A Diego Ochoa se lo conoce públicamente como el Panadero. Y en la calle se lo
menciona como el nuevo jefe de la hinchada de Newell’s Old Boys. El pasado 13 de noviembre la
panadería Guadalupe, de Vera Mujica al 3800, propiedad de los padres de Ochoa, recibió una lluvia
de balas. Uno de esos proyectiles impactó en el cuello de Mariano Vaccaro, cuñado del Panadero,
quien quedó cuadripléjico.
Seis meses después de ese episodio, el negocio volvió a ser blanco de un ataque calcado: fue el
domingo a la madrugada. Esta vez sin heridos. "No sé por qué se la agarran con el negocio de mis
viejos. Hace mucho tiempo que no vivo más ahí", explicó Ochoa. "No tengo idea de por dónde viene
este ataque", indicó el hincha leproso.
A raíz de esta balacera, Sergio Hugo Ochoa, padre de Diego, se presentó el lunes en el juzgado
de Instrucción a cargo de Alfredo Ivaldi Artacho y dejó constancia sobre lo ocurrido. Además, Ochoa
padre solicitó protección policial para su familia y su negocio ante la sucesión de ataques. "El
mismo domingo a medianoche llamé al juez Ivaldi Artacho para notificarlo sobre lo ocurrido y
algunas amenazas anónimas que recibieron en el negocio", explicó el abogado Hernán Tasada, uno de
los patrocinantes de la familia Ochoa. "El juez tomó los recaudos necesarios debido a la urgencia
del caso y ofició a la comisaría 18ª para que le brinde seguridad a la familia y al negocio. Y
expresó en el escrito que, si es necesario, el jefe de la Unidad Regional —Osvaldo
Toledo— debe monitorear que se cumpla la medida", indicó el profesional.
Balas, otra vez. La panadería y almacén Guadalupe está ubicada en Vera Mujica al
3800, en barrio Alvear. Ayer, por segunda vez en seis meses, Hilda relató cómo, en medio de la
noche, el domingo de madrugada balearon su negocio una vez más. La mujer contó que pasada la
medianoche del sábado estaba en el local junto a una amiga, con el postigo de la puerta abierto
para poder despachar con el negocio cerrado.
"El domingo a la 1, una moto entró a contramano por Vera Mujica desde Biedma y
nos baleó el frente. Se escucharon cuatro disparos. Dos dieron en el auto de mi hija Brenda, que
recién llegaba con una amiga, y los otros disparos terminaron adentro del local. Uno perforó una
heladera y el otro en el exhibidor de pan", explicó la mamá de Diego Ochoa.
Los proyectiles despedazaron el parabrisas del Renault 12 modelo 86 de Brenda,
que estaba estacionado frente al negocio. "No habrán pasado dos minutos de que Brenda entró con su
amiga que sonó el primer disparo", relató Hilda. "Yo estaba con una amiga que me hacía compañía. Y
el balazo que atravesó la panera me pasó rozando la cabeza", contó.
La escena de este ataque guarda similitud con el del jueves 13 de noviembre,
cuando Mariano Vaccaro, de 27 años, recibió el balazo en el cuello que lo dejó sin movilidad del
cuello para abajo. Ese atentado ocurrió en plena campaña de las elecciones que marcarían el final
de Eduardo J. López como presidente de Newell’s y de Roberto Pimpi Camino como jefe de la
barra leprosa.
Diego Ochoa estuvo alineado con el Movimiento Leproso Social y Popular (Mo.Le),
en ese momento en la oposición. Las personas que atacaron la panadería no dispararon con el rodado
en movimiento sino que detuvieron para abrir fuego. Los balazos entraron al local por el postigo
abierto de la puerta e impactaron a una altura de 1,10 metro —el de la heladera— y a
1,60 metro, el de la panera.
Grueso calibre. Del lugar los peritos recogieron dos plomos de grueso calibre.
"Esto tiene que venir por el lado del fútbol. Todo esto nos trajo mucha discordia dentro de la
familia. Eramos muy unidos" analizó Hilda. Y agregó: "Nosotros no tenemos problemas con nadie".
"Estamos muy preocupados porque en el tema de Mariano no se avanzó nada. Nunca
se detuvo a nadie", dijo Brenda, pareja del muchacho. La causa judicial del primer ataque al
negocio es investigada por la jueza de Instrucción Alejandra Rodenas y no tiene imputados. Vaccaro
continúa su tratamiento en un instituto privado y necesita cuidados las 24 horas. "Está
rehabilitándose, pero no va a poder volver a caminar", dijo con amargura Hilda, la suegra del
muchacho.