Morbo
No deja de ser curioso que un término que tiene un sentido tan contundente y con una definición
seca por parte del diccionario sea al mismo tiempo tan jugoso. Morbo quiere decir, en primer lugar
enfermedad, y lo cierto es que está dicho sin matices, pero más cierto aún es observar que la
enfermedad de la cual se habla está muy lejos de agotar el sentido de lo morbo.
18 de mayo 2008 · 01:00hs
No deja de ser curioso que un término que tiene un sentido tan contundente y con
una definición seca por parte del diccionario sea al mismo tiempo tan jugoso. Morbo quiere decir,
en primer lugar enfermedad, y lo cierto es que está dicho sin matices, pero más cierto aún es
observar que la enfermedad de la cual se habla está muy lejos de agotar el sentido de lo morbo. Lo
que el morbo moviliza es la existencia de una enfermedad más allá de la enfermedad misma. Por eso
se habla de una suerte de interés malsano con relación a personas o cosas o que incluso puede
dirigirse a lo enfermo como tal.
En resumidas cuentas se dice que lo morbo tiene que ver con una atracción hacia
acontecimientos desagradables. Que el humano tiene atracción, incluso una cierta apetencia por lo
desagradable, es algo que salta a la vista para lo cual sólo hace falta encender cualquier día el
televisor. Hasta no hace demasiado tiempo lo desagradable, lo malo, sólo tenía una cita con la
realidad más real que existe: la televisión. Esa cita era el encuentro diario con Crónica TV,
noticiero con una sencilla estética de diario sensacionalista, con grandes titulares para mostrar
accidentes, asesinatos y demás, y muy especialmente cuando la suerte le es prodiga. Entonces la
pantalla se inunda con las imágenes de la catástrofe de turno, local o internacional, ya que en
este sentido no se hacen demasiadas distinciones.
Hoy todos los noticieros tienen algo de Crónica, pero además desde hace algunos
años se vienen agregando una serie de programas donde humanos por dinero o por protagonismo, o por
ambos alicientes, exponen su mal frente a las cámaras de forma tal que le ofrecen a millones de
hogares un espectáculo aparentemente sin ningún costo. Al calor del hogar o en el fresco de un
ambiente acondicionado, la familia puede asomarse y espiar en los variados padecimientos de
víctimas de accidentes, enfermedades varias, la internación de Sandro o de Maradona, o el maltrato,
predominantemente de mujeres, siempre mucho más expuestas a los abusos y a las locuras
masculinas.
De más está decir que no se trata de una desmesura argentina, en tanto y en
cuanto el morbo es un asunto global. Tan global como la falta creciente de una distribución de la
riqueza siquiera mínima en muchos de los centros o rincones del planeta, lo que constituye un
auténtico morbo social en una danza cotidiana donde millones de viviendas en el mundo están vacías
de gente (por poner sólo un ejemplo) conviviendo con millones de gente desprovista de viviendas o
pagando con su esfuerzo el poder contar con una.
Es decir que el componente morbo en la vida de todos los días ocupa un lugar más
que central tanto a nivel individual como social. Nada demasiado extraño, más bien todo lo
contrario, la predilección por el mal es muy superior a la atracción por el bien. El psicoanalista
A. Green señala con acierto que la historia del arte testimonia el papel que ocupa el mal en la
motivación y en las temáticas tanto sea de la literatura como de la pintura, y también del arte en
general.
Desde las tragedias griegas hasta el arte contemporáneo el mal está en el centro
de la escena en las grandes representaciones humanas. No existe una gran obra de arte que cuente la
historia de un matrimonio feliz pronto a cumplir sus bodas de oro en una existencia de amor y sexo
integrados.
Tampoco existe en los grandes salones del arte de la pintura la retrospectiva de
un gran pintor de la talla de un Picasso o de un Rembrant que haya pintado a lo largo de su obra y
de su vida, en una perfecta conjunción, cómo alguien ha sido feliz en la inexorable sucesión de las
cuatro estaciones. Pero en el arte el morbo se sublima, en lugar de exhibirlo. En cambio, en un
escalón más abajo, totalmente por fuera de la auténtica creación humana, se pueden ver día a día
las telenovelas que para tener un mínimo de atractivo que les permita alcanzar a su vez el mínimo
de rating, tienen que contar y mostrar historias con una pizca o más de truculencia que adhieran al
telespectador. Para que el adherido no toque botón, como decía el gran Olmedo, y de ese modo evitar
el nefasto impulso de cambiar de canal, o lo que es peor apagar el aparato.
En suma que el humano es un bicho morbo que viene haciendo una curiosa
inversión. Si lo normal para una buena parte de las enfermedades son las recetas para su curación,
lo inverso también parece ser cierto: lo morbo como una receta diaria impregnando de sentido a la
vida.
Aquel dicho que sentencia que el hombre es el lobo del hombre habla del morbo
que tenemos incrustado. Con perdón de los lobos. Habría que avisarle a Caperucita que el peligro no
son los lobos. Para "revolucionar" el sentido de ese cuento tan morbo.