Según describió esta persona, el penal 2 de la comisaría funcionaba como un espacio religioso regido por determinadas normas. En ese contexto, graficó, las noches eran tranquilas y silenciosas: “Mucho no podíamos hablar o gritar”. “Nos quedábamos a la noche a tomar mate sobre la puerta y se escuchaba que (Franco) pedía agua, que entraban y lo golpeaban, eso lo escuchábamos porque estábamos ahí nomás”, contó.
Después de eso, según reconstruyó el testigo, los detenidos comenzaron a reclamar: “Les gritábamos que dejen de verduguearlo”. “Gritaba con desesperación, como un grito de auxilio, de socorro. Más allá de lo que seamos, somos personas y nos daba impotencia entre nosotros hacia la autoridad”, agregó.
Mientras tanto, relató, continuaban escuchándose ruidos. “Se escuchaban toques así como de piñas. Se escuchaba como un gemido, el loco gritaba de dolor. No llegamos a hablar con él. Sí eran como nos golpeaban a nosotros, eran golpes copados”, indicó. Luego contó que entre los internos notaron algunas características de esa persona: “No era del sistema de nosotros, del palo malo, de hacer las cosas mal. Uno se da cuenta cuando una persona no es de estar haciendo macanas con nosotros. Te das cuenta que tenía otra mentalidad, por cómo trataba a la autoridad. No usaba nuestro lenguaje, no era un muchacho como nosotros, de nuestra jerga”.
Otro testigo, de nombre Diego y que declaró el jueves, también habló de una madrugada en la que se escucharon gritos desde la llamada “jaulita”. “Cada dos por tres cuando terminaban de pegarle le hablábamos, muchacho de dónde sos, por qué estás”, recordó que intentaron dialogar con quien se presume era Franco Casco. Sobre ese lugar de detención de personas incomunicadas este testigo, que pasó por ahí, lo describió como “una celda, no tenés inodoro, tenés un agujero en el piso, si querés hacer necesidad es ahí”. “A la jaulita la usaban para pegar, te metían ahí, te pegaban entre dos o tres y ahí te dejaban”, contó.
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Durante este viernes, en tanto, declaró otra persona que dijo haber escuchado gritos durante la madrugada. “Estábamos en el penal, escuchábamos que gritaba esa persona, pero nada más. Estaba en un incomunicado, en la jaulita”, dijo un testigo de nombre Jesús. También describió a ese lugar como “horrible, de dos por dos” y contó que se coció la boca como modo de protesta para que lo trasladaran a otra dependencia “por motivos personales”.
Los que no escucharon
Las otras siete personas que declararon entre jueves y el viernes no puntualizaron con demasiados detalles en el caso concreto, es decir sobre el paso de Franco Casco por la comisaría 7°. Sí brindaron un panorama general sobre el paso por “la jaulita” de personas que eran detenidas por averiguación de antecedentes, hechos que ubicaron en un contexto de movimiento nocturno porque es una zona de bares y boliches, pero no afirmaron que se escucharan agresiones físicas o que ellos mismos fueron golpeados. Algunos, incluso, manifestaron descontento por haber tenido que declarar cuando ya habían dicho en otras ocasiones que no habían escuchado nada respecto del caso.
“Recuerdo muy bien que me tomaron declaración y dije que no tenía nada que ver, que no había escuchado nada. Me hicieron llevar dos meses de resguardo como testigo protegido, eso me enojó mucho y cuando me citaron no les di muchos detalles”, indicó un testigo de nombre Jonatan. También aseguró no recordar a ningún Franco Casco o Franco Godoy, que es el apellido materno con el que fue anotado por los funcionarios de la comisaría en sus actuaciones.
En sus testimonios estas personas aseguraron que no supieron nada de Franco Casco hasta que se enteraron por los noticieros que veían en el televisor de la seccional. También recordaron haber escuchado la manifestación que realizaron organizaciones sociales y políticas junto a la familia Casco en la puerta de la comisaría, minutos antes de que se notificara el hallazgo del cadáver en el río Paraná.
