Analizar los vaivenes futbolísticos de Central y Newell's requiere antes de una evaluación del fútbol argentino en general. Es imprescindible considerar la precaria organización de los torneos, en los que falta sentido común y sobra improvisación. Con 28 participantes en la Liga Profesional (y 37 en la Primera Nacional), la primera víctima es la competitividad. Malherida cuando los descensos fueron anulados y después acotados. Y agonizante por la realidad económica. Por eso la mediocridad se corporizó como la inflación y la calidad se diluyó como las reservas del Banco Central.
En este contexto, los clubes rosarinos no son la excepción. Ganar es más producto de las debilidades ajenas que de las fortalezas propias. Y habitualmente la diferencia depende más del orden colectivo, el que disimula la ausencia de jerarquía. Es por ello que la regularidad asoma como una quimera, la que sólo será factible si los escasos recursos se ensamblan en una organización más real que ideal.
Porque cuando los referentes no abundan, los refuerzos no refuerzan y los juveniles no son sostenidos por un equipo, la complejidad le impone a los entrenadores formatear un esquema que articule lo mejor posible lo que tienen y disimule las carencias. Más pragmático que dogmático. Claro que no es sencillo, pero en esa búsqueda de equilibrio están todos, no sólo Newell's y Central.
Con la ventaja de que es un problema común a la mayoría de los equipos, lo primero que deben incorporar canallas y leprosos es que por ahora la euforia y la tristeza no son una constante. La victoria y la derrota tienen mayor imprevisibilidad, mucho más que la que el propio deporte genera por esencia. En palabras más futboleras: cualquiera le gana a cualquiera. Porque si en algo se visibiliza la pobreza, es en la vulnerabilidad.
Tras la victoria de Central Córdoba en Rosario, Abel Balbo hizo un análisis que pasó casi desapercibido pero que contuvo muchos nutrientes para entender el presente del fútbol nacional. "Busco fortalecer una idea desde la unión, desde el trabajo de grupo. Todos atacan, todos defienden. Pero con orden. No es que porque ganamos un partido ahora solucionamos todos los problemas. Les dije el primer día que teníamos que tener una mentalidad ganadora y les expliqué qué significa mentalidad ganadora. No es ir a jugar y ganar, porque todos queremos ganar. La idea fue esto de un juego de equipo, el que demostraron acá en Rosario, un juego donde no existe el yo, existe sólo el nosotros”, describió el entrenador.
No hay dudas de que los planteles muestran muchas ausencias, porque a excepción de unos pocos, pero muy pocos de verdad, la mayoría está atravesado por una debilidad manifiesta que sólo muta en entusiasmo cuando enfrente hay adversarios con idéntica o mayor escasez. Y cuando la carencia es lo que iguala, la diferencia está en lograr la mejor organización colectiva para obtener el equilibrio justo, ese que permitirá estar compensados como equipos y con mayores posibilidades de lograr los resultados pretendidos. Y en esa búsqueda seguramente estarán los equipos rosarinos.