Opinión

La escuela ya explotó

Educación. Comprensión, paciencia, empatía y solidaridad deberán ser las palabras que reciban a los más pequeños en la nueva escuela.

Miércoles 21 de Octubre de 2020

A comienzos de año, la vida cotidiana fue interrumpida de manera abrupta, cual baldazo de agua fría; y la pandemia nos dejó, de un día para el otro, a la intemperie. La escuela no quedó fuera de esa lógica. Según Unesco, 1.300 millones de niños, niñas y jóvenes (11 millones en Argentina) quedaron fuera de ese aparato burocrático que, junto al trabajo, organizaba la vida de toda la sociedad.

Aunque suene a contrasentido, la política pública fue, a partir de marzo, no ir a la escuela. Y, rápidamente, al parecer, la virtualidad reemplazó la presencialidad, pero sólo fue un disfraz; ya que, al decir de las autoridades, sólo el 40% de los estudiantes de nuestra provincia acceden a la tecnología y/o a conexión de Internet, este porcentaje en desmedro de los sectores más vulnerables.

Hoy, la escuela está suspendida, la clase se reduce a explicaciones, actividades y tareas, pero le falta el vínculo, la socialización entre pares y, fundamentalmente, el enseñar y el aprender, ese proceso constructivo entre docentes y estudiantes.

Por otro lado, en casa, no siempre hay un adulto que asista y, si está, a veces no sabe o no puede acompañar la trayectoria escolar.

Pero la escuela ya explotó. Por más que el próximo año queramos mantener el mandato fundacional, es imposible que nos hagamos los tontos, especialmente las autoridades y quienes la caminamos a diario.

Es necesario plantear otros modos de habitarla y planificar un futuro diferente para las infancias del Siglo XXI. Hoy por hoy, tiene la oportunidad histórica de dar el gran salto cualitativo y de superar la encerrona trágica de seguir con la misma organización de tiempo y espacio pensado en el siglo XIX. Esto implica cambiar las reglas de juego, empezar a dudar de las certezas normalizadoras donde todos los niños y niñas son iguales, con recorridos académicos esperables, para dar lugar a lo inédito y lo imprevisible.

Al decir de Morin, aprender a navegar en medio de un archipiélago de certezas en un mar de incertidumbres. La pandemia nos dejó al desnudo, nos provoca angustia y agotamiento no sólo a niños y niñas y adolescentes, sino también a los docentes y a las familias. No sabemos aún qué transformaciones nos traerá.

Por lo tanto, la escuela no puede volver el año próximo a la “nueva normalidad” con la estructura del 1800.

Entonces me pregunto: ¿Cuándo despertaremos y nos pondremos a debatir qué escuela surgirá post covid?, ¿Por qué no aprovechar estos próximos seis meses para provocar rupturas en viejas estructuras enquistadas?

¿Cuándo, de una vez por todas, los políticos alzarán las banderas de la educación en serio y no como eslogan de campaña o con frases para la tribuna? ¿Cuándo pensaremos en serio en los sectores marginados garantizando educación, trabajo, salud y vivienda?

Nos quieren convencer que más conectividad nos garantizará más aprendizajes, pero no es así. La alfabetización digital es otra cosa.

¿Cuándo hablaremos del miedo como potencia educativa? ¿Cuándo los cuerpos comenzarán a tener protagonismo en la escuela? ¿Cómo construir ciertas condiciones para provocar aprendizajes según los ritmos individuales, con errores, y garantizando la continuidad para evitar el desgranamiento escolar, especialmente en algunos sectores, a sabiendas que en América latina repiten los niños y niñas pobres?

Si no tomamos conciencia de la oportunidad histórica, haremos como si…

Desde la institución educativa, planificar desde la flexibilidad y con guiones en común podrá ser un punto de partida, identificar los diferentes contextos complejos y enseñar de manera interdisciplinaria y por proyectos, podrá ser otra alternativa.

Pero nada será posible si no hay un Estado que focalice por regiones según problemáticas y capacite a través de plataformas y equipos curriculares que acompañen a los docentes en nuevas alternativas de educar en tiempos complejos.

Comprensión, paciencia, empatía y solidaridad deberán ser las palabras que reciban a los más pequeños en la nueva escuela, pero no con carteles en afiches de colores, sino como bienes simbólicos impregnados en todos los actores escolares, que los ayuden a inventar un mundo más amoroso.

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