Capítulo dos

La epidemia que no fue: noticias contradictorias crean un clima angustiante

Las primeras informaciones advierten del infierno por venir y rápidamente el Rosario adopta sus restricciones

Martes 06 de Julio de 2021

En 1864 el mariscal paraguayo Francisco Solano López le advirtió al Imperio do Brasil que cualquier injerencia en Uruguay sería tomada como una agresión, pero al hacer Río de Janeiro oídos sordos al llamado, el 12 de noviembre comienza la Guerra de la Triple Alianza (Argentina, Brasil y Uruguay), Gran Guerra o Guerra del Paraguay.

Las consecuencias fueron devastadoras para el país derrotado en 1870: Paraguay vio morir al 50% de su población, en algunas zonas el 85%, y al 90% de sus habitantes masculinos. Perdió territorios y su economía quebró.

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Finalizada la guerra, las tropas de la alianza comenzaron su desconcentración. La convivencia con milicias brasileñas, sobre todo del Janeiro, las condiciones higiénicas y el desconocimiento propagaron grandes enfermedades. Vía de comunicación insustituible, el río Paraná hizo de inocente canal de tránsito para que el cólera y la fiebre amarilla se instalasen en sus riberas.

Ya el jueves 5 de enero de 1871 La Capital informa sobre el “espantoso flajelo” que asola a la ciudad de Asunción y que “está acabando con el resto de la población que se salvó de los horrores de la guerra”. También anoticia que Corrientes ha cerrado su puerto y pone en cuarentena a cuanta embarcación llega de la capital guaraní. Y advierte: “Alerta, señor Capitán de Puerto, pues es grave lo que pasa” para preguntar si es necesario que aquí se proceda igual, ya que de esa “decisión depende que en nuestro hermoso Rosario no venga á cernir sus alas ese ángel de exterminio”.

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El Rosario había aprendido la lección y abría el paraguas antes de que llueva. Para febrero de 1867 las tropas de la Guerra del Paraguay circulan por vía fluvial y propagan el cólera especialmente en las provincias de Santa Fe y Corrientes. Cuando el brote de cólera cesó a principios de 1968, la ciudad había contado 420 personas muertas. Tras la traumática experiencia, se crearon los Consejos de Higiene Departamentales que irían a orientar a las autoridades y a los vecinos sobre medidas sanitarias, y una ordenanza restringió la relación entre metros cuadrados de una habitación o vivienda y sus habitantes.

Rige un modelo alienista de la sanidad pública, que separa a los enfermos, y otro higienista que integra a su mirada el control de los espacios públicos y privados y pregona una intervención sobre la infraestructura urbana, para evitar aguas servidas, denunciando las condiciones inaceptables de habitabilidad de algunos grupos de personas. Para ambos casos utiliza la categoría de “focos de infección”. Quienes vivían hacinados en habitaciones o ranchos y presentaban “predisposición” a enfermarse eran blancos pobres, negros y extranjeros. Son quienes sin acceso a la medicina, recurren a curanderas y otras creencias para tratarse.

Ante el “semejante monstruo” de la fiebre amarilla se alzan voces pidiendo, en “nombre de la humanidad, (...) vigilancia y severas medidas higiénicas a fin de contener la corriente de aire mal sano”, la reimplementación de las “visitas domiciliarias” de los Consejos de Higiene, y el control de hacinamientos, por ejemplo, en “la Tonelería de la calle de Santa-Fé”. La Capital va un poco más allá, hasta la intimidad familiar: “Cuidar en estos momentos de la higiene pública es ponernos a salvo de toda epidemia. Lo mismo deben hacer las familias en su vida interior, mucho aseo, baños frecuentes y comidas sanas, ya que el aseo interior es la llave de la salud”.

El sábado 28 de enero los vecinos denuncian que el Mercado de Abasto se ha vuelto nuevamente invadido por ratones y la Comisión de Higiene reacciona rápidamente ya que “inspecciona puestos y habitaciones del mercado”. Más tarde aparece el problema de los “numerosos perros” que tienen puntos de reunión, por ejemplo, en San Juan frente al Mercado.

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El Mercado Sud luego de Abasto visto en 1866 desde San Martín y San Luis / George Alfeld - Museo Histórico Provincial Julio Marc.

Contradicciones informativas

Las contradicciones en las informaciones sobre la fiebre amarilla comienzan a construir un clima angustiante en el Rosario. Mientras el viernes 13 de enero el diario La Nación de Buenos Aires dice que en Corrientes “el estado sanitario de esta población es de lo mejor”, el jueves 19 La Capital indica que en esa ciudad capital “se ha desarrollado (...) la terrible epidemia de fiebre amarilla”.

