Afirmado en un color de voz vital, en la que surgen cada tanto brotes de un
humor centelleante, Mariano Vaccaro intenta mantenerse en movimiento. La fibra que necesita para
imaginar el futuro, lo dirá varias veces, depende de la energía de su mente. Porque de la cabeza
para abajo, desde hace cinco meses, su cuerpo está muerto. Acompañando a su novia, que atendía a un
cliente en una panadería de Vera Mujica al 3800, sintió un chispazo en el cuello que lo derribó,
como si las conexiones de su organismo se hubieran cortado repentinamente.
El frente de la panadería había sido acribillado con 16 disparos de calibre 9
milímetros. Una de esas balas se incrustó entre la quinta y sexta vértebra cervical de Mariano
lesionando la médula espinal. Sin perder la lucidez ni por un instante procuró incorporarse, pero
ni las piernas ni los brazos le respondieron. Como hasta ahora.
Desde el 13 de noviembre del año pasado Mariano, de 27 años, tiene dos
expectativas. "Una es recuperar mi vida. Otra es que la Justicia me explique qué pasó, me cuente
qué están haciendo, me diga algo. Siento que el tema quedó ahí. Y yo quedé acá".
"Acá" es una cama de un instituto de rehabilitación de Paraguay al 2000, donde
vive ahora, bajo necesario cuidado las 24 horas. El sumario del atentado contra la panadería de su
suegra se hizo en la seccional 18ª y la pesquisa se tramita en el juzgado de Instrucción Nº 2, de
Alejandra Rodenas. La causa está en movimiento pero los autores no fueron identificados y sus
motivos formalmente se desconocen.
Unica hipótesis. La única explicación esbozada de lo ocurrido provino de un
abogado de la agrupación que, un mes después del atentado, se impondría en las elecciones de
Newell's Old Boys. Ese abogado dijo públicamente que había sido una brutal represalia contra un
hijo de la dueña de la panadería, que estaba conectado al nucleamiento que enfrentó a Eduardo J.
López. Y que Mariano fue destinatario de un ataque concebido contra otro.
Unico hijo de una familia de Villa Gobernador Gálvez, Mariano trabajaba en el
bar Avanti, de San Martín y Juan Canals. Había conocido en 2004 a Brenda Ochoa, su novia, y
convivía con ella desde un año antes del infortunado día. Ella, que ahora divide su tiempo entre el
trabajo en la panadería y el instituto donde acompaña a su pareja, es hermana de Diego Ochoa,
conocido como el panadero, un seguidor de Newell’s públicamente enfrentado con Roberto Pimpi
Camino, el ex jefe barrabrava del club ahora prófugo por los desmanes del 26 de enero, tras la
derrota de López.
"Yo no tengo noción si lo que me pasó tiene que ver con eso", dice Mariano.
"Pero otra explicación tampoco tengo".
Tomar conciencia. Desde que escuchó a sus vértebras crujiendo como una madera
rota y reconoció que no gobernaba su cuerpo, asegura, entendió cabalmente lo qué le había pasado.
Cuestión de un segundo a partir del cual, lo explica él mismo, fue forzado a penetrar en un mundo
nuevo que describe con elocuencia. "Del cuello para abajo no tengo sensaciones. Dependo de otros
para darme vuelta en la cama o ir al baño, para comer o acomodarme los anteojos, para vestirme o
cambiar de canal en el control remoto".
"Creo que la Justicia o la policía tienen que decir por qué lo hicieron, por qué
tiraron, quién fue. Duele quedar en el olvido, pero más me lastima ver lo que mis padres sienten y
no me dicen, que el único hijo que tienen está postrado, o mi novia, que me acompaña todos los
días. Ya declaré que no tengo que ver con ninguna barra brava, nunca le presté atención al fútbol,
ni siquiera soy hincha de un equipo. ¿Ya está entonces? ¿Tengo yo que decir qué pasó?"
Fue el abogado Ariel Moresco, dirigente del Mole, quien públicamente dijo que
Mariano fue una víctima inesperada de delincuentes que buscaban, en realidad, a su cuñado, el
panadero Diego Ochoa, que estaba vinculado a la agrupación opositora a Eduardo López. Ochoa se
insinuaba como sucesor del Pimpi Camino al comando de la barra rojinegra. Varias fuentes policiales
dijeron por esos días extraoficialmente a LaCapital que los dos motociclistas que rociaron a tiros
la panadería de los Ochoa eran emisarios de Pimpi. Aunque no hay ninguna prueba de eso, es la única
línea explicativa emergente tras el atentado.
Los impunes del pasado. En el paisaje de la habitación, de los comentarios de
Mariano aflora una espontánea hilaridad. Ocurre por ejemplo cuando, con media sonrisa, despacha:
"En resumen, como leí hace poco, mi situación no se la recomendaría a nadie". Pero después se queda
serio. "Me parece que lo que me pasó es porque no se frenó antes a gente que hizo barbaridades
impunemente durante mucho tiempo".
Y si bien no está acreditado que el presente de Mariano provenga de la violencia
desplegada durante años en Newell’s, es cierto que durante quince años ninguno de los
cruentos delitos propiciados o cometidos por allegados a ese club fueron aclarados. Nunca se
estableció quién mató en barrio Las Flores, el 16 de junio de 2004, a Nazaret Melgarejo, cuando
balearon el frente del almacén del antiguo barrabrava Oscar Cacho Lucero, un antecesor de Pimpi,
caso que parece simétrico al de Mariano. Ni quién asesinó a Gonzalo Ferraro en el banderazo del 17
de febrero de 2005, ni quién estuvo tras el crimen de Marcelo Martín Coria en el Fonavi de Alice y
Lamadrid, ni quiénes protagonizaron las numerosas disputas a tiros en cualquier lugar del centro
que implicaban a notorios de la barra leprosa.
"Le rezo a Dios todos los días para que me dé alguna movilidad. No sólo se
transformó mi vida, sino la de toda mi familia que ahora tiene que cuidarme. Necesito que venga
alguien a decirme por qué estamos todos acá. Solamente estoy bien de la cabeza", dice Mariano.
Piensa un instante y aclara que no sabe si eso último es su fortuna o su desgracia. Con bravura,
acaso para perforar el silencio que acaba de instalar, comenta que su pesimismo dura cinco minutos.
Luego, dice, su cabeza se propone estar bien.