¿Cómo hacer para contar una historia de un grupo de personas que son corruptos, adictos a todo tipo de sustancias tóxicas, transeros de cocaína, que no tienen una actividad laboral fija, que son malos padres y pésimos hijos y además son ladrones y socios de los poderosos? Difícil, no imposible. Jesús Braceras lo sabe hacer como pocos. Ya lo había demostrado en “Puerta 7”, cuando se metió en el mundo de los barras, pero nunca mejor que en esta serie de ocho episodios, que por momentos corta el aliento. No sólo por el cuidado tratamiento de la imagen y la credibilidad de las situaciones, sino porque en “Barrabrava” aborda un puñado de historias de vida de barrabravas de un equipo del ascenso, pero sin juzgarlos ni mucho menos valorarlos. Es una pintura de una realidad tangible y visible en el fútbol de la Argentina en cualquiera de las categorías, desde la primera división hasta los de la D. Desde River a Yupanqui, para ser más gráficos. Narrada desde la voz en off de Miguel Angel Rodríguez, que además da vida al Oveja, en un rol secundario pero impecable, “Barrabrava” es la historia de un grupo de hinchas densos y pesados, capos de la barra del Club Atlético Libertad del Pueblo, encabezados por el Tío (Gustavo Garzón, en una breve pero brillante actuación), César (Gastón Pauls) y su hermano menor El Polaco (Matías Mayer, lo mejor de la serie), a quienes le roban el liderazgo de la barra. Entre muertes de personajes clave (que es preferible no spoilear en esta crítica) y ciertas connivencias con el presidente del club y el intendente de la ciudad, todo se empieza a complicar a partir de la posible venta del jugador estrella del equipo y de su participación en un partido que podría ser decisivo para el ascenso a primera división. Pero no es un tema deportivo el que prima aquí, todo pasa por el poder, el dinero y quién se queda con el negocio de la barra. En una trama que va ganando emotividad y dramatismo con el correr de los capítulos, sobrevuelan los huecos de las historias familiares. Y la principal referencia es el encuentro entre El Polaco y su hija adolescente, de la que no se ocupó durante 15 años y ahora ella quiere jugar al fútbol femenino con la camiseta del clásico rival. En tanto César trata de no recaer en las drogas mientras su mujer (impecable Paloma Contreras) pide a gritos que la escuchen y se carga al hombro ser madre de dos hijos con un padre ausente. La rivalidad entre barras es cada vez más sangrienta, los vínculos son cada vez más tensos y crecen las peleas internas entre familiares, amigos, barras y hermanos. En el medio del caos, el director Jesús Braceras aporta una mirada que, más que un manto de piedad, es un pantallazo de realidad. Y tiene que ver con esa búsqueda de identidad de los barrabravas. La serie los muestra como desclasados, fuera del sistema, todos son nadie en esta sociedad, sólo son alguien cuando pertenecen a la barra del club. Es desde ese lugar donde “Barrabrava” toma una lectura superadora. Porque no estigmatiza, no cae en el facilismo de citarlos como drogones y ladrones ni tampoco como superhéroes. Los muestra tal cual son, en carne viva. Y con muy pocos goles para festejar.