Dicha incomodidad ha impulsado en el Rosario el establecimiento de una cuarentena para “todos los buques procedentes de la Asunción” y luego la prohibición de la venta callejera de frutas, una medida repetida desde hace tres años que intenta controlar la comercialización de “fruta verde”, en particular sandías y melones. Los puesteros, como Félix Navio, se quejan y La Capital acompaña aduciendo que “no es justo que a un bolichero se le ordene tirar al río un año de trabajo, ni a los horticultores y quinteros”.

Para la primera semana de febrero la epidemia en Buenos Aires está “controlada” y en Corrientes está “generalizada”. En tanto el barrio porteño de San Telmo ha sido “completamente aislado por haberse desarrollado en él la fiebre amarilla”, en Corrientes la fiebre amarilla sigue haciendo horribles estragos” y ha matado a cuatro de los siete médicos de la ciudad y a dos boticarios.

La Capital apela a un conocido adagio para llamar la atención de las autoridades locales: “Cuando las barbas de tu vecino veas cortar, pon las tuyas á remojar”, aunque no falta quien culpa a los periódicos de alterar los ánimos, de aterrorizar a la población. El diario se defiende diciendo que “tocamos la campana de alarma, es cierto, (...) pero con el único propósito de que el pueblo (...) conozca el peligro que le amenaza”.

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Restricciones a la vista

Considerada “punto medio entre Buenos Aires y Corrientes, por su posición topográfica y por ser su puerto la estación de todos los vapores que recorren el Paraná”, el Rosario es la ciudad “que más expuesta está al contagio epidémico”. Por eso el presidente de la Honorable Corporación Municipal (HCM) Narciso del Castillo le pide explícitamente por carta al Capitán del Puerto, Cecilio Echevarría, que, en vistas a la situación en Corrientes y Buenos Aires, “se sirva tomar todas las medidas que sean del caso y juzgue oportunas para que se establezca una cuarentena inexsorable sobre todos los buques procedentes de puntos infestados”.

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A partir del 6 de febrero comienza la interdicción en el Puerto del Rosario / Archivo Histórico Diario La Capital.

Se solicita que cualquier buque que provenga de Buenos Aires sea sometido a una cuarentena de quince días, igual que para los de Corrientes y para “todos los puertos infestados de más arriba”. Y se designa como lugar de estacionamiento fluvial al paraje La Invernada, aguas arriba, y a “la embocadura del camino ancho”, aguas abajo. Además, deberá haber una fumigación “a bordo” y “con un desinfectante cualquiera” de toda la correspondencia llegada de Buenos Aires. La HCM sugiere también conformar una Junta o Consejo Médico, con los doctores del Rosario.

Ante la certeza de que “la importación de la fiebre amarilla por la vía marítima exige pues que en los puertos del Litoral se ejerza una mayor vigilancia” se detalla el procedimiento portuario: “Un buque debe ser ventilado, purificado, descargado completamente, sometiendo á los viageros a una observación durante un período bastante largo para que la peste no pueda estallar después del desembarco. Y para la tripulación, baños y desinfección de mudas de ropa y observación en un lugar salubre y aislado”.

El 10 de febrero la prohibición de venta clandestina de frutas involucra también al mercado y a los puestos ambulantes, donde no se podrán comercializar sandías, pepinos, ciruelas e higos, y sí duraznos, melones y uvas, “frutas todas inocentes”.

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La prohibición de vender frutas frescas era una medida sanitaria habitual en la época / Archivo Histórico Diario La Capital.

Desde el 11 se hace efectiva la cuarentena fluvial para los barcos venidos de Buenos Aires, aunque hay un problema: los pasajeros no tienen donde pasarla. Se decide la inmediata formación de un lazareto que quedará “bajo la vijilancia inmediata de la autoridad competente”. Serán contratados, el patacho portugués Liberal y el holandés “Magrichta”, en 600 y 500 patacones mensuales, para ser puestos bajo las órdenes del Capitán del Puerto y funcionen como lazaretos. Se dispondrá de cuatro botes y 16 carpas montadas en la isla, y la autoridad municipal proveerá los medios de subsistencia para los lazaretos “enviando raciones en abundancia” de “carne, arroz, fideos, verdura, vino, coñac, pan, yerba, azúcar, café, etc.”, y “un médico de sanidad con su correspondiente botiquín”. De todos modos, la cuenta de la cuarentena correrá por cargo de quien deba hacerla. El médico contratado es el Dr. D. Luis Breciani de Borsa (o Barsa).

