El asalto a los tres Poderes en Brasilia no fue un hecho sorpresivo ni espontáneo. Casi como un calco de lo ocurrido en Estados Unidos a fines del 2021, miles de fanáticos adeptos al bolsonarismo duro invadieron el Palacio del Planalto (la sede del gobierno), el Congreso y el Palacio de Justicia, en un hecho inédito que muestra el nivel de tensión político-social en Brasil tras la salida de Jair Bolsonaro y la asunción de Lula Da Silva. Este, de nuevo, no fue un hecho sorpresivo ni espontáneo. Es hijo de un fenómeno multicausal que tiene raíces profundas en la sociedad brasileña. Excede ampliamente a este texto remontarnos a una explicación socio histórica del fenómeno, por ello, nos quedaremos en lo inmediato, e intentaremos exponerlo mostrando solamente algunos ejes de un conflicto que tiene manifestaciones actuales.
El primer eje es la polarización política. En primer lugar, aunque un tanto simplificada, es necesario que definamos polarización. La palabra polarización proviene de polaridad que significa dos tendencias, opiniones o aspectos opuestos o contradictorios. En el terreno de la política, la polarización representa preferencias e ideologías contrapuestas en cuestiones de políticas públicas. Esto implica que las disputas se dan alejadas del centro o de soluciones de compromiso entre ambos extremos. En el caso brasileño, en los últimos años pudieron observarse varios picos de polarización política. El impeachment a Dilma Rousseff en 2016, la encarcelación de Lula da Silva en 2018 —lo que le impidió presentar su candidatura al Poder Ejecutivo—, el ascenso de un gobierno de derecha radical como el de Bolsonaro, entre otros.
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Acto de asunción de Lula da Silva en el que asistieron 300 mil personas y 65 jefes de Estados.
Foto: Eraldo Peres / AP
En los últimos meses, la polarización volvió a manifestarse en el ballotage y en la composición del nuevo Congreso. Varios son las muestras de polarización durante las elecciones y su segunda vuelta. Los resultados del ballotage en donde Lula da Silva gana por poco más de un punto y medio porcentual, la composición de votos por Estados, con un Sur completamente dominado por el bolsonarismo y un Noreste en donde Lula no tuvo competidor, encuestadoras líderes sacando guarismos totalmente imprecisos y que no captaron la capilaridad del bolsonarismo a nivel del electorado, son algunas de ellas. En cuanto a la composición del Congreso, que se renueva el primero de febrero de este año, como muestra la página web del Poder Legislativo (camara.leg.br), el partido de Bolsonaro contará con el apoyo del 37,6 por ciento de la Cámara de los Diputados y del 31 por ciento del Senado. Los varios partidos alineados con Lula, en cambio, tendrán el 28 por ciento y el 20 por ciento de los escaños, respectivamente. Si bien la necesidad de construir alianzas para asegurar la gobernabilidad ha sido una constante en todos los gobiernos brasileños, está en duda si el llamado Presidencialismo de Coalición será suficiente. La presencia del bolsonarismo duro como primera fuerza en la cámara baja constituye una variación significativa en el contexto de una correlación de fuerzas similar a la legislatura surgida en las elecciones de 2018.
El segundo eje es el carácter elusivo de la figura de Bolsonaro. A lo largo del período de transición, el ahora ex presidente se negó a reconocer la derrota, postura que aún mantiene firme. Esto dio pie para que algunos de sus seguidores establecieran campamentos frente a los cuarteles del Ejército, reclamando por un golpe de Estado que impidiera la asunción de Lula y reestableciera a Bolsonaro en el poder. Al mismo tiempo, el viaje de Bolsonaro a Estados Unidos, efectuado dos días antes del traspaso de mando, mostró al mismo tiempo el desprecio personal hacia su sucesor y la continuidad de su rechazo a reconocer a Lula como presidente electo, aunque las especulaciones sobre una huida en previsión de la pérdida de sus fueros continúan tomando cuerpo. En este contexto puede entenderse la conducta ambigua del ahora ex presidente ante la invasión a los Tres Poderes del domingo 8, conducta marcada por una posición entre aquiescente y prescindente. En efecto, las declaraciones en relación a la asonada mantuvieron un mensaje simultáneo de validación y condena, especulando con el desarrollo de los acontecimientos. Este posicionamiento le ha permitido no perder centralidad o referencia dentro de estos grupos radicalizados, aunque no existan por el momento elementos que permitan pensar en una conexión entre el ex presidente y la planificación directa de estos eventos.
