Cada 6 de diciembre es un día festivo en Cataluña: el día de la Constitución. Desde temprano, el majestuoso Passeig de Gracia de Barcelona se encontraba rebosante.

Cada 6 de diciembre es un día festivo en Cataluña: el día de la Constitución. Desde temprano, el majestuoso Passeig de Gracia de Barcelona se encontraba rebosante.
La abundancia multicultural bullía en un agitado clima luminoso que sigue resistiendo al invierno. Como siempre, unas hermosas chicas eslavas de un metro ochenta repartían, con sonrisa plena, el sobrecito de Orogold Cream, promesa neerlandesa de reparación dérmica total, y trataban de concretar ventas en un afable inglés a lo Zizek.
Los formidables cristales de la vidriera de Prada reflejaban una mixtura multicultural peculiar en sus diseños, en esas prendas-obras de arte, inaccesibles, ofrecidas generosamente a la contemplación furtiva.
Pero esta vez la ilusión de mixtura cultural de la mercancía global era, efectivamente, una ilusión óptica del reflejo: dando vuelta la mirada, en el centro del Passeig, se desarrollaba una imponente, prolija y sonora morenada boliviana, cuyos reflejos se mezclaban con los diseños de Prada.
La meticulosa performance boliviana de la diferencia cultural se colaba, así, en un hipermoderno despliegue de site-specific-art; un lujo de hibridez tan improductivo y asombroso como Prada, como Gucci, como Salvatore Ferragamo, entre tantos espejismos que parecen inofensivos.
Para el típico transeúnte ocasional de condición social media-descendente, la ciudad global es, necesariamente, un museo; un museo parecido al que cuenta Calasso que soñó Baudelaire (en La Folie Baudelaire), sólo que transfigurado al arte contemporáneo, es decir, bajo mandato de participación colaborativa, no sólo contemplativa, y oferta sinestésica: una obra de arte inmersivo de calles, cuerpos, objetos, pantallas, vidrieras, memes en las redes, videítos en Tik Tok. Los diagnósticos de los 80 y los 90 del siglo pasado sobre la lógica del simulacro, del consumo, del espectáculo, y sobre el riesgo de la velocidad, parecen actuales, sólo que despojados de la desolación subjetiva que suponían (¿tal vez resulte urgente releer a Baudrillard, a Debord, a Virilio?).
La experiencia actual -la superficial, la que discurre en una cotidianidad cuasi manufacturada- se percibe blanda, afable, gaseosa, y hasta genera una especie de entusiasmo de pertenencia a un pretendido y gozoso demos global pos-pandémico.
El transcurso de las horas fue confirmando esa dicha. Sobre el mediodía, la algarabía colectiva se dispersaba democráticamente por Plaza Cataluña, por el Portal del Ángel, por las ramblas, por la Boquería, por el Born, por el Gótico, todo hasta las inmediaciones de los famosos narcopisos del Raval.
A las 4 de la tarde tocaba Marruecos - España, justo el día de la Constitución.
En los bares del centro, frente a las pantallas, se mezclaban turistas de todo el mundo con grupos y familias marroquíes, también turistas pudientes.
Pero la fisonomía de los bares del Raval mostraba la heterogeneidad marroquí: las diferencias de la diferencia marroquí operaron como frontera para el turismo convencional; frontera imposible de desbloquear, ni siquiera con la pronunciación de la contraseña actual del amor global: “Messi”. La congregación futbolera televisiva del Raval se pertrechaba sólida en sus gestos adustos, en sus miradas esquivas, en sus atuendos atípicos.
Lo que ahí circulaba, lo que se ponía en escena, lo que se presentaba, era la desigualdad; no la diferencia, tan deglutida por el inofensivo multiculturalismo políticamente correcto. Complicado acercarse a Nou Barris, o a L’Hospitalet; con la desigualdad no se joroba; con la diferencia sí.
Algo de dicha realidad ya se había asomado un poco, más temprano, en quejas por las redes sociales, que no llegaron a ser tendencia, por el izamiento de la bandera española en Melilla; y un cierto resquemor recorría los ánimos por los antecedentes de numerosos disturbios marroquíes en otros puntos de España y Europa en ocasión del triunfo de su equipo a los tramos fines del Mundial Qatar 2022.
Pero si hay algo que ofrece Barcelona es gracia, y es justo ahí, apenas doblando por Travessera de Gracia, que ya se respira un cosmopolitismo barrial.
Lo que se expresa ahí, como diría Certeau, son los “lugares de habla”: las vecinas cotilleando, los turistas pausados, los parroquianos parloteando, los ecos mezclados de diversas lenguas, las plazas, los niños, los perros; los negocios con gatos mimosos para reparación de las almas solitarias; el cine Verdi, uno de los pocos que mantiene la lengua original de las películas y el subtitulado -menos con el catalán, como en Suro, que parece que no se subtitula, ¿por qué será? -.
En ese clima idílicamente distendido, en el Equinox de Verdi 21 -bar libanés atendido por marroquíes- varias teles gigantes transmitían el Marruecos-España para un conjunto híbrido de catalanes, españoles, marroquíes; todos juntos, pero en mesas separadas.
La distribución de las dos banderas marcaba el ritmo de los ánimos en una batalla por la intensidad del fervor ante cada ocurrencia del partido.
El pulso profundo del tempo de los penales tensaba las nervaduras de unos cuerpos agónicos como si atravesaran el estrecho de las Termópilas.
El heroico triunfo de Marruecos no obturó esa improbable mancomunidad ad-hoc.
Los escasos incidentes no lograron tampoco opacar los destellantes festejos en Plaza Cataluña.
Es que Barcelona es así, siempre festiva: es una ciudad tan prêt à porter que te lleva puesta.
(*) Sandra Valdettaro, doctora en Comunicación por la UNR, master en Ciencias Sociales por FLACSO y licenciada en Comunicación por la UNR. Sus investigaciones refieren al análisis epistemológico, cultural y semiótico de los lenguajes contemporáneos. Es Directora de la Maestría en Estudios Culturales (CEI-UNR) y del CIM (Centro de Investigaciones en Mediatizaciones). Es Investigadora categoría 1 y Profesora Titular Ordinaria de la UNR.



Por Facundo Borrego