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El día que Piamonte descubrió el lado oscuro de un vecino amistoso

Impresiones de José Luis Baroni, asesino de la maestra, en el pueblo donde vivió desde 2004 . El confeso autor del crimen de Alejandra Cugno vivió y trabajó cinco años con buena consideración. Tras la revelación aún predomina la sorpresa. Su mujer afronta allí ser sostén de cinco hijos pequeños.

Viernes 17 de Julio de 2009

En las calles del pueblo aún vibra su costumbre de saludar a gritos al cruzar a un conocido, sus paseos con la familia los domingos al atardecer, el desaliño de sus ropas descoloridas por el uso, el pelo sin brillo encasquetado sobre la cara cuadrada y sus pómulos muy rojos.

"Chau, Puma, chau", le devolvían a ese gringo petiso y charlatán que se atraía el cariño a fuerza de gauchadas, que a las mujeres mayores les decía "doñita" y que aunque andaba más seco que trapo de estopa por sus gentilezas nunca esperaba nada.

En Piamonte asimilan en silencio cómo lo sobrenatural puede esconderse en el lado más visible de la existencia más común. En esta localidad de colonos soleada y hermosa, a 180 kilómetros de Rosario, el golpe de lo inexplicable ha dejado señas de estupor y un poco de vergüenza. No sobran ganas de hablar y menos con un extraño. Pero en un pueblo las cosas siempre terminan por saberse.

Plantar bandera. José Luis Baroni apareció por Piamonte con su mujer y cuatro de sus cinco hijos a mitad de 2004. Había conseguido trabajo en el tambo de Ricardo Giordano, a ocho kilómetros del pueblo, y se fue a vivir a un galpón en la estación vieja de trenes que está deshabitada. Tras un intervalo forzado por el conchabo en otros dos tambos —uno en Calchín, Córdoba, otro en Castelar, Santa Fe— retornó a Piamonte, corrido por una inundación, ya para quedarse.

Toda su vida se había dedicado al trabajo rural golondrina. Había nacido en María Juana aunque se mudó con su familia a Devoto, en Córdoba, donde tuvo una niñez difícil criado por su madre y sus tíos maternos. Hace quince años se fue de allí y se dio a la vida andariega alternando un circuito de pueblos de la colonia interprovincial. En 2007, cuando volvió a Piamonte, su mujer había tenido otra hija. Les prestaron una casita de ladrillo desconchado a ocho cuadras de la plaza, donde empieza el campo abierto hacia el oeste, y allí se pusieron a vivir.

Nadie lo conoce como Colorado. En Piamonte todos le dicen el Puma, como se presentaba a sí mismo. El Puma pintó la casa por afuera, tendió una cerca y acomodó en un galponcito las pocas herramientas que usaba para reparar motos y bicicletas. Si era en el campo, tomaba el empleo que surgiera. Fue peón de tambo, alambrador, manejó un camión fumigador, trabajó en un feed-lot engordando hacienda, en albañilería y en mecánica ligera de motores.

Y trabajando fue conociendo a la gente del luminoso poblado de cuatro mil habitantes que le dio cobijo. Los que hablan con desconfianza se sueltan cuando lo pintan como un vecino conversador, amistoso, que no tomaba alcohol ni fumaba y que vivía viajando a dedo. Si cruzaba con su moto a cualquiera con la camioneta rota, dicen, no seguía su camino hasta arreglarla. Reparaba las bicicletas si veía que necesitaban ajuste. "No te abandonaba, aunque no tenía una moneda en el bolsillo, nunca iba a pedir nada", contó uno de sus anónimos vecinos.

Lengua larga. Se le conocían mañas de otro tipo también. Fabulador incansable, era capaz de atribuirse historias increíbles sin que le temblara un párpado. Tenía una atracción irresistible por los celulares y los ajenos solían quedárseles pegados. Dicen que era un rastrillo para levantarlos. En el pueblo es imborrable el palizón que le dio el Grandote González por un contratiempo de esos. Por su debilidad por los teléfonos terminaría pagando un alto costo. En la pesquisa por el crimen de la directora escolar el chip de su aparato, precisamente, delató su posición cuando escapaba.

Y al escapar iba de San Justo a Malabrigo, en el norte de la provincia. De allí es su mujer Graciela, que ahora está sola en la casa de Balcarce 836 con sus cinco hijos: tres nenas y dos varones. La mayor tiene 12 años y la menor 4. Todos van a la escuela pública.

