En una breve visita por Rosario, Alan Pauls presentó en la Biblioteca Argentina Fallar otra vez, el libro de ensayos que acaba de publicar con la editorial Gris Tormenta, sobre la corrección literaria: una defensa de los problemas de la escritura, no rendirse ante ellos, sino para sacarles provecho y seguir escribiendo.
Invitado por la fundación Encuentro Itinerante, el pasado jueves, en una concurrida sala de lectura de la Biblioteca el escritor y crítico conversó con la periodista cultural porteña Nancy Giampaolo y quien esto firma sobre su obra dentro del campo literario argentino, los problemas clásicos del oficio de escribir y su nuevo rol como tallerista o docente de escritura. Sin embargo, la charla gravitó sobre una de las discusiones más calientes dentro del campo cultural: la corrección política, la censura y la política cancelatoria como nuevo dogma del progresismo. También se conversó acerca de los efectos poco felices que tienen las agendas del establishment en la producción literaria y, en consecuencia, en los nuevos modos de lectura.
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Pauls, flanqueado por las periodistas Arpesella y Giampaolo.
Reconocido como uno de los escritores argentinos más importantes de la actualidad, Alan Pauls (Buenos Aires, 1959) vive desde 2019 en Berlín, donde dicta talleres literarios. A partir de esta experiencia de clínica literaria, el autor de El pudor del pornógrafo y de la trilogía Historia del llanto, Historia del pelo e Historia del dinero preparó una conferencia para la Casa de América de Madrid, dirigida a jóvenes guionistas. Dicha masterclass se materializó en Fallar otra vez, un breve pero preciso ensayo sobre la "sisífica" (por el mito de SÍsifo), tarea de corregir una vez que se puso el punto final en la etapa de escritura de un texto literario. Allí, dice Pauls, aparece “el síntoma literario”, o la piedra con la que tropezamos una y otra vez, es decir, el temor ineludible al fracaso. ¿Y si hay que hacerlo todo otra vez? En este tratado Pauls propone no desentenderse ni pretender resolver los problemas que acarrea la escritura, sino sacarles provecho, en tanto que siempre ofrecen múltiples posibilidades para seguir escribiendo. Porque, por otra parte, dice, “el error es lo más propio, lo más verdadero que tenemos como escritores; si los resolvemos definitivamente, seríamos otra cosa”. De este modo, la cita de Samuel Beckett que Pauls usa para el título, “fallar otra vez”, significa fallar mejor.
En el marco de la presentación, el narrador también se refirió a los dos modelos de escritura que citó en su libro para ejemplificar la literatura no corregida: Karl Ove Knausgård y César Aira. La diferencia entre ambos, dice Pauls, es que Aira tiene un método, en cambio el noruego es “posliterario”, desentendido de los problemas de uniformidad y estilo.
“El caso de Aira es pertinente como ejemplo en el libro por su famosa fuga hacia adelante, cuando él declara «yo no corrijo». Por otra parte -agrega Pauls- no creo que Aira sea insensible a las críticas de su método, me parece que la obra de Aira funciona con la crítica, o por lo menos con cierta crítica universitaria, y sobre todo, quiero decirlo, rosarina. César Aira es un invento rosarino, de ustedes”, señaló el ganador del premio Herralde.
Escribir temblando
En otro orden de cosas, Pauls también hizo mención a la influencia de las agendas progresistas del establishment, como el mercado editorial, la crítica y las universidades, en la producción literaria actual. “Las editoriales esperan que tu proyecto literario contenga algún acontecimiento biográfico. Entonces la literatura pierde peso, no importa el objeto sino la relación del objeto con algo personal y, sobre todo, con la agenda, que además se pretende progresista”.
De esta manera, el autor de El factor Borges retomó su participación en el libro La literatura frente al Estado y el mercado, que reúne las entrevistas que Giampaolo les hizo a él, a Martín Kohan, a Ana María Shua y Ariana Harwicz en el canal de Youtube de la plataforma cultural Encuentro Itinerante, en 2020. Este libro, que fue producido y editado de manera conjunta entre los sellos locales Casagrande y Último Recurso, tiene como eje argumental la corrección política y su resonancia en la producción artística y cultural.
“Hay un boom total de la escritura del yo, en el ochenta por ciento de los casos que yo trabajo con alumnos del taller, siempre hay alguien que quiere decir «yo», que quiere contar alguna experiencia propia, y a la vez surge siempre un personaje que representa a una minoría, entonces ahí aparecen los temblores: las personas escriben temblando pero no de goce, o de placer, sino de paranoia. ¿Estaré siendo justo en la representación de este personaje? ¿No estaré embelleciendo esta escena donde un personaje maltrata a otro? Hay un escrúpulo que es el problema del fascismo progresista, y es que sos vos tu policía, y a mí me parece espeluznante. ¡Si lo que escribís en el papel no necesariamente es lo que vos pensás! Hay que volver a enseñar la distinción básica de la teoría literaria, que consiste en que el sujeto del enunciado no es el sujeto de la enunciación, porque el estado de cosas social, te diría a nivel planetario, liquidó esa distinción y hay que volver a enseñarla de cero”.
Y agregó: “No soy pesimista ni creo que se haya acabado nada, pero me preocupa ese temblor que veo en gente joven que quiere escribir y que no sabe cómo poner su escritura a la altura de la exigencia de este nuevo dogma político que nos compromete en términos personales y no artísticos”.
En este sentido, el autor de El pasado razonó que “la hipertrofia del yo como eje de cualquier discusión, creación, arte o acontecimiento complica mucho las cosas, o en el peor de los casos es solidaria del imaginario, un poco ridículo, donde todo es fuente de temor. La imposición de un régimen de temor es algo que ni el más choto pensamiento progresista hubiera admitido jamás”.
Una vez planteado el conflicto con los nuevos consensos del pensamiento progresista, Pauls redobló la apuesta: “Ser progresista es un poco eso, estar en disidencia con tu propio progresismo. En ese sentido sería lo mejor del progresismo. sobre todo cuando ese progresismo puede convertirse en una nueva doxa, que produce inhibición, o en una política cancelatoria. Ese es el giro complejo y terrorífico del progresismo actual. ¿Qué pasa cuando las causas nobles y justas empiezan a funcionar como doxas o sentidos comunes que intervienen de una manera fascista en el mundo de lo decible y lo pensable? De eso hay que hacerse cargo, porque hay algo que está funcionando mal”, advirtió.
“No tenes que renegar de la categoría comunista o dejar de ser comunista porque Stalin mató a treinta millones de personas, hay que disputar el comunismo con los estalinistas, como ocurre en la larga historia de la izquierda. Dar la disputa de ideas, en términos políticos concretos y teóricos; no se trata de decir ahora «ya no soy más progresista, ahora soy anarquista de derecha», como Houellebecq; si sos progresista y ves que ese campo en el que te reconocés empieza a producir discursos, efectos y valores que no te gustan, entonces esa es la pelea que hay que dar, sin dejarles el progresismo a los que bajan cuadros de museos o a los editores que les retiran contratos a escritoras, me parece que es muy torpe, porque además no hay otro campo ¿adónde vamos a ir a parar? El progresismo es un campo de batalla, no es para retirarse”.