Todos los sábados a mediodía era la misma rutina. Varios amigos, algunos conspicuos comerciantes textiles de la calle San Luis, se juntaban a tomar el copetín. Iban Edgar Addoumie, Natalio Wainstein, alguno de los Abiad y alguno de los Jaef. Pero desde que había llegado de un viaje por el extremo Oriente Jorge Salomón Sauan tomó distancia con el rito. En ese viaje había adelgazado mucho y quería mantener alguna frugalidad en las comidas. Por eso ya no iba tanto al vermú con el apego de siempre.
Eran los últimos días de noviembre de 1980. En esos días finales de Martínez de Hoz con el dólar de la plata dulce los viajes al exterior eran una marca de los argentinos, la cara más publicitada de la dictadura. Sauan acababa de llegar de aquella travesía junto a su amigo Edgar Addoumie. Estando en Hong Kong a Sauan le dio por comprarse un Rolex. “Yo le pedí que me dejara hacer a mí en la relojería”, dijo Edgar, que en ese momento tenía 40 años. “A Chiche no le gustaba regatear los precios y me ofrecí a hacerlo por él”.
Con toda la cancha y el olfato comercial Addoumie, nacido en Siria y naturalizado argentino, peleó el precio. Su amigo Sauan se llevó entonces esa joya suiza de oro y acero inoxidable pagando 1.305 dólares. Unos días más tarde ya fue él quien le pidió a su amigo que discutiera en un comercio de Singapur el valor de un encendedor Dupont. Se lo llevó por cien dólares.
Un par de meses después algunos vestigios del cuerpo de Sauan aparecieron en un enorme macetero en el departamento que el abogado Juan Carlos Masciaro alquilaba en Montevideo 1651. Masciaro sostuvo que desde el 13 de diciembre de 1980 había tenido sucesivos encuentros con Sauan hasta que el 15 a la noche, después de cenar en el Club Argentino Sirio, éste le propuso la idea de un autosecuestro para sacarle dinero de ese modo a su familia y dividirse el dinero en partes iguales.
Para Masciaro las cosas se complicaron por muchas razones. La más importante fue la aparición en el departamento que él alquilaba con un nombre falso de los restos de Chiche Sauan. Estaban entre la tierra barrosa de ese llamativo tanque de fibrocemento del living. Aparecieron además en el pequeño lavadero dos bidones de vidrio de ácido sulfúrico que generaron la hipótesis que se impuso en la condena: fue el contenido usado para disolver el cuerpo. Pero el abogado de entonces 35 años también tenía en su poder dos elementos de la víctima. Un reloj Rolex de acero y oro y un encendedor Dupont.
El acompañante
¿Quién era ese hombre desconocido y misterioso al que Chiche Sauan había frecuentado casi maniáticamente en lo que para la Justicia fue su último mes de vida? Su hermano Elías Sauan no tenía gran idea. Pero desde que Chiche se había separado de su novia Liliana Atienza, con quien estaba a punto de casarse, había caído en un estado de melancolía y tristeza.
“Se puso reiterativo en comunicarse con cuanta gente encontraba para contarles de su problema sentimental. Tanto que la gente ya trataba de evitarlo”, dijo Elías. Sin embargo este abogado al que presentaba con "el doctor Medrano" lo escuchaba y lo acompañaba. Casi no se separaba de él. La noche del 15 de diciembre de 1980 en que Elías lo vio junto al abogado su hermano estaba callado y escuchando al otro con todos los sentidos. Lo vio tan enfrascado en su atención, dijo Elías, que pensó que era un psicólogo.
Otro de los motivos que para Elías volvía inconcebible la idea de un complot de su hermano contra la propia familia era su estado de ánimo. Su contratiempo sentimental existía, sí, pero lo compensaba el entusiasmo por su nuevo emprendimiento comercial. El lunes 15 de diciembre, justo el día en que por la noche lo verían por última vez, estaba prevista la apertura de un nuevo local textil en Italia 1031. Dice su hermano Elías: “El viernes le había encargado al padre que para el lunes comprara whisky y castañas para la inauguración”. Como no pudieron terminar de trasladar mercaderías pasaron al martes la fecha de apertura.
Pero Chiche, rareza en él, no llegaba. Tenía que estar allí a la 8 de la mañana para colocar el cartel luminoso en el exterior. El día anterior había estado en el negocio con Masciaro y se lo había presentado a su tío José. Pero ahora demoraba. Tanto que la familia decidió colocar el letrero sin esperarlo. Sin saber que ya nunca más llegaría.
