Brasil resulta fascinante en cualquier época del año por su gran variedad de opciones a la hora de buscar un destino donde recuperar energías. Pero el nordeste del país tiene una porción que es un verdadero paraíso histórico y natural: la Costa del Descubrimiento, en el estado de Bahía. La mismísima cuna de la cultura brasileña, uno de los pocos lugares donde la naturaleza permanece inalterable. Caminar por las mismas costas repletas de cocoteros y vegetación típicamente tropical donde hace 508 años llegaron las carabelas portuguesas, es una experiencia que despierta todos los sentidos.
Esa franja del mar azul que recorta el vecino país, alberga a Porto Seguro como ciudad referente, con playas, paradores sofisticados, gastronomía y hotelería de primer nivel, hasta las posadas más acogedoras. La temperatura promedio anual es de entre 25 y 29 grados, que se eleva considerablemente en verano.
Hacia el sur el municipio está la desembocadura del río Buranhém, y del otro lado la villa de Arraial D'Ajuda, “la esquina del mundo”, como se la conoce por sus características geográficas. Pintoresca, con abundante vegetación y playas de aguas cristalinas. Si con esto no alcanza, a pocos kilómetros se accede a la despojada pero exclusiva comarca de Trancoso. Hoy es el destino por excelencia de los brasileños, es el refugio preferido de artistas, hipies, gente relajada, acaudalados empresarios. Un destino que tiene línea directa a una de las diez mejores playas de Brasil: Puerto Espelho.
¿Se cansó? Hay muchos más. Por la avenida costera Beira Mar de Porto Seguro se llega al municipio de Santa Cruz Cabrália, uno de los sitios emblemáticos de la Costa del Descubrimiento. Allí, en el paraje Coroa Vermelha (Corona Roja) es donde el 22 de abril de 1500 desembarcó la flota del portugués Pedro Alvares Cabral, dando comienzo a la historia de Brasil.
En sus playas, repletas de cocoteros y arenas blancas, Frei Enrique Soares de Coimbra ofició la primera misa católica. La misma cruz de madera que se utilizó para consagrarla aún se erige en un sector del complejo. Hay un parque temático y una pequeña aldea de la reserva indígena Pataxó, una feria de artesanos y un museo.
Más al norte, siempre por la costa, y luego de atravesar en balsa el río Joao de Tiba, se llega a Santo André. Un poblado de apenas 800 habitantes pero con playas por explorar. En sus calles no es difícil toparse con varios rosarinos que encontraron su lugar en el mundo (ver aparte).
El extremo norte de la Costa del Descubrimiento tiene a la emblemática ciudad de Belmonte, con uno de los más ricos patrimonios arquitectónicos del país y los fascinantes mangues, árbol de raíz aérea que se recuesta sobre los brazos internos del río Jequitininhonha. Fue la ciudad más próspera del Estado de Bahía por la producción de fazendas de cacao, pero una peste que atacó las plantaciones detuvo su crecimiento a mediados del siglo XX.
Porto Seguro
Más allá de la elección que uno pueda hacer de los destinos regionales antes mencionados, Porto Seguro es el punto de referencia, y como toda la zona, tiene el encanto del extremo sur de Bahía. Ubicado a 1100 kilómetros al norte de Río de Janeiro y 700 antes de Salvador de Bahía, es el lugar para iniciar un recorrido apasionante. Con algo más de 120 mil habitantes, sobresale por la infraestructura hotelera (la tercera del país con 37 mil plazas) y las opciones de esparcimiento. Segunda ciudad turística más visitada del nordeste, está bañada por un mar templado con playas y piscinas naturales a lo largo de varios kilómetros, con gran cantidad de corales (el más imponente es Recife de Fora).
Precisamente esa pared que formación de seres vivos que emergen del mar, situada a cinco millas adentro, hacen que el oleaje que llega a la costa sea tenue y en muchos sectores hasta se note el mar casi planchado. Los servicios en Porto Seguro garantizan, por empezar, un aeropuerto internacional preparado para recibir todo tipo de aeronave. Y su proximidad con el centro es una comodidad: sólo cinco minutos.
La estructura del alojamiento es variada y completa, desde hoteles sofisticados y lujosos resorts, complejos de cabañas, posadas y apartamentos que se ajustan a todos los gustos y necesidades. Las extensas playas son angostas, de arenas finas y blancas como Mundaí, Itacimirín, o Curuipe, en la zona central, o más al norte como Apuá, Arakakí, Ponta Grande, o la misma Coroa Vermelha, tienen un denominador común: mar templado y transparente, custodiado por las palmeras que ofrecen la típica postal tropical. Un detalle, no se permite el tránsito de motos de agua ni cuatriciclos, algo que muchos turistas aprecian y valoran.
Además de sus playas, Porto Seguro tiene un patrimonio cultural e histórico único. En el itinerario de cualquier visitante no debería faltar un recorrido por el casco histórico, la reserva indígena Pataxó (30 familias que viven en medio de un bosque de 827 hectáreas, apenas subiendo un morro en las afueras de la ciudad), las iglesias del siglo XVI como de la Misericordia, Sao Benedicto, o el parador de Coroa Vermelha, donde llegaron las 12 embarcaciones con 1.400 portugueses para descubrir la tierra del Brasil, el 22 de abril de 1500. En un recodo del lugar se ofició la primera misa del país.
En el casco céntrico abundan las galerías de ropas, y artículos regionales, tapices, adornos. En medio de cualquier actividad, siempre es bueno atemperar el calor con un coco (agujereado y con sorbete) bien frío, o mitigar el apetito con una porción de acaragé.
Tomar una embarcación y visitar mar adentro el increíble arrecife Do Fora, donde, además de apreciar una plataforma coralina de 17 kilómetros, se puede hacer esnorkel junto a tortugas, peces y moluscos. Toda la zona es apta también para el buceo.
La noche tiene opciones variadas, desde restaurantes de primer nivel donde los menúes están basados en peces de mar (camarón, cangrejos, langosta, bacalao) y un circuito de bares y barracas para degustar comidas más rápidas como pizzas o hamburguesas. El agite durante la noche lo marcan los grandes complejos de playa con shows y música en vivo (suena mucho el axé y el forró), espectáculos y actividades grupales. Se destacan Axé Moi o Barramares con fiestas sin fin.
Arraial D’Ajuda
Arrial encanta por la belleza de sus playas y por un clima bucólico. Una villa pequeña, pero movida. Tiene una capacidad para recibir visitantes con 3.500 plazas distribuidas en resorts, posadas y hoteles de muy buen nivel. La actividad es incesante y los jóvenes marcan el ritmo. El casco urbano está por encima del nivel del mar, y en distintas direcciones, sus calles irregulares bajan a las extensas y anchas playas de Pitinga, Araçaípe, Mucugé, Taípe, o Do Parracho, custodiadas por rocosos acantilados.































