Central no tiene equilibrio. Luce descompensado. Es determinante cuando ataca. Es vacilante cuando defiende. No logra calibrar la zona de volantes para otorgarle certidumbre a su rendimiento. Es como ese motor al que parece imposible ponerlo a punto. O funciona en baja o en alta. Pero nunca regula. Se organiza cuando pasa a posición ofensiva. Articula, rota, triangula, genera riesgo, muchas situaciones de gol y también define. Se desordena cuando retrocede, no releva, deja espacios, pierde marcas, se hace vulnerable, sufre y también le convierten. No maneja los tiempos. O tiene problemas para hacerlo. Y a esta altura el desempeño ya es crónico. Transmite fervor y entusiasmo, pero en simultáneo también bronca y frustración. Como si se tratara de una tragicomedia. Independientemente del adversario de turno.
































