identificar el sexismo en la esfera de lo privado. Por eso también reflexionan sobre la vida sexual y retoman algunas cuestiones que ya había planteado Simone de Beauvoir en El segundo sexo, como el hecho de que el placer de las mujeres no era demasiado contemplado en la intimidad de los matrimonios. En 1969, una feminista que se llama Ann Koedt publica un texto en el que plantea que el clítoris es el centro del erotismo femenino y eso no hay que resignarlo. Básicamente, se propone mostrar que en las relaciones heterosexuales el machismo también está presente cuando el eje del encuentro sexual es simplemente el placer del varón. Llevar el feminismo a las camas implicaba revertir eso. La idea central era que al machismo había que combatirlo no solo a nivel institucional sino también culturalmente, y eso implicaba transformar las relaciones personales y la propia vida.

–Hay una frase de Monique Wittig que me parece particularmente rica en sentidos, a la vez que polémica: “La lesbiana no es una mujer”. ¿Podrías explicarla?

–Es una definición política, no biológica. Ella dice que “mujer”, más allá de la biología, funciona como una categoría política y cultural, que designa a un tipo de persona que se tiene que comportar de determinada manera y hacer determinadas cosas, que para ella implican una explotación. Para Wittig, la categoría “mujeres” designa a un grupo social explotado, conformado por personas a quienes se las manda a cumplir ciertas funciones en la sociedad, básicamente ser objetos sexuales para los varones, tener una función reproductiva y hacer trabajos no remunerados. En ese sentido, para ella sería una categoría que sirve para que el sexo masculino pueda beneficiarse del sexo femenino. Entonces, la lesbiana, como categoría política, sería aquella que se niega a cumplir esa función social que se espera de las mujeres. De Beauvoir dijo: “No se nace mujer, se llega a serlo”. Y se llega aprendiendo cómo debe comportarse alguien para pertenecer a ese género. La lesbiana rechazaría ese aprendizaje, ya que no se resigna a que por su sexo biológico femenino se le asigne ese papel. Wittig inventa entonces una especie de figura conceptual a la que llama “lesbiana prófuga”, prófuga porque se escapa de ese régimen, que además de ser explotador, es un régimen que implicaría el mandato de ser heterosexual.

– “El feminismo debe incluir a los hombres que son aliados”, dijo Judith Butler. ¿Creés que en la práctica, y en nuestro país especialmente, se cumple esa premisa?

–Relativamente. Pero creo que en los últimos tiempos ha crecido el número de varones aliados y eso es positivo. Es importante destacar que no hay una única manera de ser varón, hay una diversidad de varones, que se posicionan frente al feminismo de diferentes maneras, y en esto influye cuáles sean su edad, educación u orientación sexual, entre otras cosas. Algunas de esas maneras son reaccionarias, de resistencia, otras de indiferencia y otras son activas, de hacerse cargo de la interpelación y pensar sobre los temas que plantean los feminismos, o interrogarse por sus propios aprendizajes, porque también a los que nacen varones se les enseña cómo llegar a ser varón, y todavía hay un modo tradicional de socialización que les demanda ser más competitivos, más violentos, más capaces de reprimir sus emociones, de imponerse y mandar, entre otras cuestiones. Hoy en día hay más varones heterosexuales predispuestos a cambiar los hábitos, a ser más equitativos y a tratar a las mujeres como pares, e inclusive a acompañar las protestas contra la cultura patriarcal y las violencias machistas. Los varones no son un grupo social homogéneo, como tampoco lo son las mujeres. Pero ser aliados de los feminismos no es fácil porque a veces implica renunciar a privilegios. Los círculos más poderosos de la sociedad contemporánea siguen siendo grupos masculinos, por ejemplo, el sector financiero, o las cúpulas religiosas, empresariales o sindicales. En Argentina, las intendencias y los gobiernos provinciales también están en su mayoría a cargo de varones. Entonces, el reclamo feminista de la paridad en diferentes ámbitos, más pequeños que los que acabo de citar, muchas veces encuentra resistencia porque implica ceder espacios para que haya equidad.

"Quise armar un recorrido a través de las distintas épocas, como una suerte de viaje en el tiempo, para ver en perspectiva las desigualdades de género".

–A pesar de que sobre el final te referís a la literatura y nombrás a Virginia Woolf, me quedé con ganas de más. ¿A qué otras escritoras considerás trascendentes para el feminismo?

–La literatura siempre fue trascedente para el feminismo, por un lado porque los textos literarios construyen personajes que muestran a varones y mujeres de diferentes épocas, y a veces esos personajes rompen los estereotipos de género y contribuyen a ofrecer otros modelos culturales con los que identificarse. Además, la literatura tiene toda una tradición de artistas inconformistas, y no es raro que una mujer que eligió ser escritora se haya tenido que enfrentar con prejuicios machistas. Las mujeres intelectuales tuvieron que soportar críticas o superar obstáculos, porque siempre se consideró que los más inteligentes y creativos son los hombres. La más importante me parece Sor Juana Inés de la Cruz, que produjo una obra que rechaza las limitaciones que les ponían a las mujeres en cuanto al estudio y al saber, para mantenerlas en la ignorancia. Otra escritora casi tan extraordinaria como Sor Juana es Madame de Staël, que fue tan valiente que se enfrentó a Napoleón. Ella era una figura estelar de la intelectualidad del siglo XVIII. Las protagonistas de sus novelas son mujeres que se topan con una sociedad siempre dispuesta a reprimir sus deseos de expansión, ya sea social, política, amorosa o intelectual. En el siglo XIX, las hermanas Brontë también inventaron personajes femeninos que no encajan con las convenciones de género de la época. Otras enfrentaron los prejuicios de manera más provocativa, mediante actitudes escandalosas y siendo abiertamente bisexuales, como Colette, una narradora exquisita. Más cercana en el tiempo mencionaría a Adrienne Rich, autora de ensayos feministas que analizo en el libro, y que también tiene una obra poética bellísima.

–También se extrañan referencias argentinas. ¿Cuáles podrías mencionar como significativas?

–En la introducción aclaro que no me ocupé especialmente de eso en este libro porque quería que tuviera un recorte coherente en sí mismo y preferí no mezclar todo. Les doy enorme importancia a los feminismos argentinos y latinoamericanos y estoy convencida de que merecen un libro propio. Pero igual mientras escribía no pude contener la tentación de mencionar a algunas argentinas como Juana Manso, Virgina Bolten, Gabriela Laperrière, Carolina Muzzilli, María Luisa Bemberg, Hilda Rais, Adriana Carrasco y Lohana Berkins, entre muchas otras. Y podría haber mencionado también a María Rosa Oliver, Fanny Edelman o Victoria Ocampo. En cuanto a las escritoras, una de las más admirables feministas fue Alfonsina Storni, y una de las primeras fue Juana Manuela Gorriti. En los últimos tiempos estuve investigando la obra de una narradora un poco más contemporánea, Libertad Demitrópulos, que muestra de forma magistral los problemas de género y de clase a través de personajes femeninos de origen humilde. Recomiendo especialmente su novela Río de las congojas (1981).

¿Te gustó la nota?

Dejanos tu comentario