Policiales

Un chico no irá preso pero exigen que termine la primaria y consiga empleo

Le probaron tres delitos. Pero se valoró que el encierro, lejos de cambiar su accionar, lo reforzaría. La jueza requiere que se rehabilite de su adicción y tenga trabajo pago. Recibió tres años en suspenso.

Martes 05 de Mayo de 2009

Adrián R. tiene 19 años y desde la pubertad su vida fue marcada por infortunios. A los 14 años ingresó en el campo del delito. Las adicciones lo llevaron a pasar por varios institutos de rehabilitación y, al parecer, los tratamientos no lograron alejarlo del flagelo de la droga.

Ahora, una jueza de Menores de Rosario lo condenó a tres años de prisión de ejecución condicional por hurto y robo calificado. El muchacho no irá a la cárcel: la magistrada valoró que el encierro no puede contribuir a modificar conductas incorporadas en su historia de vida. Incluso en prisión, estima la jueza, reforzaría esos comportamientos, que para él equivalen a mecanismos de supervivencia.

En el fallo, la jueza de Menores Nº2 Gabriela Sansó también le impuso a Adrián algunas pautas de conducta: no consumir estupefacientes, terminar la escuela primaria y obtener un trabajo remunerado. La magistrada dispuso que las autoridades de la Dirección de Control y Asistencia Pospenitenciaria supervisen la "implementación" de estas condiciones. Lo que no deja claro el fallo es cómo el muchacho se las arreglará para acceder a un trabajo o a una instancia clínica que lo rehabilite. Si eso quedara librado a él mismo o a su familia, el camino de la recuperación se presupone empinado: fue desde su entorno donde se originó el ciclo de conductas que lo llevaron a caer preso una y otra vez.

Conductas irritantes. Adrián fue imputado por tres ilícitos, en los que se probó su autoría. No eran delitos graves pero sí del tipo que provocan gran irritación pública. El 30 de agosto de 2006, cuando tenía 16 años, ingresó en dos viviendas vacías escalando tapiales y robó objetos. El 20 de febrero del año siguiente forzó el ventilete de un auto estacionado, se apoderó de una billetera y para evitar ser detenido amenazó con un cuchillo a un custodio privado. Cinco meses después, destrozó con un adoquín la luneta trasera de un auto y allí fue apresado.

A partir de los 16 años —los menores son punibles desde esa edad—, comenzó un tratamiento tutelar, que la jueza Sansó consideró como "negativo" en cuanto a sus resultados, ya que el muchacho no expresó una "voluntad de cambio".

Según el informe de los profesionales que lo atendieron, su paso por los institutos de menores estuvo marcado por conflictos "graves". "Manipuló a sus compañeros para que tuvieran actitudes negativas y puso en riesgo su vida y la de otras personas", explicaron.

El tratamiento. En principio, se intentó concretar el seguimiento dentro de su grupo familiar ya que la madre siempre se mostró preocupada por la situación de su hijo. Ante la imposibilidad de contenerlo, fue alojado en el Instituto de Rehabilitación del Adolescente Rosario (Irar). En septiembre del 2007, salió de ese centro a raíz de que se infligió una herida cortante. Fue atendido en el hospital Provincial y allí lo detuvieron bajo la acusación de haber intentado robarle la moto al cocinero del nosocomio.

En febrero del 2006 estuvo internado en el Centro de Alojamiento Transitorio (CAT) y pidió ser alojado en un hogar granja. En ese momento, el padre vivía y trabajaba en Irlanda. Entonces, desde el tribunal se sugirió que participara en el programa de libertad asistida, pero no se pudo concretar porque resultó herido en un hecho no aclarado.

En abril del 2006 —ya tenía 16 años—, las autoridades judiciales aconsejaron que ingresara a un instituto de rehabilitación toxicológica. Un mes después fue derivado a la granja abierta de General Lagos, pero se escapó cinco horas después de su arribo. Veinticinco días después, ingresó nuevamente en el CAT.

Atrapado sin salida. En julio de ese año, fue detenido y regresó al Irar. Dos meses después un equipo de orientación y diagnóstico explicó que el adolescente "se vanagloriaba de sus conductas violentas, sin valorar los riesgos a los que se exponía, ni medir las consecuencias de sus actos". En el informe se reiteró la necesidad de internación en un instituto de alta contención.

En agosto del 2007, el muchacho intentó quitarse la vida en el Irar. Cuatro meses después se anudó una sábana en el cuello. En el comienzo del 2008, regresó a la casa de su madre, pero el 1º de marzo fue apresado por un intento de robo y volvió al Irar, donde reiteró una tentativa suicida.

El 14 de noviembre, el psicólogo Fabián Murzyla, jefe del Irar, sostuvo que la permanencia de Adrián allí era "insostenible" ya que sus conductas "ponían en riesgo" a sus compañeros y a los agentes penitenciarios.

En ese mes, fue trasladado al pabellón juvenil de la cárcel de Rosario. Ya había cumplido los 18 años. Finalmente, en un informe del 20 de febrero pasado, la psicóloga del presidio senaló que el muchacho había logrado una "buena convivencia" con los otros reclusos y aceptado las tareas que le asignaron.

En el marco del proceso penal, la fiscal solicitó una pena de cuatro años de prisión —de cumplimiento efectivo— mientras que la defensa de Romero y la asesora de Menores pidieron la absolución ya que el encierro no contribuiría a su recuperación. Finalmente, la jueza Sansó decidió condenarlo a tres de prisión de ejecución condicional.

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