Fernando Sánchez y Daniel Riera escribieron "Virus: una generación" a mediados de la década de los 90. Al momento de su aparición, el libro, publicado por editorial Sudamericana, no tuvo mayor repercusión, dato que puede explicarse con una rápida mirada sobre el mapa del rock argentino de aquel momento, colonizado por el llamado rock barrial. En un resumen de trazo grueso, y dejando de lado la cuestión musical, los principales exponentes de esta tendencia -Los Piojos y La Renga, los más exitosos-, cada uno con sus características, masificaron una manifestación popular que la crítica denominó "futbolización del rock". El asunto no era nuevo en la música popular: ya en los años dorados del tango, cada orquesta tenía su hinchada respectiva; las más picantes, según los memoriosos, eran las de Juan D'Arienzo y Osvaldo Pugliese. Pero en el rock argentino, de 1988 en adelante, con el ascenso de Los Redonditos de Ricota, el fenómeno tuvo un renacimiento impetuoso. Lo que cambió en esta nueva versión fue el rol del público que, además de asistir a los conciertos para disfrutar la música de su banda preferida, incorporó del fútbol la noción de "hacer el aguante". El protagonismo de la audiencia con cánticos permanentes y el uso de pirotecnia dejó a la música en un segundo plano, y lo que ocurría en la tribuna comenzó a ser tan importante como lo que pasaba arriba del escenario.
Era esperable que en ese contexto un grupo como Babasónicos, para el que Virus fue mucho más que una influencia, fuera visto como frívolo. Y Virus, que tras la muerte de Federico Moura en 1987 tomó un rumbo errático hasta su disolución en 1990, cuando salió a la venta el libro de Fernández y Riera era poco más que un recuerdo.
Con el paso del tiempo, y el suceso de artistas que reivindicaban la importancia de Virus (Babasónicos y Miranda! en primer plano, y Adicta y Los Látigos en un segmento más under) en la evolución histórica del rock argentino, el legado de la banda de los hermanos Moura comenzó a ser revalorizado. Y lo mismo ocurrió con el libro de Sánchez y Riera, a tal punto que hasta su reciente y lujosa reedición a cargo de Colección Vademécum, los ejemplares de su primera edición ofrecidos en el sitio Mercado Libre rondaban los 30 mil pesos.
En 1980, cuando Virus hizo su aparición, el rock argentino atrasaba cinco años. Mientras en Inglaterra la new wave estaba en su apogeo -y ese fue el lenguaje que Virus tradujo al castellano rioplatense-, el ecosistema local flotaba entre el jazz rock y el progresivo. Por eso el grupo de City Bell fue tan resistido en sus comienzos, porque hacía música bailable cuando el rock argentino se escuchaba sentado y en silencio, y porque sus canciones estaban cargadas de ironía cuando la norma eran la solemnidad y la grandilocuencia.
"Virus: una generación" también abre una ventana a la vida cultural y política de los años 70 y 80, y a la manera en que arte y política se anudaban o dejaban de anudar. La historia del secuestro y desaparición de Jorge, el mayor de los hermanos Moura, que le dijo a Perla Diez, su última pareja, que de no ser por su militancia política habría querido armar un grupo de rock con sus hermanos, alcanza como muestra. Como cuenta Fernando Bustillo, compañero de Federico en el Nacional de La Plata: "De aquella división no quedaron muchos, por el modo en que se jugaron la vida". En resumen, el libro cuenta precisamente lo que anuncia en su título, la historia de una generación.
En la siguiente entrevista, Fernando Sánchez habla sobre la reedición del libro y ofrece su punto de vista sobre la figura de Federico Moura y el legado de Virus.
—¿Por qué el libro se reedita recién ahora? ¿Sudamericana nunca se los propuso?
—No. El libro se saldó, se descatalogó y nunca se nos propuso reeditarlo, hasta ahora.
—Cuando tuvieron que volver a leer el libro en profundidad con la idea de reeditarlo, ¿apareció el impulso de cambiar muchas cosas?
