Un grupo de amigos se junta a jugar en la zona sur de Rosario. Se trata de una pasión tuerca por el automodelismo.
Sebastián Suárez Meccia / La Capital
Cada uno con su auto de carrera. Detrás de cada pieza hay una verdadera tarea de ingeniería y estrategia.
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Pilotos y mecánicos, todo en uno. Cada competidor confecciona su auto de acuerdo a reglas precisas.
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Ensayos finales a la carrera. Cuatro competidores realizan la puesta a puntos de sus prototipos sobre el trazado.
"Este es el último juego de la modernidad, por eso tratamos de rescatar al niño interior", reza con una pizca de nostalgia Pablo Zenón, miembro fundador de Rosario Slot, mientras en una pista zigzagueante giran a toda velocidad autos de carrera a escala 1:24, propio del automodelismo y la maquetería.
Pero en este caso, la cosa es muy seria: detrás hay trabajo, dedicación y una ingeniería propia de una pieza de relojería. Un viaje al mundo de los autos de carrera en miniatura donde la pasión no tiene límites y la satisfacción está garantizada, como una suerte de hormiguero en el cual uno patea y descubre un mundo aparte.
Es un sábado de verano, previo al mediodía y en un sector de la zona sur de Rosario que desde afuera no dice nada. A través de un pasillo, una escalera desemboca en una planta alta cuyos techos con tubos fluorescentes iluminan una pista norteamericana que consta de una extensa recta y otras tantas curvas zigzagueadas y peraltadas como si se tratara del mismísimo circuito de Suzuka (Japón) de la Fórmula 1.
De qué se trata Rosario Slot
Inmediatamente, atento y amable aparece Pablo para recibir a La Capital y contarle que todo ese circo automovilístico a escala es un juego inventado por los ingleses, que luego reformaron los norteamericanos. Asegura que cuenta con las normas básicas para correr una competencia de nivel internacional. El modelo se llama "Blue king", la pista —detalla— tiene una cuerda (recorrido) de 44,400 metros de recorrido, una fuente de energía de 14 voltios y 400 amperes, de modo que tiene cuerda y energía permitidas.
"Esta pista está construida por la familia Trapani de Quilmes, provincia de Buenos Aires. Don Carlos fue el primero en construir pistas de este tipo entre las décadas del '60 y '70 en el país, a quien le siguió su hijo Cristian y ahora su nieto Matías. Son una familia que se dedica a eso", explica Pablo para definir este tipo de hobby como "un juego apasionante que busca rescatar al niño; es uno de los últimos juegos de la modernidad".
Lo último antes de la virtualidad
"Es la electricidad y la electrónica en los últimos tiempos previo a la virtualidad, ya que acá no hay programa. Es el concepto manual y artesanal en la preparación de cada auto. Sí tenemos un sistema finlandés de clasificación y lo instalamos bajo normas internacionales", reseña Zenón, apasionado por este hobby y reconocido psicoanalista y docente de la Universidad Nacional de Rosario (UNR) de la cátedra Clínica I.
Pablo cuenta que todo ese puñado de muchachos, que se reúnen dos viernes al mes y sábados cada 45 días, se conocieron con el paso de los años en casas de hobbies de Rosario y en competencias que se realizaban en distintos puntos de la provincia o en algunos rincones del país. "Estábamos nosotros y el aeromodelismo en madera balsa. Era la década del '70, el local se llamaba General Electric y luego pasó a ser Pecos Bill", recuerda.
"Somos un grupo muy grande de gente que llegó a la ciudad y otra que se fue a lo largo de muchísimos años. Pero nos conocemos todos de la década del '80 y venimos del automodelismo. Hoy somos 12 competidores, pero la idea es formar una asociación, más allá del grupo de amigos que se junta a jugar", cuenta.
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Entre tantos adultos-niños hay un chico de 11 años. Se llama Mateo y está probando su monoplaza en una de las guías donde se encastran los autitos. "La verdad es que si yo tuviera una pista en mi casa no tendría celular, estaría jugando todo el día. Voy a una pista más chica, y como estoy probando todo el día no uso el celular", asegura.
El vértigo de la velocidad
Detrás, entre pruebas y despistes de autitos que giran en torno a los 600 kilómetros por hora cuando alcanzan su velocidad máxima, se encuentra una verdadera mesa digna de aquellos viejos maestros especialistas en piezas de relojería a cuarzo o electromecánicos, quienes hacen retoques en las carrocerías de los autitos o tornean las cubiertas de goma para que queden al ras del chasis y así lograr las mejores prestaciones.
Se trata, ni más ni menos, de los boxes, donde se hacen los últimos retoques de lo que será, previo cóctel y picada, una competencia a ocho carriles por tiempo. De allí, quien haga la mayor cantidad de vueltas pasará de ronda y así se consagrará el merecido ganador al final de la jornada. Aunque, el recorrido y la previa asoman mucho más atrapantes y enriquecedores que el resultado final al final de la jornada del sábado.
"Los autos están construidos a una escala a razón de 1:24; los motores son blindados, es decir que no se pueden retocar; tienen imanes y los chasis tiene su respectivos constructores como si se tratara de una competencia, pero los que revolucionaron todo fueron los americanos", comenta Miguel Font, otro apasionado de extenso recorrido.
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Los autos se conducen a través de pulsadores conectados a una fuente al costado de la recta del circuito y allí también está la mano sutil para buscar el mejor tiempo posible y sacarle chispa a la pista, sin que el auto vuele por los aires y quede fuera de competencia.
Pasión desde la infancia
A propósito de eso, Eduardo Lo Menzo, un médico cirujano por fuera del hobbie, cuenta con simpatía: "Empecé a los 11 años y ahora tengo 72. Comencé en el aeroclub de Rafaela, donde te daban el taco de madera balsa y vos tenías que trabajarlo para darle forma. Ni te cuento cuando chocaban y se abollaba la madera balsa, pero luego fueron apareciendo los motores, imanes y bobinados para mejorar las piezas y desarrollar tecnología analógica".
Rodrigo Anzoategui tiene 50 años y es inspector de siniestros en una compañía aseguradora en Rosario. Pero, en este caso, no va inspeccionar ningún tipo de accidente en pista, sino a darle rienda suelta a una pasión que conserva desde la adolescencia.
"Acostumbrados al automodelismo de hace 20 y 30 años, la verdad es que los autos andan muy rápido", acota mientras detrás pasan autitos a toda velocidad y el ruido de la fricción entre el motor y la pista es parte de la atmósfera tuerca. Luego, concluye: "La idea es generar un campeonato interno rosarino, pero después se organizan torneos nacionales y anuales entre Rosario, Córdoba y Buenos Aires de cuatro o cinco fechas. Acá hay mucho trabajo de entrecasa".
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