Mucho se ha dicho en estos días respecto a lo que las relaciones entre Argentina y China suponen. Los argumentos que critican tal relación ponen el acento en el tipo de gobierno que impera en el gigante oriental, así como en el bloqueo de relaciones exteriores que tal relación incestuosa presumen.
Lejos de imaginar un multilateralismo en materia de relaciones económico-políticas internacionales, la apuesta de los detractores pasa por una relación unilateral con el vetusto gigante, pero de norteamérica, a pesar de que ese vínculo socave las prácticas soberanas de nuestro territorio así como reduzca el campo de posibilidades para salir del atolladero en el que, la mayoría de las veces mansamente, nos encontramos. Más allá de participar por una u otra alternativa, sería hora, también, de que Argentina, efectivamente, pueda salir del narcisismo citadino y establecer las relaciones geopolíticas puestas en juego.
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En China, funcionario levanta la camiseta de la Selección Argentina en el viaje de Sergio Massa en búsqueda de inversiones y swaps.
Fuente: Presidencia de la Nación.
Haciendo un somero resumen, podemos decir que la economía-mundo tal cual la conocemos hoy es, prácticamente, resultado de dos procesos históricos que se diferencian así como se complementan.
Por un lado, tenemos el abandono del patrón oro a comienzos de la década del 70 con la definición de Richard Nixon, tomada de manera imperiosamente unilateral, de decretar el fin de los cambios fijos de divisas. Esto significó la generalización del dinero fiduciario, es decir, una moneda que no se sostiene por sus reservas en metal sino por la confianza social que en ella se deposita.
Por otro lado, casi dos décadas más tarde, de la mano, entre muchos otros fenómenos, de la feroz carrera armamentística de Ronald Reagan, tenemos la caída del muro de Berlín, la desintegración de la Unión Soviética, “el fin del comunismo”. Mientras el primer suceso colocó al dólar como moneda hegemónica en términos de intercambio, reserva y financiarización, privilegiando su uso de manera global, el segundo situó a los Estados Unidos como el único ordenador válido del juego geopolítico del planeta.
Estos procesos tuvieron en el siglo XXI dos controversias. De parte de la economía, la crisis desatada a fines del 2007, la famosa crisis de la subprime, la que tanto se recuerda en EEUU y Europa pero tan poco se la menciona en Argentina, fue, de algún modo, el fin del “armonioso” acuerdo neoliberal especulativo y de la ilusión de un capitalismo de “competencia generalizada” y de “crecimiento”, marcando los serios problemas que la dependencia global al dólar y la timba financiera presumen.
Del lado estrictamente político-global, el despilfarro de recursos en sostener las guerras contra Afganistán e Irak en su “lucha contra el terrorismo”, y la pérdida de legitimidad hegemónica, fueron erosionando poco a poco su status de potencia universal, así como supuso una desatención, que le saldría bastante cara, de cómo venían operando las otras viejas potencias. Es de destacar ambos sucesos ya que, cuando de Estados Unidos se habla, política monetaria y política de guerra van de la mano.
Mientras ocurrían estos sucesos China se fue convirtiendo, poco a poco, no sólo en superpotencia sino en la locomotora mundial de la economía. Desde su apertura y reforma económica a fines de la década del 70 registró tasas de crecimiento aceleradísimas e inéditas.
Para el 2007, el año de la mayor crisis capitalista en su historia luego del crack del ‘29, China registraba 30 años consecutivos de alto crecimiento, demostrado en su multiplicación por 75 de su PBI a precios corrientes, así como había pasado de una magra participación del 3,4 por ciento en el PBI mundial al 15 por ciento. Para la agencia Bloomberg, en el 2023 todas las miradas están puestas sobre China, al punto de que el documento de actualización de perspectivas económicas del FMI, publicado a principio de año, entiende que lo que ocurra en el gigante asiático será transversal a la coyuntura económica del resto de los países.
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A la izquierda, Xi Jinping, presidente de China y a la derecha, Joe Biden, presidente de Estados Unidos.
Foto: Alex Brandon y Eraldo Peres / Archivo AP
La pregunta es, para los defensores del exitismo, ¿por qué deberíamos seguir apostando por las relaciones con una potencia en clara decadencia y no comenzar a apostar lo que a todas luces se muestra como el futuro?
Si las alternativas giraran, realmente, en los problemas que una dependencia china supondrían en el largo plazo, la pregunta no tendría sentido. Pero a sabiendas de que tal cual está el estado de la cuestión, las preguntas giran en torno a relacionarse con uno u otro, ¿por qué no elegir a aquél que nos da mayores prebendas en nuestros propósitos? Es más: ¿por qué no privilegiar una relación que se escurra entre diferentes frentes, con un metodismo más múltiple, menos centrado en la carnalidad para con uno de los depredadores?
Estados Unidos se encuentra en fuerte declive en cuantiosos frentes pero hay uno en el que, con todas letras, continúa sosteniendo la supremacía: el dólar. En la medida que sigamos sosteniendo al dólar como moneda preferencial de reserva y de intercambio internacional continuaremos subordinados tanto a su lógica imperial como a su estragante fagocitosis crónica.
En estos términos es que deberíamos comprender no sólo la búsqueda de alternativas a los términos de intercambio sino también a las lógicas que implican el haber contraído la deuda más importante que haya expedido el FMI en su historia. Con estos préstamos, no sólo se quiso favorecer políticamente a su tomador, no sólo implicó un intento de reordenar el lugar de Argentina en el mapa mundial en una América del Sur fuertemente influenciada por capitales orientales. Lo que este préstamo supuso, también, fue la colocación de millones de dólares recién impresos. Fue volcar una nueva suma de moneda estadounidense al mercado mundial, sobrevalorando su utilización, expandiendo su capacidad de retroalimentarse.
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El presidente ruso, Vladimir Putin y su par chino, Xi Jinping en reunión del G20.
Foto: Grigory Sysoyev / AP vía Sputnik Kremlin Pool
Es el capital en su formato extractivista más siniestro el que se descubre detrás de las políticas de deuda externa de los países en vía de desarrollo. Es la manera más artificiosa de inflar el uso de una moneda y es la manera más eficaz de subordinar la voluntad de una Nación.
Si desvinculamos los problemas argentinos de su contexto internacional e histórico, nos quedaremos sólo con críticas superficiales, onerosamente adornadas como conflictos de sistemas políticos, como si lo que realmente pesase sobre las decisiones macroeconómicas internacionales fuese la maquinea disputa entre “democracia” y “autocracia”.
Aunque a muchos cueste creerlo, aunque a muchos cueste entenderlo, la cara de Franklin en unos años puede no ser más que el rostro de alguien que bordea el abismo. La desdolarización global es un hecho que poco a poco va tomando forma en el mundo y va dando sus primeros pasos. Qué decisión seguirá Argentina en este proceso resulta más que clave para atender a qué tipo de arquitectura de país queremos construir.
(*) Ezequiel Vazquez Grosso es licenciado en Ciencia Política de la UNR y docente …