En la timidez ancestral del rostro aindiado de Graciela ahora asoma otro pudor. Su cuerpo envejecido de 41 años va afrontando el golpe que la llevará a encarar la vida sola con cinco hijos pequeños. Conoció a Baroni en 1994, en un baile de carnaval en Colonia Aldao, pueblito del departamento Castellanos al que llegó siguiendo a su hermana Rosa desde Malabrigo. En el baile José Luis fue muy gentil y enseguida empezaron a ser novios. Sus hermanas y sus cuñados, peones tamberos muy formales, exigieron conocer al candidato al año de iniciado el asunto. Con la venia de ellos se fueron a vivir juntos, en 1996. Ese año nació la hija mayor.

Detrás de la cerca que el Puma pintó de amarillo está Graciela, frente a unos tambores que debe acarrear desde la casa de enfrente porque en la suya no hay agua corriente. Trabaja como doméstica en un geriátrico del pueblo donde la describen como una persona silenciosa y muy sana. Tal vez porque no tiene herramientas para atajar todo lo que le pasa conserva una mínima sonrisa. Cuenta que su marido nunca fue violento con ella, mucho menos con sus hijos, que es muy bromista y afectuoso. "El siempre ha sido bueno en las casas. No tengo queja. Ahora no sé qué le pasó", murmura.

¿Qué le espera a Graciela? "Voy a tener que reponerme y seguir nomás por los chicos". A la hora de los noticieros evita poner la tele. Dice que a los hijos no les asombró la ausencia del padre aún porque él suele estar afuera por largas semanas. Pero los ojos de la nena mayor, filosos como los de un cóndor, captan todo lo que hay de anormal en el momento. En esa mirada no hay condescendencia.

En el pueblo se oyen cosas que no están en la causa judicial. Nadie quiere tener que ver nada con la policía, pero los nombres de los que vieron al Puma Baroni en la ruta el lunes que empezó el drama de la maestra circulan, también los relatos que le atribuyen haber dicho que esperaba a una maestra. Aunque sea difuso el punto en que la verdad limita con la mentira.

En la sede social del club, en la estación Shell, en la panadería La Moderna, donde se juntan los vecinos, el azoramiento tardará en despejarse. Ser noticia por esto es una fuente de disgusto y molestia. El domingo pasado, a 36 horas de la detención del Puma, los hinchas del Club Atlético Piamonte tuvieron que aguantarse burlas de los de El Expreso de El Trébol. “Asesinos, asesinos”, les gritaban. Picardías que algunos se tomaron con amargura.

En Piamonte campea una sensación dual. Porque hay escozor por lo que confesó Baroni y, a la vez, un dejo de compasión por él, como si la coincidencia entre la persona que conocieron y el asesino fuera una amalgama imposible.

Con quince años de distancia, José Luis Baroni está acusado de dos casos muy parecidos. En los dos hubo un intento de ataque sexual. El primero, en Devoto, relatado por una remisera que asegura que fingiendo estar muerta escapó de la muerte. El segundo, hace dos semanas, cuando Alejandra Cugno fue encontrada sin vida en un pozo de agua, a cuatro metros de profundidad.

En el cuento “El Otro” Borges dice que lo sobrenatural, si ocurre dos veces, deja de ser aterrador. A los 41 años, Baroni parece venir a refutarlo con otra endemoniada reiteración. Terminado el interrogatorio, cuando ya había admitido su culpa ante los investigadores de la Unidad Regional XVIII la semana pasada, el Puma se quedó charlando con uno de los policías. Le confesó que de adulto lo sigue persiguiendo el terror al castigo que de chico le imponía uno de sus tíos cuando hacía travesuras. En esas ocasiones, contó, lo colocaban sobre un balde, lo ataban con una soga y lo suspendían largos ratos en la oscuridad profunda del pozo de agua en el medio del campo.

Como sea, el Puma Baroni está de nuevo solo. En el fondo del pozo.

Vidente

El jefe de policía de la provinica, Juan Luis Hek, sostuvo que “un allegado al novio de Alejandra Cugno se ofreció como vidente para colaborar en la búsqueda” pero aseguró que “si bien brindó algún dato, la información no ayudó para nada ya que la encontramos a más de 70 kilómetros de donde él indicó y si seguíamos sus pistas todavía la estaríamos buscando”.

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