Fernández

Cristina pasa la gorra y se lleva los cargos

La vicepresidenta volvió a tener una centralidad inimaginable en aquellos días en que se convirtió en calabaza, bordeando el 10 de diciembre de 2015.

Miércoles 20 de Mayo de 2020

Cristina Kirchner volvió a tener una centralidad inimaginable en aquellos días en que se convirtió en calabaza, bordeando el 10 de diciembre de 2015.

Hoy, la ex presidenta dispone de los lugares más poderosos del gabinete y de las cajas más profusas. Se revelarán en esta columna las percepciones que existen en el macroclima del peronismo, ese vasto espacio que mira cómo progresa la relación de Alberto Fernández con su vicepresidenta.

Dicen los que están cerca de ambos, que Cristina le preguntó a Fernández cúando pensaba poner en órbita a los representantes del macrismo que aún pertenecen en la grilla del Estado. “Hay ex funcionarios nuestros que fueron designados por un ministro actual como directores nacionales, cargo sin importancia, y les piden la renuncia. Es como lo que sucedió en Ansés y Desarrollo social de la provincia de Buenos aires. El kirchnerismo está en una fase avasallante y Alberto parece no querer o no poder pararlos”, confió ayer a este diario una fuente calificadísima.

En el peronismo triunfante el método fue tan importante como el cálculo. La campaña tuvo en Fernández a la figura central de un círculo en el que todos acompañaban. Pero no hay que ser hipócritas a la hora del análisis de ese episodio: sin Cristina en la fórmula, las chances del hoy jefe del Estado no hubieran superado a las de un Florencio Randazzo conjetural. En estos momentos, Cristina pasa la gorra y se la lleva henchida. Consigue lo que pide.

Fernández les dice a los periodistas porteños a los que convoca a conversar en off que él no quiere la construcción del albertismo como una manera de sumar músculo para competir alguna vez con el kirchnerismo y saldar los liderazgos. Como Cristina lo hizo con Chiche Duhalde, allá lejos y hace tiempos.

Un buen intérprete de Fernández asegura que los que plantean que el presidente quiere construir albertismo y poder interno se equivocan. “Es como que le digan a un hombre sedentario, de 120 kilos, que tiene que correr una maratón dentro de dos semanas y no lo ve entrenar. El interlocutor le va a decir que nunca estuvo en sus planes correr maratones. Eso pasa con Alberto y el albertismo”, dice la voz que conoce al presidente como la palma de su mano.

Fernández se siente a gusto flotando en los matices. Reivindicando a Máximo Kirchner, pagando sueldos de trabajadores a empresarios consolidados, invitando a compartir el té a Horacio Rodríguez Larreta y hablando de vez en cuando con los gobernadores. Mal no le ha ido con ese estilo.

Antes de conocerse la candidatura de Fernández, el propio protagonista decía que con Cristina sola no alcanzaba para ganar, pero sin Cristina no había chances de llegar al poder. Hoy, el esquema teórico no es muy difícil, aunque el jefe del Estado tenga porcentajes de imagen positiva rayanos con el 70%.

En un punto, a Fernández le es necesario tener a los gobernadores de su lado para equiparar las estructuras políticas y de gestión que ha colonizado Cristina en el equipo de gobierno. La relación, hoy, con los mandatarios es fría, tal vez porque no hay focos de crisis en los distritos peronistas.

“Puede que el presidente esté un poco desilusionado con algunos gobernadores, o que algunos gobernadores estén muy disconformes con el estilo porteñocéntrico. Pero esto es por plata. A Santa Fe, por ejemplo, llegó algún dinero hace un tiempo, pero la canilla no gotea”, dijo una fuente de la Casa Gris.

Queda claro hasta aquí que Fernández es más un administrador de tensiones que un líder de masas. Pero la política es dinámica y, al fin, es la lucha por el poder.

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