El análisis, elaborado por Russo, advierte que la intensidad del fenómeno genera expectativas favorables para la producción, especialmente después de varios años marcados por la falta de agua, pero también puede generar complicaciones si las precipitaciones se concentran en momentos críticos de la campaña.
Un Niño fuerte, pero con incertidumbre sobre su intensidad
Uno de los puntos que todavía genera interrogantes es la magnitud que alcanzará el fenómeno. De acuerdo con Elorriaga, este año existe una dificultad adicional porque la NOAA modificó la metodología utilizada para medir el evento y, además, no resulta sencillo acceder a algunos datos, modelos y valores corregidos.
Con la información disponible, el modelo que utiliza desde hace una década proyecta un pico inferior a 2,5 grados. Sin embargo, debido al nivel de incertidumbre, el análisis contempla un rango de entre 2 y 3 grados. Por ese motivo, el especialista considera prematuro afirmar que se está frente a un evento que pueda superar claramente los registros de las últimas cinco décadas. La referencia más cercana sería el Niño de la campaña 2015/16, cuando el índice alcanzó un máximo de 2,8.
El Niño también tiene una relación con las temperaturas. Elorriaga recordó que durante el invierno de 2015, en pleno desarrollo de aquel evento, se registraron las temperaturas más elevadas de los últimos 60 años. Para este año, el acoplamiento entre el océano y la atmósfera se produjo incluso antes que en aquella campaña, por lo que se espera nuevamente un final de invierno moderado en materia térmica.
Ola de calor en el verano
El fenómeno también aumenta las probabilidades de olas de calor durante el verano. Como antecedente, Elorriaga recordó lo ocurrido durante el Niño 2023/24, cuando enero estuvo marcado por varios episodios de temperaturas extremas.
Ese escenario abre un interrogante para el maíz y las fechas de implantación. Ante la combinación de un Niño fuerte y la posibilidad de lluvias importantes más adelante en la primavera, una siembra muy temprana, hacia fines de agosto o comienzos de septiembre, podría convertirse en una alternativa para algunos productores.
La contracara es que una implantación anticipada implica una emergencia más lenta y mantiene al cultivo vulnerable durante más tiempo frente a eventuales excesos hídricos. Sin embargo, el riesgo de lluvias con grandes acumulados aumenta a medida que avanza la primavera, por lo que adelantar las labores podría ser una estrategia a considerar.
Octubre, noviembre y diciembre, bajo la lupa
El período de mayor intensidad del Niño se ubicaría en los últimos tres meses del año. Para estimar el impacto sobre las lluvias, la Bolsa de Comercio de Rosario y el equipo de GEA actualizaron el algoritmo desarrollado en 2023. El modelo toma como base el comportamiento de las precipitaciones de los últimos 50 años y lo relaciona con los valores mensuales de calentamiento del Pacífico. A partir de los registros de las estaciones de la red GEA/BCR y de las proyecciones de los principales modelos climáticos, se obtiene una estimación estadística de los volúmenes de lluvia que podrían registrarse entre octubre y diciembre.
El resultado es contundente: el algoritmo proyecta, a grandes rasgos, precipitaciones alrededor de un 30% superiores a lo normal en octubre, un 70% mayores en noviembre y hasta un 90% por encima de los valores habituales en diciembre.
Se trata, de todos modos, de una estimación que contempla exclusivamente la influencia de un Niño fuerte a muy fuerte sobre las lluvias de la región central. El modelo no incorpora otros condicionantes regionales o globales que también pueden modificar el comportamiento de las precipitaciones. Por eso, desde el análisis se advierte que otros forzantes climáticos pueden alterar los volúmenes previstos, tanto en sentido positivo como negativo.
El gran desafío: encontrar ventanas de trabajo
El problema no necesariamente será la cantidad total de agua, sino la frecuencia con la que podría presentarse. De acuerdo con Elorriaga, la dinámica prevista para este Niño podría generar una alta recurrencia de las precipitaciones y, por lo tanto, reducir la cantidad de días con condiciones adecuadas para trabajar.
Esto adquiere especial importancia porque los meses de mayores lluvias coincidirán con una concentración extraordinaria de labores agrícolas. Desde octubre comenzará la siembra de soja de primera y, hacia fines de noviembre, se superpondrán la cosecha de trigo, la implantación de soja de segunda y la siembra del maíz tardío.
El principal mensaje para el productor, entonces, pasa por anticiparse, advierten desde la Bolsa. "La recomendación es evitar postergaciones y aprovechar cada ventana de tiempo disponible para impedir que las tareas se acumulen", destaca el informe de GEA.
La situación podría volverse especialmente compleja a medida que avance diciembre. Si las lluvias se vuelven más frecuentes, los problemas de piso y la menor cantidad de jornadas aptas para ingresar a los lotes podrían generar cuellos de botella en una campaña donde distintas labores competirán por el mismo período.
El maíz tardío, uno de los puntos críticos
Dentro de ese calendario, el maíz tardío aparece como uno de los cultivos que podría enfrentar mayores riesgos, porque su siembra coincidiría con el momento de mayor intensidad del fenómeno.
La diferencia con la soja es relevante: mientras la emergencia de la oleaginosa puede verse afectada por problemas de encostramiento, el maíz presenta una mayor sensibilidad frente a los anegamientos. Además, el costo de la semilla y la necesidad de lograr una buena cantidad de plantas por hectárea hacen que las pérdidas durante la implantación tengan un impacto importante.
Sin embargo, Elorriaga marcó una diferencia respecto de la campaña 2015/16. En aquel episodio, el pico del Niño se produjo durante enero y febrero, mientras que para el actual evento las curvas de evolución muestran que hacia abril de 2027 las condiciones deberían encontrarse mucho más cerca de la neutralidad.
Eso no significa que desaparezcan los riesgos durante la cosecha de soja. Abril es, por sus características estacionales, un mes en el que pueden producirse episodios de ciclogénesis vinculados al cambio de estación. La diferencia es que, esta vez, no se espera que el Niño continúe aportando humedad adicional en ese momento, como ocurrió durante la campaña 2015/16. En aquella oportunidad, la combinación de lluvias abundantes y temperaturas elevadas durante abril provocó importantes pérdidas productivas, entre ellas unas 6 millones de toneladas de soja.
El Atlántico, otro factor a seguir
El comportamiento del Atlántico también forma parte del análisis. Actualmente, sus aguas se encuentran más cálidas de lo normal y tuvieron incidencia en las condiciones registradas durante julio, cuando el ingreso de aire húmedo y cálido desde el noreste afectó a buena parte de la región pampeana. Sin embargo, para octubre, noviembre y diciembre los modelos muestran una anomalía fría en el Atlántico. Por ese motivo, no se espera que aporte humedad adicional durante el período de mayor intensidad del Niño.
Para la franja este de la Argentina, ese comportamiento podría incluso ser favorable. Si las lluvias se mantienen por encima de los valores normales por efecto del Niño, la ausencia de un aporte adicional de humedad desde el Atlántico podría evitar que el escenario se vuelva todavía más extremo.
Así, el principal desafío de la campaña 2026/27 no estará solamente en cuánto llueva, sino en cuándo y con qué frecuencia. Para una región núcleo que viene de varios años de restricciones hídricas, el Niño aparece como una oportunidad para recuperar potencial productivo. Pero su intensidad también obligará a trabajar con una estrategia más ajustada, anticipando labores y aprovechando al máximo las ventanas que deje el clima, advirtieron desde la Bolsa.