En las calles del pueblo aún vibra su costumbre de saludar a gritos al cruzar a
un conocido, sus paseos con la familia los domingos al atardecer, el desaliño de sus ropas
descoloridas por el uso, el pelo sin brillo encasquetado sobre la cara cuadrada y sus pómulos muy
rojos.
"Chau, Puma, chau", le devolvían a ese gringo petiso y charlatán que se atraía
el cariño a fuerza de gauchadas, que a las mujeres mayores les decía "doñita" y que aunque andaba
más seco que trapo de estopa por sus gentilezas nunca esperaba nada.
En Piamonte asimilan en silencio cómo lo sobrenatural puede esconderse en el
lado más visible de la existencia más común. En esta localidad de colonos soleada y hermosa, a 180
kilómetros de Rosario, el golpe de lo inexplicable ha dejado señas de estupor y un poco de
vergüenza. No sobran ganas de hablar y menos con un extraño. Pero en un pueblo las cosas siempre
terminan por saberse.
Plantar bandera. José Luis Baroni apareció por Piamonte con su mujer y cuatro de
sus cinco hijos a mitad de 2004. Había conseguido trabajo en el tambo de Ricardo Giordano, a ocho
kilómetros del pueblo, y se fue a vivir a un galpón en la estación vieja de trenes que está
deshabitada. Tras un intervalo forzado por el conchabo en otros dos tambos —uno en Calchín,
Córdoba, otro en Castelar, Santa Fe— retornó a Piamonte, corrido por una inundación, ya para
quedarse.
Toda su vida se había dedicado al trabajo rural golondrina. Había nacido en
María Juana aunque se mudó con su familia a Devoto, en Córdoba, donde tuvo una niñez difícil criado
por su madre y sus tíos maternos. Hace quince años se fue de allí y se dio a la vida andariega
alternando un circuito de pueblos de la colonia interprovincial. En 2007, cuando volvió a Piamonte,
su mujer había tenido otra hija. Les prestaron una casita de ladrillo desconchado a ocho cuadras de
la plaza, donde empieza el campo abierto hacia el oeste, y allí se pusieron a vivir.
Nadie lo conoce como Colorado. En Piamonte todos le dicen el Puma, como se
presentaba a sí mismo. El Puma pintó la casa por afuera, tendió una cerca y acomodó en un
galponcito las pocas herramientas que usaba para reparar motos y bicicletas. Si era en el campo,
tomaba el empleo que surgiera. Fue peón de tambo, alambrador, manejó un camión fumigador, trabajó
en un feed-lot engordando hacienda, en albañilería y en mecánica ligera de motores.
Y trabajando fue conociendo a la gente del luminoso poblado de cuatro mil
habitantes que le dio cobijo. Los que hablan con desconfianza se sueltan cuando lo pintan como un
vecino conversador, amistoso, que no tomaba alcohol ni fumaba y que vivía viajando a dedo. Si
cruzaba con su moto a cualquiera con la camioneta rota, dicen, no seguía su camino hasta
arreglarla. Reparaba las bicicletas si veía que necesitaban ajuste. "No te abandonaba, aunque no
tenía una moneda en el bolsillo, nunca iba a pedir nada", contó uno de sus anónimos vecinos.
Lengua larga. Se le conocían mañas de otro tipo también. Fabulador incansable,
era capaz de atribuirse historias increíbles sin que le temblara un párpado. Tenía una atracción
irresistible por los celulares y los ajenos solían quedárseles pegados. Dicen que era un rastrillo
para levantarlos. En el pueblo es imborrable el palizón que le dio el Grandote González por un
contratiempo de esos. Por su debilidad por los teléfonos terminaría pagando un alto costo. En la
pesquisa por el crimen de la directora escolar el chip de su aparato, precisamente, delató su
posición cuando escapaba.
Y al escapar iba de San Justo a Malabrigo, en el norte de la provincia. De allí
es su mujer Graciela, que ahora está sola en la casa de Balcarce 836 con sus cinco hijos: tres
nenas y dos varones. La mayor tiene 12 años y la menor 4. Todos van a la escuela pública.
En la timidez ancestral del rostro aindiado de Graciela ahora asoma otro pudor.