Todos estos testigos ya habían declarado en otras ocasiones, la mayoría de ellos en 2015 ante la Fiscalía Federal. En ese contexto el fiscal del juicio, Fernando Arrigo, planteó ante el tribunal la necesidad de “refrescar la memoria” de algunos testigos que en aquella oportunidad habían dicho que se escuchaban ruidos de golpes a una persona. Al leerle sus antiguas declaraciones algunos la confirmaron y otros dijeron no recordarlo, con el paso del tiempo como argumento.
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Por ejemplo, uno de ellos en 2015 declaró: “Los pibes tenían muy hinchada la cara, con golpes internos a veces. La práctica es que un pibe que hace un robo se come la paliza y se calla la boca. De lo que vimos en la tele y pasaba en el cuartito algunos pensaban que tal vez se les había ido la mano y después lo tiraron al río”. Este viernes, cuando le leyeron esa declaración, fue conciso: “No lo recuerdo a esto”.
La mayoría de los testigos, en tanto, aseguraron no haber sido intimidados por nadie ni tener miedo de declarar. Pero dos de ellos sí manifestaron preocupación. “Un poco de miedo sí. Hace tres años estoy afuera, tengo un buen trabajo hace un año en una metalúrgica, no quiero estar comprometido en nada. En otro tiempo tuve la oportunidad de venir a declarar, conocí a los padres del muchacho. Yo dije que en lo que podía ayudar iba a ayudar, pero un poco de miedo me da”, dijo uno de ellos.
Otro, en su turno, preguntó si su abogado defensor estaba al tanto de que lo habían llevado a declarar en el juicio, a lo que le respondieron que no era necesario y que no lo iba a afectar en la causa que cursa actualmente. “No en la causa, ¿pero en mi integridad?”, se preguntó el hombre. Luego contó que en una ocasión, cuando salió de estar en prisión, se cruzó con un policía que estuvo imputado en la causa Casco pero luego fue sobreseído. “Me dijo vos te acordás de mí, de la causa de la 7ª, te meto un balazo y te dejó acá tirado”, contó sobre el cruce del policía en esa ocasión.
Contexto
La teoría acusatoria sitúa la desaparición y muerte de Franco Casco en un contexto de violencia institucional dentro de la comisaría 7ª que, según algunos testimonios, se acentuaba los fines de semana por tratarse de una zona con movimiento nocturno. Parte de los testigos que declararon en estas dos jornadas ratificaron ese aspecto pero además profundizaron en cómo se manejaban los policías en el barrio.
“A mí sí me golpearon. Me dejaron toda una noche, un frío bárbaro me acuerdo. Nos dejaron ahí (la jaulita) sin agua, sin comida, sin nada”, contó uno de los testigos. “Nos dejaban esposados en la jaulita, tenía unos aros abajo y nos dejaban esposados ahí, 3, 4, o 5 horas depende del corazón de ellos”, agregó. “Era común, te metían en un calabozo y el que estaba de requisa te pegaba. Simple. Era una zona de mucho boliche y quilombo, más los fines de semana”, contó otro testigo en su turno. “Te verduguean, te cuelgan en el patio, te mojan, te pegan y te pegan”, agregó y aseguró que era una costumbre de los policías que en medio de las golpizas les arrojaran agua fría para evitar inflamaciones.
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En esa línea ambos testigos describieron otros hechos relacionados a cómo los policías se vinculaban con ellos cuando caían detenidos. “Me pedían plata a cambio de que no llegue un papel a tribunales o a un fiscal”, aseguró uno. “Es una zona roja, había minas que laburaban, chicos como nosotros que andábamos haciendo maldades. Era un lugar jodido, por eso éramos candidatos si nos veían. Nos daban un par de golpes, a las pibas que andaban laburando también”, describió otro.
