Clásico rosarino

Se juega en Sarandí, se copa Rosario

Newell's y Central buscarán hoy el pasaporte a la semifinal de la Copa Argentina en la cancha de Arsenal. El clásico se disputa sin público, pero con la ciudad en vilo palpitando las alternativas del cruce eliminatorio

Jueves 01 de Noviembre de 2018

Llegó el gran día. Se terminaron las palabras y las especulaciones. Ya no hay tiempo para discutir sobre la cancha, el horario, la presencia de público o la fecha del clásico rosarino. Las coordenadas de la pasión marcan que hoy a las 15.30, en Sarandí, con la nefasta modalidad de las puertas cerradas y con Patricio Loustau como encargado de impartir justicia, se disputará el derby más genuino del fútbol mundial, el que enfrenta a Newell's y Central, las únicas dos camisetas del planeta que dividen en partes iguales el sentimiento futbolero de una ciudad. Y lo que hay en juego es un codiciado boleto a las semifinales de la Copa Argentina, por lo que tras los noventa minutos o en su defecto en la definición por penales habrá un vencedor repleto de felicidad y un vencido que besará la lona deportiva. La acción será en el conurbano bonaerense, pero cada rincón del gran Rosario estará en vilo siguiendo a corazón abierto las alternativas de un encuentro enorme, colosal y gigante, siendo por lo simbólico el cotejo más importante del año para leprosos y canallas.
   Esta tarde chocan dos equipos con algunas virtudes y varios defectos. Claro que ambos están en condiciones de torcer la balanza a su favor, con técnicos experimentados como Edgardo Bauza y Omar De Felippe, quienes son conscientes de que una victoria alojará al vencedor en el corazón de los hinchas de la camiseta que dirigen, pero una derrota puede desencadenar daños inconmensurables en cuanto al futuro de sus respectivas gestiones.
Todos los clásicos son a cara o cruz, a suerte y verdad, a todo o nada, pero el de hoy además tiene el plus de que es eliminatorio, que el que gana sigue en la Copa Argentina a dos partidos de conseguir un título y el que pierde se queda en el camino y con las manos vacías.
   Claro que la no presencia de público generará un vacío de color y adrenalina alrededor de la cancha. Que los escalones desiertos de las tribunas de Arsenal conspirarán contra la esencia de un juego que necesita el folclore de los hinchas para que el espectáculo sea completo. Pero la realidad es que todos los protagonistas que salgan hoy a la cancha, tanto canallas como leprosos, sentirán sin ninguna duda que a 300 kilómetros hay una ciudad pendiente de ellos, que gritará sus goles y lamentará los que les conviertan. Que habrá fiesta y decepción en igual proporción. Por ello la "presión" y "nerviosismo" sobre las consecuencias que entregue el clásico no estará ausente de los actores del derby, más allá de la postal decepcionante de la cancha vacía.
   Newell's llega oxigenado por la victoria con suplentes del lunes ante Argentinos por la Superliga y con la mayoría de los titulares descansados. Mientras que Central tuvo un tropezón ante Patronato el último domingo con la base que jugará hoy y además acumula ocho encuentros sin ganar. Hoy chocan dos equipos irregulares y con más déficits que virtudes en lo que va del semestre. Por ello no hay favoritos, ni un equipo arriba como punto y otro como banca. Al contrario es un cruce de necesitados, de proyectos futbolísticos en etapa de desarrollo y con jugadores de ambas camisetas que necesitan levantar considerablemente sus valencias. Qué mejor que hoy para dar ese salto de calidad individual y colectivo. Más motivación que el clásico es imposible.
   Por el lado leproso, Mauro Formica se perfila como la usina creativa, mientras que en Central el eje de la rueda futbolística será el experimentado Néstor Ortigoza. A partir de estos jugadores un equipo podrá imponerse al otro desde el manejo de la pelota. Ya que en los balones detenidos los auriazules asoman como favoritos por la pegada de Leonardo Gil. También hay delanteros capaces de inclinar la balanza para uno y otro lado, ya sea Luis Leal o Alfio Oviedo, este último que arrancaría en el banco, para los leprosos; y Germán Herrera y Fernando Zampedri, en la vereda canalla.
   Es tiempo de jugar. De echar a rodar la pelota y que al fin se mezclen en la cancha las camisetas auriazules y rojinegras, las que portan los cuatro colores primarios del fútbol rosarino. Hoy se escribirá un nuevo capítulo del clásico más lindo del mundo. Y ojalá que vencedores y vencidos entiendan que se trata de un partido de fútbol, porque la vida y el clásico deben seguir. Rosario es la cuna de la bandera y la ciudad donde la pelota late con más fuerza.


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