—No tantas. La verdad es que, contra todos nuestros prejuicios, nos dimos cuenta de que el trabajo era muy digno y profesional. Recordábamos que nos habíamos tomado muy en serio la investigación, pero como no lo habíamos vuelto a leer, no sabíamos si resistiría nuestra propia mirada, 25 años después. Por suerte, sí. Modificamos algunas cosas relacionadas con el estilo que no nos gustaban, Daniel Riera se tomó el trabajo de actualizar todo lo que no conocíamos en su momento, incorporar la información que fue saliendo a la luz en los años posteriores a la salida del libro, y corregir los (no muchos, por suerte) datos que estaban incorrectos. Pero a grandes rasgos, diría que no hicimos mayores cambios al texto original sino, en todo caso, los necesarios agregados, consecuencia de los años transcurridos y la actividad desarrollada por los músicos en ese lapso.
—A medida que pasan las páginas va quedando claro que Federico fue tomando el lugar de líder, y que hacía y deshacía sin consultar mucho con el resto del grupo. Sin embargo, y dejando de lado la postura de Ricardo Serra, los demás integrantes no parecen haber ejercido mucha resistencia a ese cambio de situación. ¿Cómo se da ese proceso dentro del grupo? ¿Fue paulatino o se desencadenó a partir del éxito del grupo? ¿O simplemente fue por la prepotencia de trabajo de Federico?
—No sabría precisar exactamente cómo fue ese proceso, y tampoco estoy tan seguro de que haya sido así siempre. Es probable que en algún momento sí, pero tiendo a creer que fue más dinámico que lineal, y que no fue siempre en un mismo sentido. Acaso el brillo natural de Federico opaca la labor del resto, pero estoy seguro de que Virus no habría sido lo que fue sin la guitarra de Julio Moura, solo por citar algo fácilmente reconocible. Sí es probable que el resto del grupo haya descansado en esa forma de ser de Federico, y lo que en principio pudo resultar cómodo, luego pudo pasar a ser lo contrario. Sí es cierto que, por su carácter de artista integral, los intereses de Federico siempre fueron más amplios y, en tanto eso, mientras el resto de la banda se concentró en lo estrictamente musical, él pudo dedicarse a todo lo demás, que en el caso de Virus fue tan importante como la música. Pero volviendo a la pregunta, no sé si en algún momento ese liderazgo se volvió autoritario e indiscutible.
—Resulta revelador releer hoy las opiniones de Federico. Sus conceptos parecen los de un intelectual, no los de un rockero. Sobre todo porque el rock argentino tenía el reloj clavado en el 76 al momento de la aparición de Virus.
—Creo es que es imposible pensar en ese momento del rock, digamos años 80, 81, sin ubicarlo en el contexto de la dictadura, que por esos días comenzaba a mostrar las consecuencias ya no solo de la represión sino también de la crisis económica. Hasta la llegada de la última dictadura, las tendencias del rock que se imponían en el mundo llegaban a la Argentina con un delay propio de la distancia y la época. Sin embargo, la censura impuesta a partir de 1976 detuvo ese flujo de información, y el acceso a lo que sonaba en el Primer Mundo se volvió aún más difícil. En ese contexto de censura es lógico que expresiones más "extremas" como el punk, el reggae y la new wave hayan tardado tanto en tener versiones locales y, aún más, la posibilidad de volverse masivas. De modo que, en cierto punto, es probable que el rock estuviera atrasado en nuestro país. Pero, al mismo tiempo, entiendo que sobre todo en lo que tiene que ver con la reivindicación del cuerpo, el baile, la imagen y, en suma, el goce y la libertad, Virus estuvo por delante si no del rock, de la sociedad argentina en general.
—Entre la primera edición del libro y esta reedición, ¿qué cambió en tu concepto y análisis de la obra de Virus?
—Creo que el tiempo fue poniendo a Virus en un lugar cada vez más destacado y único dentro de la historia de la música popular argentina. Mi concepto no sé si cambió: en todo caso, consolidó la idea de que valió la pena contar esta historia.