Política

"La política macrista puede llevar a la disolución de la identidad nacional"

Horacio González nació en 1944. Sociólogo, docente, ensayista. Profesor universitario. Doctor honoris causa otorgado por la Universidad Nacional de La Plata. Escribió numerosos libros. Integrante de Carta Abierta.

Domingo 28 de Octubre de 2018

Horacio González camina lento, habla pausado y hace, antes de cada definición, un ejercicio de tesis-antítesis-síntesis. Se reconoce como parte de la masa crítica intelectual del kirchnerismo que gobernó el país, pero no quiere que lo reduzcan a eso. Y no es sólo eso.

Coincide con el entrevistador en que ha vuelto a la superficie un archipiélago antiperonista bastante profuso. "Ese sonido que parecía distante ha resonado con más insistencia en estos últimos años. Es la comodidad que tienen sectores del macrismo y, viejos sectores del antiperonismo, representado por personas mayores", mensura el filósofo, en una serena y apacible entrevista con La Capital.

—¿Cómo definiría lo que está ocurriendo en el país?

—Una crisis de orden gravísimo. Económica, política, moral. Esta situación abismal en la que está el país debería llevar a que se reúnan esfuerzos compartidos para establecer perspectivas comunes. Esto tampoco sucede. Por el contrario, hay una discusión que obligará a optar por posiciones específicas que se dirimirán en un juego electoral complejo.

—Una primera opinión dice: "Deberían unirse todos para competir contra el gobierno". Eso es una falacia. Es naif.

—Exige un refinamiento en la acción de un archipiélago que es muy amplio en la oposición. La fuerza más notoria en la oposición es el kirchnerismo, por medio de Cristina. Frente a esto, el gobierno retoma la crítica a través de la "herencia recibida". Eso lleva a la cuestión del peronismo, a la unidad del peronismo, pero eso lleva a hacer gesto de anulación de las propias aspiraciones en pos de un bien mayor. Esto no ocurre, y hay una lucha desatada.

—Hay una idea que flota en el peronismo federal, y que alude a que Cristina sería funcional a una victoria de Macri porque su imagen negativa es altísima. Pichetto es la voz cantante de esto.

—Es un tipo de análisis equivocado. La idea de que cada uno le hace juego al otro es muy simplificadora en la política. Es precario. La de Pichetto es una voz unipersonal, es un personaje que tiene cierta vocación intelectual, es un personaje instruido en las armas oratorias de la derecha nacionalista. Pichetto es clave en la reconstrucción de una derecha orgánica.

—¿Registra usted que hay en la sociedad un componente alto de antiperonismo? El antiperonismo tiene hoy una referencia en el gobierno. Y ese núcleo duro del macrismo le banca al presidente todos los errores, aun los más brutales.

—Ese sonido que parecía distante ha resonado con más insistencia en estos últimos años. Es la comodidad que tienen sectores del macrismo y, viejos sectores del antiperonismo, representado por personas mayores, que tienen un juicio muy duro sobre las clases populares.

—Lo que parece mantenerse en el tiempo es el término de "la grieta". Ahora intenta ser entre la mala economía del gobierno y la corrupción del kirchnerismo. ¿Esto está fogoneado por el macrismo?

—La expresión "grieta" anuncia su incapacidad de ser resuelta, un crujido definitivo. Sale de la televisión, que inventa conceptos que tienen vivacidad teatral "Cripta", "grieta", tienen sonoridad. Ese término envía todo lo que se dice a una culpabilidad profunda, que tiene que ver con excavaciones con grúas en terrenos desolados, bóvedas en la casa de Cristina, el mausoleo de Néstor Kirchner. Supone algo parecido al predominio del mal. Hay una minúscula teología, pero teología al fin, en la palabra "grieta". Es totalmente aceptable entonces que en términos electorales la realidad se pronuncie en torno a la crítica económica del gobierno, por un lado, y a la estructura moral por otro. El sector kirchnerista debe estar preparado para responder las acusaciones de corrupción y obliga al macrismo a estar preparado para discutir una economía tan restrictiva.

—¿Se puede filtrar algo nuevo o las cartas están echadas?

—Un futuro gobierno no macrista, de fuerzas frentistas, tiene la obligación de hacer las mejores críticas y decir qué hará. Tendrá que mostrar novedades, demostrar que no está en el ciclo del eterno retorno. En el supuesto caso de que sea Cristina la que encabece ese frente no deberá repetir algunas experiencias y, al mismo tiempo, tomar del pasado lo mejor que se ofrezca. Eso incluye la modificación de la lengua política en la Argentina, que es una lengua preparada para la injuria y la demolición de las personas. Además de la crítica al sistema macrista de la economía, debe haber otra al sistema judicial. La delación premiada y la prisión preventiva no pueden ser elementos permanentes de la Justicia.

—¿Le hace falta una autocrítica a Cristina y al kirchnerismo?

—Ahí sí no habría problemas. Que se pongan a juicio los casos con pruebas suficientes. Un movimiento popular no puede cargar con una ausencia de explicación a esas graves acusaciones.

—El kirchnerismo tuvo un relato, que fue exitoso. ¿El macrismo también?

—Se usó la palabra "relato" durante el kirchnerismo para decir que no había hechos, sino cadenas nacionales, carteras de Louis Vuitton, liberación nacional como superchería, emancipación como invento de dos hoteleros trasnochados. Ahora hay preparación de la oratoria, escuela del político que es diseñado en una especie de shopping center, como por ejemplo con los focus group. Una especie de estetoscopio semiológico, para saber qué opina la gente para hacer más cómoda la política. De esa comodidad vivió el macrismo, le sirvió para hacer una gran fábula, por ejemplo el "vamos juntos". ¿Qué "vamos juntos"? Van junto a los más grandes monopolios de la comunicación. El macrismo nos hace añorar cuestiones más complejas.

—Como aquella consigna de los 80: "Basta de realidad, queremos promesas".

—(Risas). Macri bailó como un arlequín dislocado en el balcón de la Casa Rosada, intentando cortar con la oratoria grave y solemne. Cortaba con el balcón y la plaza. Puso al perro en el sillón presidencial. Había que utilizar la Casa Rosada como un gran salón de sahumerios, para exorcizar a los gobiernos anteriores. Macri intentó desacralizar con sus humoradas, su pretendido estilo canchero, sobrador, haciendo chistes pesados como el estudiante de la secundaria en el recreo. Utilizó esa jarana estudiantil en momentos cumbre de su vida política. Ya no cae tan bien en ningún lugar del mundo. La vida en el planeta y los problemas mundiales no se pueden tratar con el estilo Macri, con el estilo de Durán Barba. Le hacen aconsejar al príncipe que no hable más de cinco minutos seguidos, porque las personas a los dos minutos dejan de escuchar. Si eso fuera cierto, sería la muerte de las naciones. La política macrista, tan asociada a la escatología política, puede llevar a la disolución de la identidad nacional. Hay que hacer un frente entre una parte importante del peronismo que sepa pensarse a sí mismo como una fuerza democrática. Fuerzas como el socialismo santafesino, que tiene que repensar los modos y asociarse a los momentos más lucidos de su nacimiento, que lo diferencia del actual trato político con el gobierno nacional, tan condescendiente y tan parecido. La palabra socialismo es una carga moral, ética y política. Tiene un riesgo seguir usándola sin sus contenidos históricos. Lo mismo que la palabra peronismo.

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