Turismo

Islas Galápagos: el asombro de Charles Darwin en el archipiélago de Ecuador

El gran archipiélago conformado por más de 100 islotes y 22 islas es un lugar para visitar. Hoy recorremos Santa Cruz. Riqueza de fauna, vegetación y playas dignas de visitar.

Domingo 17 de Enero de 2016

Para algunos, Galápagos no significa más que grandes tortugas. Para otros es un lugar casi inhóspito poblado sólo por ejemplares de una fauna prehistórica. O un territorio poco amigo del turismo que alguna vez visitó Charles Darwin, allá lejos y hace tiempo. En verdad es un poco de todo eso pero, sobre todo, es un gran archipiélago y provincia del Ecuador conformado por más de cien islotes y 22 islas. Las más grandes son Isabela —donde está la capital, Barquerizo Moreno—, San Cristóbal y Santa Cruz. Esta última es la razón de este texto y de nuestro recorrido.

Hay dos aeropuertos en Galápagos. Para arribar a Santa Cruz debemos aterrizar en el de Baltra, una isla ubicada al norte de la anterior, y separada de ésta por el breve estrecho de Itabaca. El viaje en avión desde el continente dura alrededor de dos horas. Una vez en tierra debemos trasladarnos a un embarcadero y abordar una barcaza para cruzar el canal. Ya en la otra costa una larga fila de micros y, sobre todo, taxis (en verdad, camionetas 4x4 que cumplen ese servicio), se disputan a los visitantes que tienen como inequívoco destino Puerto Ayora, la población más grande, la sede de los hospedajes.

El trayecto hasta la ciudad es en sí un buen paseo. Una profusa vegetación, en la que predominan plátanos, grandes cactus y scalesias —árboles propios de la zona—, bordea una ruta repavimentada hace poco tiempo. No es extraño ya, en ese tramo, cruzarse con tortugas o descubrir aves propias de la zona.

Servicios. Puerto Ayora es la ciudad más grande de la isla y del archipiélago. Con casi 12 mil habitantes es la que, además, tiene la mayor infraestructura y cuenta con más servicios. Allí abundan pequeños comercios dedicados al turismo que ofrecen salidas de buceo, paseos y traslados en lanchas y excursiones de uno o varios días. Restaurantes, pubs y tiendas de souvenires son también parte de la oferta comercial que se concentra, en mayor medida, en la costanera o malecón. En ese pintoresco paseo ribereño está, también, el muelle de los pescadores, un lugar de visita diaria para pelícanos, iguanas y lobos marinos. Por la noche se transforma en un comedor al aire libre que ofrece platos de pescados y langostas.

La ciudad puede recorrerse a pie o en bicicleta —casi todas las calles tienen bicisendas—. También hay 180 taxis-camionetas, aunque este servicio es más usual para trasladarse a otras zonas de la isla.

Exploración científica. En 1835 Charles Darwin llegó a Galápagos en el barco Beagle, como parte de un largo viaje de exploración científica que le demandó cinco años. Sus trabajos, y su poder de observación sobre algunas especies, como las tortugas y, en especial, los pinzones —aves del archipiélago—, fueron clave para desarrollar su teoría de la evolución de las especies.

En Ayora, la avenida costanera, algunos negocios y una estatua recuerdan al investigador. Pero es sobre todo un gran centro de investigación que lleva su nombre el que hace honor a su legado. Ubicada en las adyacencias del pueblo, la estación científica Darwin se encuentra inmersa en un gran bosque poblado por las principales especies arbóreas de la región.

A través de caminos que se abren paso entre un muestrario de plantas autóctonas —como scalesias, miconias y opuntias— se pueden descubrir las construcciones dedicadas a la investigación. El estudio de los insectos, de los pinzones del manglar o de algunas plantas ocupan edificios en particular. En el recorrido es posible ver algunas variedades de tortugas gigantes e iguanas terrestres, de intenso color amarillo.

La estación tiene una pequeña playa. Es el lugar de las zayapas, unos grandes cangrejos rojos que contrastan su vistosa presencia en la negritud de las piedras volcánicas. También, y como en casi toda la zona costera, las iguanas marinas nadan hasta la orilla en busca de algas y pequeños crustáceos adheridos a las rocas. Las más pequeñas son negras. Las mayores, que alcanzan hasta un metro y medio de largo, son de color grisáceo.

