“Cuando me balearon el negocio y mi casa me di cuenta de que era en serio”. Silvio tiene 44 años y una familia con cuatro niños pequeños. Es uno de los dueños de Distribuidora del Parque, que vende materia prima para panaderías, heladerías, bares y restaurantes. A partir de una serie de amenazas y balaceras contra su comercio de Arijón al 2100 y su casa de Madre Cabrini al 1600, en barrio Las Delicias, decidió cerrar el establecimiento y abandonar momentáneamente la ciudad. Lo mismos hicieron su madre y dos hermanos.
“Recibimos amenazas por WhatsApp hasta la noche del jueves. Nos pedían 100 mil pesos por semana para dejarnos trabajar y vivir. El miércoles hicimos la denuncia en la Fiscalía y ahora estamos esperando a ver qué pasa”, dijo a este diario el comerciante. El ataque, entre tantos, se suma al sufrido por el vecinalista Eduardo Baratucci, trabajador municipal y presidente de la Vecinal Pueyrredón, la noche del lunes en su casa de Argelia al 2200.
Ruidosa pesadilla
La pesadilla de Silvio comenzó al filo de la madrugada del viernes 10 diciembre. Mientras el hombre estaba en un retiro espiritual evangélico, a las 0.30 del sábado, desconocidos atacaron a balazos el frente de su distribuidora emplazada en Arijón entre Oroño y Balcarce. El ataque se repitió dos días después, la madrugada del lunes, en ese caso contra su casa.
“Son balazos calibre 38”, comentó Silvio sobre los impactos en el frente del negocio y de su casa baleada dos días después, aunque a simple vista los orificios parecían de un arma más pesada. La esposa del hombre no dudó y se fue de la casa junto a sus cuatro hijos.
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Mientras esto sucedía, un hermano de Silvio comenzó a recibir una serie de mensajes por WhatsApp con textos como estos: “Decile a tu hermano que no se haga el boludo y prenda el celular”. “Vos sabés que nosotros no jodemos: queremos 100 mil pesos por semana”. “Si no pagan preparen cajones de muerto para alguno de ustedes”. Cuando Silvio regresó del retiro, el domingo a la noche, se comunicó por WhatsApp al celular del cual recibió las amenazas.
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La distribuidora de Silvio, en Arijón al 2100, fue baleada el sábado a la madrugada.
“Les dije que no tenía el dinero que pedían y no les podía pagar”, recordó Silvio. Pero entonces las cosas se tensaron. “Me llamaron y me dijeron que pagara porque sabían dónde vivían mi mamá y mis hermanos. Con mi familia nos instalamos en la casa de mi madre pero seguimos recibiendo amenazas. El martes a las 10.30 una persona en moto llegó a las puertas de la casa de mi madre y comenzó a golpear con insistencia. No podemos dejar de pensar en que si hubiéramos abierto (la puerta) el tipo habría hecho una macana”, consideró la víctima.
“Armamos los bolsos y nos fuimos de la ciudad con mi mamá y mis hermanos. El lunes yo había abierto el negocio, pero con lo que pasó el martes cerré y me fui. Somos seis familias que vivimos de ese negocio. Ellos saben todos nuestros movimientos y los del negocio”, agregó, para recordar uno de los mensajes: “Si no pagás voy a ir a las 6 de la mañana cuando abrís el negocio a meter bala”.
Vecinos con miedo
Mientras Silvio y su familia buscaban refugio fuera de Rosario, los vecinos de la casa familiar en Madre Cabrini llamaron a los medios para contar sus miedos. “Primero el fin de semana balearon la casa y la chica llamó a su papá y se fue con los chicos. Ahí nos enteramos que también le habían baleado la distribuidora. Nos dijimos «bueno, se terminó». Pero anoche (por la madrugada del martes), a la 1.40 balearon la casa. Y fue mucho peor. Terrible. Llamamos a la chica y nos contestó que nos quedáramos tranquilos porque no es contra nosotros. Pero nosotros estamos aterrorizados”, aseguró una vecina de la casa.
“Las dos veces pasaron en moto y dispararon. Hace diez años que están, sabemos que son buena gente, laburantes, los chiquitos van a la escuela y ellos trabajan. Ellos se fueron y nos quedamos con ese miedo nosotros”, indicaron. El portón de la casa de Madre Cabrini quedó virtualmente transformado en un colador.
Silvio hizo la denuncia en el Centro de Justicia Penal (CJP) en la unidad que investiga hechos de balaceras. La fiscal Valeria Haurigot, coordinadora de la unidad, ordenó que se colocara un móvil policial como puesto fijo y solicitó que diagramara un patrullaje por las inmediaciones.
“Nosotros decidimos cerrar porque en el negocio tenemos atención al público. ¿Qué hacemos si en medio de estas amenazas balean a alguien? ¿Si lastiman a un cliente o a un empleado?”, indicó Silvio, para agregar: “Nos preocupa realmente muchísimo el nivel de información que tienen sobre cada uno de los integrantes de la familia. Se comunicaron directamente a nuestros celulares personales, no a los teléfonos de la empresa. Saben demasiado de nuestras vidas”.