Su cuerpo envejecido de 41 años va afrontando el golpe que la llevará a encarar la vida sola con
cinco hijos pequeños. Conoció a Baroni en 1994, en un baile de carnaval en Colonia Aldao, pueblito
del departamento Castellanos al que llegó siguiendo a su hermana Rosa desde Malabrigo. En el baile
José Luis fue muy gentil y enseguida empezaron a ser novios. Sus hermanas y sus cuñados, peones
tamberos muy formales, exigieron conocer al candidato al año de iniciado el asunto. Con la venia de
ellos se fueron a vivir juntos, en 1996. Ese año nació la hija mayor.
Detrás de la cerca que el Puma pintó de amarillo está Graciela, frente a unos
tambores que debe acarrear desde la casa de enfrente porque en la suya no hay agua corriente.
Trabaja como doméstica en un geriátrico del pueblo donde la describen como una persona silenciosa y
muy sana. Tal vez porque no tiene herramientas para atajar todo lo que le pasa conserva una mínima
sonrisa. Cuenta que su marido nunca fue violento con ella, mucho menos con sus hijos, que es muy
bromista y afectuoso. "El siempre ha sido bueno en las casas. No tengo queja. Ahora no sé qué le
pasó", murmura.
¿Qué le espera a Graciela? "Voy a tener que reponerme y seguir nomás por los
chicos". A la hora de los noticieros evita poner la tele. Dice que a los hijos no les asombró la
ausencia del padre aún porque él suele estar afuera por largas semanas. Pero los ojos de la nena
mayor, filosos como los de un cóndor, captan todo lo que hay de anormal en el momento. En esa
mirada no hay condescendencia.
En el pueblo se oyen cosas que no están en la causa judicial. Nadie quiere tener
que ver nada con la policía, pero los nombres de los que vieron al Puma Baroni en la ruta el lunes
que empezó el drama de la maestra circulan, también los relatos que le atribuyen haber dicho que
esperaba a una maestra. Aunque sea difuso el punto en que la verdad limita con la mentira.
En la sede social del club, en la estación Shell, en la panadería La Moderna,
donde se juntan los vecinos, el azoramiento tardará en despejarse. Ser noticia por esto es una
fuente de disgusto y molestia. El domingo pasado, a 36 horas de la detención del Puma, los hinchas
del Club Atlético Piamonte tuvieron que aguantarse burlas de los de El Expreso de El Trébol.
“Asesinos, asesinos”, les gritaban. Picardías que algunos se tomaron con amargura.
En Piamonte campea una sensación dual. Porque hay escozor por lo que confesó
Baroni y, a la vez, un dejo de compasión por él, como si la coincidencia entre la persona que
conocieron y el asesino fuera una amalgama imposible.
Con quince años de distancia, José Luis Baroni está acusado de dos casos muy
parecidos. En los dos hubo un intento de ataque sexual. El primero, en Devoto, relatado por una
remisera que asegura que fingiendo estar muerta escapó de la muerte. El segundo, hace dos semanas,
cuando Alejandra Cugno fue encontrada sin vida en un pozo de agua, a cuatro metros de
profundidad.
En el cuento “El Otro” Borges dice que lo sobrenatural, si ocurre
dos veces, deja de ser aterrador. A los 41 años, Baroni parece venir a refutarlo con otra
endemoniada reiteración. Terminado el interrogatorio, cuando ya había admitido su culpa ante los
investigadores de la Unidad Regional XVIII la semana pasada, el Puma se quedó charlando con uno de
los policías. Le confesó que de adulto lo sigue persiguiendo el terror al castigo que de chico le
imponía uno de sus tíos cuando hacía travesuras. En esas ocasiones, contó, lo colocaban sobre un
balde, lo ataban con una soga y lo suspendían largos ratos en la oscuridad profunda del pozo de
agua en el medio del campo.
Como sea, el Puma Baroni está de nuevo solo. En el fondo del pozo.
Vidente
El jefe de policía de la provinica, Juan Luis Hek,
sostuvo que “un allegado al novio de Alejandra Cugno se ofreció como vidente para colaborar
en la búsqueda” pero aseguró que “si bien brindó algún dato, la información no ayudó
para nada ya que la encontramos a más de 70 kilómetros de donde él indicó y si seguíamos sus pistas
todavía la estaríamos buscando”.