Ramón Ayala no se fue, jamás lo haría. Apenas abandonó su cuerpo físico para que una vez más su nombre resuene como tantas veces lo hizo. Ese hombre parido por la tierra misionera nos regaló su música y sus canciones de un estilo inconfundible, un decir preciso, concreto y poético difícil de igualar. Quizás lo único que pretendía era pintar -como lo hacía en su vida cotidiana- el sufrimiento y el sentir de su gente, dibujándole letras a canciones que se convertían en belleza pura sin dejar de ser testimoniales.
Un tipo agradable, profundo, seductor con las mujeres y con los periodistas que alguna vez nos enfrentamos a su persona como en aquella charla prolongada de más de tres horas en el viejo Hotel de Turismo del centro de Posadas allá por 2005, previo a una extensa sesión de fotos en la costanera posadeña a la que accedió con gusto junto a su guitarra de 12 cuerdas. Y en donde grupo de pibes se acercó respetuoso a saludar al prócer. "Eh, Ramón... Qué gusto verlo maestro, cuídese, usted es un pedazo nuestro y hay que defender lo que hace".
Y no es difícil recordarlo hablando de que su obra había trascendido porque presentaba los problemas del hombre común de manera frontal, o que sus canciones nacían del asombro porque "el poeta es hijo del asombro y si no existe el asombro no existe el poeta", o que el río de la Plata o el mismo culo -"todos le escriben al corazón y al pobre culo nadie..", recordaba en la entrevista- no tenían dedicadas ninguna canción.
Le encantaba desmenuzar las preguntas y sus respuestas. Decía que con su música logró tocar la sensibilidad popular. Hablaba de los personajes y los países que conoció en sus viajes de recitales y muestras pictóricas. De la emoción que le produjo conocer al Che Guevera -"un ser carismático y con sentido del humor", lo describía- y de cómo "El Mensú", uno de sus hijos dilectos, era cantada en los fogones de la Sierra Maestra.
Ramón Ayala era un tesoro caminando. Quedan su prole musical que no lo olvida: "Posadeña linda, el himno de la ciudad de Posadas, “El jangadero”, "El mensú", "El cosechero", "Canto al Río Uruguay", "Golondrinas del Iguazú" y tantos, tanto otros.
El Moncho se fue al cielo de los grandes. Allá estará cantando y contando historias junto a sus mensúes, sus tareferos y su pueblo. Nos dejó un gran legado: letra y música que enseñan a pensar.