En el intercambio epistolar con la HCM, el titular del Puerto recuerda que son “deficientes los elementos de vigilancia que de ordinario posee esta capitanía” para notificar que “en las inmediaciones del puerto de Marull (la estancia del mismo nombre ocupaba el predio del hoy parque Urquiza) se está violando la cuarentena”.

También se ha decidido montar un cordón sanitario de “condiciones altamente excepcionales” en el Arroyo del Medio con 30 hombres como custodia, aparte de la guarnición que allí revistaba. Simultáneamente habrá piquetes de 10 hombres y un oficial para “vijilar la costa desde la bajada Marull (en el sur de la ciudad) hasta el Saladillo” y de cuatro hombres en la estancia de Alvear.

La HCM se pone al frente de la política sanitaria de la ciudad. Retoma “las visitas domiciliarias de inspectores municipales a casas particulares y negocios”, y la vigilancia de “los parajes con aguas estancadas”, y le exige a los vecinos “el blanqueo exterior e interior de las casas” y “el barrido diario de las veredas”. En contraposición, los vecinos se quejan que los carros de la basura no pasan frente a sus domicilios, por ejemplo, “los de Catamarca entre Progreso y Entre-Ríos”.

La iniciativa municipal tiene su respuesta en la prensa: la Corporación “merece un voto de gratitud de toda la población por la prontitud y energía de las medidas que ha tomado”, aunque sean impopulares, sobre todo cuando alcanzan a las costumbres. Debido a la emergencia sanitaria, el domingo 19 de febrero La Capital anuncia que “queda abolido el juego de carnaval con agua”.

La desorientación informativa es inaudita. Algunas fuentes aseguran que “la fiebre amarilla ha desaparecido de Paraguay”, y que de Corrientes “ha emigrado la mayor parte de su población”, al tiempo que el diario porteño La República niega el 9 de febrero que en Buenos Aires haya fiebre amarilla, y cuenta que los vecinos de San Telmo no están aislados y están en “completo contacto con la población y los pueblos de campaña”. Suma a la confusión quien afirma el 12 de febrero que “en Buenos Aires la fiebre amarilla ha cesado” y otro que asevera que la epidemia “sigue localizada en la parte Sud de la población”. Asimismo, en carta desde esa ciudad piden que “no hagan caso de la fiebre, pues aquí nadie se preocupa por ella” y hacen una invitación como mínimo extemporánea: “Si quieren venir háganlo sin miedo”.

La cercanía de la muerte

En tanto La Capital afina su olfato periodístico. Desde el martes 14 de febrero, cuando anoticie que hay 10 fallecidos y 12 nuevos casos, de allí en adelante y gracias a varios “corresponsales especiales” en el epicentro del problema, hará cuentas día por día de los muertos en Buenos Aires. Y desde el 25 presentará los números con una pesada pieza litográfica como encabezamiento, para promover el interés, donde se lee “Fiebre amarilla”.

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Una pesada pieza litográfica antecede las noticias de la epidemia en Buenos Aires / Archivo Histórico Diario La Capital.

La interrupción de la conexión fluvial y terrestre con Buenos Aires trae sus complicaciones en el Rosario al dejar de recibir durante ocho días la correspondencia con esa ciudad. Cuando el servicio se restablece las informaciones son lapidarias.

El ministro del Interior Dalmacio Vélez Sarsfield ha hecho las primeras consultas para aconsejar al presidente de la República, Domingo F. Sarmiento, sobre la situación de Buenos Aires y la posibilidad de sacar al Gobierno de su sede.

Las fuentes consultadas por La Capital son inapelables. Es el propio Dr. Francisco José Riva quien indica que en Buenos Aires “tememos que haya invasión general” de la enfermedad al dar cuenta de que el estado general de los barrios de San Telmo y Concepción es “grave” y que “hay más casos de fiebre en diferentes puntos de la ciudad”.

Pero como dice el diario, la fiebre amarilla no es cuento y con fecha 23 de febrero es el propio Ovidio Lagos quien desde el Rosario se suma a la angustia generalizada en Buenos Aires. Un telegrama rubricado por el señor Víctor Fernández lo deja helado: “Tu mamá y tu hermana Gertrudis, han sido atacadas por la fiebre. Ordena lo que creas que deba hacerse”.

La serie completa

Capítulo 1: Cómo zafó el Rosario de la fiebre amarilla en 1871

Capítulo 2: Noticias contradictorias crean un clima angustiante

Capítulo 3: Restricciones y efectos de la peste en el Rosario

Capítulo 4: Crisis económica y alcance de la política sanitaria

Capítulo 5: Quién era el Dr. Francisco Riva, un héroe local

Capítulo 6: Una ciudad solidaria con Corrientes y Buenos Aires

Capítulo 7: Una hazaña rosarina que se destacó cuando vino lo peor

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