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Relacionado con el punto anterior, el tercer eje da cuenta de la existencia de una minoría intensa representada por un sector del bolsonarismo —el sector más radicalizado—, el cual cuenta con capacidad de acción e influencia sobre el ambiente político interno. Este sector ciertamente no representa la totalidad del voto bolsonarista que se expresó en el ballotage de finales de octubre, un voto todavía permeado por posiciones antilulistas y antipetistas pero que acuerda con las reglas del juego democrático. La negación de estas reglas de juego por parte del bolsonarismo radical, y el consecuente no reconocimiento de Lula como presidente, así como sus posturas a favor de opciones autoritarias de gobierno han calado hondo. Esto se refleja en encuestas publicadas posteriormente al asalto a la Explanada, las cuales, si bien marcan un apoyo decisivo a las instituciones democráticas y muestran un respaldo a la figura de Lula y a su capacidad de reencauzar el clima político, también dan cuenta de la fuerza de las ideas enumeradas más arriba. En las encuestas casi un 40 por ciento afirma que Lula no ganó las elecciones, un 37 por ciento justifica en todo o en parte la invasión, casi un 38 por ciento aprueba una eventual intervención militar y un 42 por ciento desliga a Bolsonaro de responsabilidades con respecto a estos hechos. Lo que está en juego aquí es lo más básico del contrato democrático: el reconocimiento de la victoria del PT y, por tanto, el acatamiento a las reglas de juego democrático.
Una de las características más notables de estos grupos radicalizados es su carácter inorgánico. Movilizados vía redes sociales y plataformas de mensajería —prioritariamente Whatsapp y Telegram—, y sin relación con esquemas de coordinación formal, su efecto es aumentar su carácter disruptivo, como se vio posteriormente al ballotage con el corte de carreteras a lo largo de todo el país. Esto no implica ausencia de referentes ni de medios de financiación, puesto que ya el flamante gobierno apunta al propio Bolsonaro como instigador y a sectores del agronegocio como sostenedores económicos de estos grupos. Si a este panorama se le suman algunos elementos tales como su capacidad para armarse, aprovechando las laxas leyes promovidas por Bolsonaro —ya derogadas por Lula—, y la connivencia de efectivos de las fuerzas de seguridad y el Ejército, permeadas por el bolsonarismo duro, se puede hacer una idea del tremendo desafío político que Lula deberá afrontar.
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Luiz Inácio Lula da Silva, acompañado por su esposa Rosangela da Silva y la ministra de Cultura Margareth Menezes, estrecha su mano a Tarciana Medeiros, la nueva presidenta del Banco del Brasil, la primera mujer en asumir ese cargo en la historia.
Foto: Eraldo Peres / AP
En este sentido, la rapidez en algunas medidas previas a la revuelta del domingo (derogación de leyes para la portación de armas, derogación del “presupuesto secreto”) así como otras acciones posteriores, que apuntan a la responsabilidad institucional tras la invasión de los Tres Poderes —por caso, la suspensión judicial del gobernador del Distrito Federal, Ibaneis Rocha, y el procesamiento de su Secretario de Seguridad, Anderson Torres—, muestran dos cosas. Primero, la iniciativa política de Lula en un momento en que cuenta con un amplio apoyo a nivel político tanto interna como externamente, y segunda, la voluntad de dar vuelta la página desde el minuto uno de su gestión, mientras cuente con ese fuerte respaldo político-social.
Si se considera que el riesgo de violencia política permanece latente en un escenario de por sí tenso y polarizado como el brasileño, puede pensarse que Lula no estará dispuesto a ver condicionada su acción de gobierno por el bolsonarismo duro. Este es otro motivo para acelerar este cambio de capítulo político en Brasil, pensando tanto en las emergencias político-sociales como en el esperado despliegue externo, que comenzará a fin de este mes con la visita oficial del flamante presidente a nuestro país. Si el objetivo era apuntalar el sentido de cambio de época con la llegada de Lula al poder, el asalto a los Tres Poderes no ha hecho más que acelerar los tiempos, en el entendimiento de que es la democracia y no otra cosa, lo que está en juego en Brasil.
La nota fue coescrita por:
(*) Gisela Pereyra Doval es doctora en Relaciones Internacionales, investigadora del Conicet, y profesora de Problemática de las Relaciones Internacionales de la FCPolit, UNR (@DovalGisela)
(**) Emilio Ordóñez es investigador en el Centro de Estudios Políticos e Internacionales (CEPI) de Rosario. Analista internacional en el portal Fundamentar.com y columnista radial (@eordon73)