Los volcanes. La zona central de Santa Cruz es la parte más alta del territorio. Allí quedan resabios de una antigua actividad volcánica que hoy deja como únicos testimonios tres túneles de lava e inmensos cráteres. Los túneles, o tubos, están camuflados en una zona de abundante vegetación. Dos tienen iluminación artificial. Para acceder a cualquiera de ellos se deben descender unos pocos escalones que desembocan, en todos los casos, en superficies húmedas de base rocosa. Las paredes —de tonos marrones, amarillos o verdosos— están habitadas por musgos y pequeños helechos.

A pocos metros de esas cuevas están Los Gemelos, dos grandes cráteres casi idénticos, ubicados a ambos lados de la ruta principal. La zona es, además, uno de los lugares frecuentados por el pájaro brujo, un ave endémica de predominante color rojo intenso.

La Gran atracción de las tortugas. También la parte alta es el hábitat natural de los quelonios de la isla. Las galápagos, las tortugas que le dieron nombre al archipiélago, son una de las principales atracciones para el turista y, en algunos casos, la razón de su visita. Aquí están en la reserva El Chato, una zona lluviosa, de pantanos y pequeñas lagunas.

Caminar por el lugar no es fácil. El terreno es fangoso y hay muchos pozos. Es conveniente alquilar unas botas de lluvia (que allí se ofrecen) y, seguir, en lo posible, a un guía para escuchar sus recomendaciones. No acercarse mucho, no hacer demasiado ruido, esas cosas.

Sabemos que las tortugas son grandes pero ver cómo esos inmensos animales se desplazan, comen pasto o se sumergen en los charcos le otorgan una dimensión aún mayor a su existencia.

Las olas y el viento. Si lo que se busca es descansar, visitar algunas de las playas agrestes que tiene la isla es una buena opción. Tal vez la más bella sea Tortuga Bay, una bahía de arenas blancas que tiene dos costas. Una es rocosa, de mar embravecido, ideal para quienes practican surf. Otra, separada de la anterior por un corto sendero, es de aguas mansas, verdes y traslúcidas. Allí los peces y tintoreras (unos pequeños tiburones inofensivos) se dejan ver nadar hasta muy cerca de la orilla, y de los bañistas. El silencio y la tranquilidad son propios de esa zona rodeada de manglares. Podemos ir hasta ahí a pie, en una caminata de casi una hora por un sendero muy bien señalizado, o por mar. Al llegar es casi seguro que, como un plus, una primera postal, nos encontremos con grandes iguanas marinas descansando sobre la arena.

Otra buena alternativa es El Garrapatero, de 1.500 metros de extensión, que debe su nombre a un ave negra que habita la zona. Al igual que Tortuga Bay es agreste. Es decir, no hay guardavidas ni existe mayor infraestructura que una casilla de un guardaparques que registra nuestro ingreso y salida. Tiene una zona destinada a acampar, con grandes árboles habitados por pinzones y otras aves.

Lo más conveniente es llegar en taxi y convenir una hora para el regreso. Los alrededores de la playa son un atractivo en sí mismos. Una pequeña laguna habitada por flamencos y algunas especies de patos son parte de ese paisaje.

El tour por la bahía. Paseos por mar hay muchos. Pero uno casi inevitable es el "tour de la bahía", un viaje de poco más de tres horas en lancha que parte del Puerto Ayora a destinos varios y cercanos entre sí. Incluye, además, la posibilidad de hacer buceo de superficie.

Llegar no es la meta. El viaje tiene su encanto y, a poco de partir, al trayecto se le suma la vista de una alta costa rocosa en la que descansan muchas aves, como cormoranes y pirqueros de patas azules. El recorrido comienza en una lobería, se detiene en una playa (de los Perros —llamada así por un tipo de cangrejos—), continúa por una laguna habitada por tiburones tintoreras y, finalmente, termina en un mar de aguas mansas y cristalinas, propicio para hacer snorkel.

El descubrimiento. Tal vez la sucesión de estos y otros tantos paisajes de Santa Cruz (o de Galápagos) baste por sí misma para dimensionar lo atractivo del lugar. Puede resultar exótico, o raro. O ser casi salvaje, en su disfraz de agreste. Allí las cosas están casi como eran. A veces detenidas en el tiempo. O conservadas para que el tiempo —y la gente— no les haga daño.

Un mundo que parece muy ajeno al actual y más cercano al que motivó el asombro de Darwin, allá lejos y hace tiempo.

 

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