Jamás hubo nada que a Elías le hubiera hecho presumir que Jorge iba a desaparecer. “No hubo retiros de dinero, ni extracciones ni movimiento bancarios”, dijo. “Mi hermano cuando viajaba era de llevar mucha cantidad de ropas, inclusive de zapatos. Pero tal como se ha constatado para la oportunidad de la desaparición no faltaba prácticamente ninguna ropa salvo la puesta”. De la cajonera del calzado solo faltaba el par que usó ese día.
Esa ausencia deliberada también era incomprensible para Jorge Haddad Sednaui, argentino, soltero, empleado, de 30 años, que vivía en Italia y San Luis y era íntimo del hombre buscado esos días de diciembre. Solían ir juntos al balneario La Florida. Estaba agradecido porque Sauan de su viaje por Oriente le había traído un reloj digital Casio.
Cuando supo que había aparecido parte de un pie de la víctima en el tanque dijo que estaba en condiciones de reconocerlo. “Lo veía a Chiche descalzo en La Florida y también en el negocio porque solía sacarse zapatos y medias. Tenía dedos largos y uno en forma de martillo como acomodado hacia abajo”. Cuando le mostraron las imágenes fotográficas de los restos del antepié no necesitó un segundo. Lo reconoció sin la menor vacilación.
Reconoció asimismo como el de su amigo el Rolex entre los expuestos en la serie de relojes en el mosaico de identificación. “Es el segundo”, dijo. Lo mismo con el encendedor Dupont. “Es el cuarto”.
Hipnotizado
Otro inseparable del circuito de calle San Luis era Carlos Muzio, 28 años, soltero, que vivía en Mendoza al 1900. Recordó a su amigo conversando con una persona a la que le prestó atención porque estaba de espaldas. “Al acompañante no lo vi bien pero lo que noté era que Chiche estaba absorto charlando con esa persona”.
A su amigo lo describió como alguien afable y en extremo sociable. “Era dado con todo el mundo, cuando llegaba al club (Argentino Sirio) se paraba a saludar a cuantos conocidos llegaban, inclusive se metía a la cocina a servirse los platos él mismo”, dijo Muzio. “Gozaba de la simpatía y del cariño del concesionario, era expansivo, extrovertido, no ocultaba nada, no tenía problemas para decir las cosas”. También dijo que con ese hombre, por Masciaro, “parecía hipnotizado”.
Muzio era amante de los relojes y no tuvo duda en identificar que ese que apareció en poder del abogado acusado era de su amigo. “Era un Rolex de oro, que tenía la malla denominada presidente, con eslabones de oro en el centro y los bordes de acero inoxidable”. Reconoció como reloj de Sauan al segundo ubicado entre los desplegados y el encendedor como el cuarto entre los exhibidos, que siempre se dejaban en el mismo lugar.
"La tarde del día 15 Masciaro visita el comercio de Sauan. Van a los bares Frank y Toremolinos después de cenar en el club sirio", dice en su acusación la fiscal Elida Ramón. "Luego se los ve en un bar de calle San Martín y juntos se retiran en auto de la cochera de Rioja 1847. Ello demuestra que los días previos al hecho se frecuentaron intensamente y qie además Masciaro fue la última persona con quien se vio a Sauan.
Masciaro reconoció que estaba mucho con Sauan. "Es su necesaria coartada porque muchos testigos los vieron juntos", replica Ramón. José Ramón Obeli fue uno de ellos. Dijo que en un lapso de 10 días, desde el 2 de diciembre, Sauan y Masciaro compartieron cuatro comidas en el Club Argentino Sirio.
La fiscal Ramón desbarata como falaz la idea del autosecuestro. Apunta que Sauan estaba en una libreta de personas de excelente posición económica secuestrada a Masciaro con el cual procuró un acercamiento, ya que no existía amistad anterior. Que quedó acreditado que Sauan, de excelente relación con sus familiares, no arriesgaría ese vinculo por dinero. Si hubiera tenido necesidad económica tenía facultades legales para disponer del dinero de su familia y, fundamentalmente, no necesitaba para ello entregar nada a un cómplice. Una actitud incomprensible de alguien que cada vez que viajaba a Buenos Aires llamaba a su padre para avisar que estaba bien.
Pero Masciaro, que se representaba al inicio a sí mismo, rechazaría cada punto. Argumentó entonces y se murió en 2018 explicando, a los pocos que lo frecuentaban, su inocencia. Los indicios en su contra se apilaban de a decenas en una construcción acusatoria que tenía lógica. Nada inclinado a ganar simpatía pero sereno y empecinadamente racional, punto a punto, el acusado replicó todo.