La declaración de uno de esos testigos ahondó en aquello del cobro de dinero a cambio de que los dejaran en libertad. “Si perdíamos con cosas de valor nos dejaban un par de horas y por ahí nos pedían dinero para dejarnos en libertad, o se quedaban un porcentaje ellos y otro para nosotros”, describió. “Si van a robar agarren una linda moneda, acuérdense de nosotros”, recordó que llegaron a decirle los policías.
El debate
El juicio está trazado por un debate en el que se dirimen dos hipótesis en relación a lo que ocurrió con Franco Casco aquellos días de octubre de 2014 en su paso por la comisaría 7ª. La teoría de la fiscalía, así como la de las querellas que representan a los familiares de Casco, aseguran que el joven fue detenido el 6 de octubre, alojado en un cuarto de la comisaría donde fue sometido a golpes y torturas. Luego de su muerte, indican los acusadores, el cadáver de la víctima fue ocultado hasta que salió a flote en el río Paraná el 30 de octubre de ese año.
Las defensas de los 19 policías acusados sostienen que Casco fue detenido el 7 de octubre por resistirse en un operativo policial a raíz de la denuncia de un vecino que lo había acusado por movimientos sospechosos en la zona del barrio Luis Agote, donde está la seccional 7ª. Según las defensas, luego de unas horas y de que los policías que cumplían funciones en la comisaría recibieron la orden del fiscal de turno, Casco fue liberado esa misma noche.
La hipótesis acusatoria se basa en un principio en los relatos de los familiares de Casco que estaban con él en la casa de una tía en el barrio Empalme Graneros. Aseguran que el chico se fue a la tarde rumbo a la estación de trenes Rosario Norte, luego de avisar a sus padres que quería volver a su casa de Florencio Varela. En esa zona fue detenido por los policías de la comisaría 7°. Allí, según declararon las personas que estaban privadas de la libertad en esa seccional aquella noche, se escucharon los gritos de un joven que había sido golpeado en distintos momentos.
Tras la jornada de ayer, gran parte de los abogados defensores de los policías sostuvieron que por lo dicho por los presos que estuvieron alojados en la 7ª, "ninguno vio a Casco en la seccional aunque reconocieron que en algunas oportunidades se escuchaban gritos de las personas que eran alojadas por averiguación de antecedentes, afirmado que esos gritos eran por querer irse". También aclararon que "todos los testigos aseguraron haberse enterado de lo ocurrido por los noticieros de televisión" y manifestaron que "sus declaraciones se basaron en suposiciones o deducciones que hicieron al relacionar los supuestos ruidos que escucharon alguna de esas noches, con la noticia sobre la muerte de Franco Casco sin poder asegurar con precisión la fecha de su paso por la comisaría"
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La última vez que un familiar vio a Franco, el chico estaba muerto y su cuerpo había pasado más de 20 días en las aguas del río Paraná. Todo lo que sucedió entre su detención y el hallazgo del cadáver fue materia de investigación durante siete años.
Así se llegó al juicio que inició en diciembre pasado y al cual llegaron acusados 17 policías de la comisaría 7ª y dos de la Dirección de Asuntos Internos. La acusación más grave recae contra el jefe Diego Álvarez y los agentes Cecilia Contino, Walter Benítez y Fernando Blanco, quienes están imputados por desaparición forzada seguida de muerte y por la aplicación de torturas a la víctima.
Les siguen César Acosta, Guillermo Gysel, Cintia Greiner, Rocío Hernández, Marcelo Guerrero, Enrique Gianola Rocha y Esteban Silva, procesados por desaparición forzada seguida de muerte. Por la participación secundaria en este mismo delito están imputados Elisabeth Belkis, Franco Zorzoli, Rodolfo Murúa, Walter Ortiz, Romina Díaz y Ramón Juárez. En tanto que los policías Pablo Síscaro y Daniel Escobar, de Asuntos Internos, están acusados de encubrimiento.