La ciudad

La ciudad que no se ve

María Eugenia Prece se dedica a la restauración de edificios. Dice que Rosario es una ciudad valiosa en su patrimonio pero que se va perdiendo. Cree en la necesidad de un proyecto que ponga en diálogo lo antiguo con lo nuevo.

Viernes 11 de Enero de 2019

Entre el arte y la arquitectura. En ese cruce se para María Eugenia Prece, restauradora. Tiene el privilegio de ver a Rosario desde un lugar particular: desde la altura. Conoce una ciudad que pocos ven. Dice que aún es una ciudad valiosa en cuanto a lo patrimonial. Pero le preocupa la falta de formación en restauración edilicia y que no se trabaje en forma interdisciplinaria para descubrir la historia de los edificios que son intervenidos. Cree que la ciudad debe crecer, pero con condiciones. "Rosario no tiene que anclarse, pero es necesario un diálogo mucho más enriquecedor con lo antiguo, y esa es una cuestión de proyecto", afirma.


Prece cuenta que cierta inquietud la rodeó al momento de elegir la carrera. ¿Arte o arquitectura?. Se graduó como licenciada en bellas artes en la Universidad Nacional de Rosario. Cuando ya estaba cerca de presentar la tesis final fue invitada a colaborar en la restauración del grupo escultórico de Lola Mora que luego se instaló en el Pasaje Juramento. Y ahí descubrió un nuevo universo: la restauración.

Entonces, y ahora igual, no abundaban los sitios para formase en la especialidad. Y menos aún en cuanto a lo edilicio. Se recibió y ganó una beca para un master que cursó en España. Allí aprendió técnicas, gestionó sobre casos concretos, conoció sobre materiales pero lo que más la atrapó fue la forma de trabajar. "Se forman equipos, hay arquitectos, ingenieros, especialistas en arte y restauración, historiadores, arqueólogos, urbanistas, gestores públicos y hasta abogados para abordar las cuestiones legales", recuerda hoy y aún se escucha su entusiasmo.

Acá, y no sólo en la ciudad sino en el país, los trabajos tienen otra escala. Obviamente que la conservación edilicia en Europa es un parámetro difícil de aplicar por estas geografías, pero Prece insiste. Hace años que además de trabajar en restauración también investiga y forma a tanto a técnicos como a albañiles, ingenieros y arquitectos. Busca ir un poco más allá.

La restauración aparece ligada a un pasado que es necesario conservar pero para hacerlo es indispensable estar actualizado. Las innovaciones tecnológicas impactan sobre los materiales y herramientas. La nanotecnología viene revolucionando distintas disciplinas. Acostumbrada a trabajar junto a integrantes del Instituto de Física de Rosario (Ifir), Prece armó equipo una vez más. Así, lograron un subsidio para experimentar en restauración.

Durante 2018, Prece trabajó en la restauración de edificios emblemáticos de la ciudad. El Concejo Municipal, la Bolsa de Comercio, el Jockey Club, el Museo Estevez, la sinagoga de calle Paraguay, el rectorado de la Universidad Nacional de Rosario y el mural de la Biblioteca Vigil, entre otras tareas. En diálogo con La Capital detalló parte de la tarea realizada y compartió esa ciudad que ella logra ver y muchos desconocen.

—¿Cómo definirías a Rosario en relación a su patrimonio?

—Creo que es muy valiosa si ampliamos el concepto de lo patrimonial edilicio a otras cosas que tienen que ver con considerar lo que se llama "el ambiente". Se trata de un concepto que señala como valioso no sólo a un elemento individual sino a su entorno y a todo el patrimonio inmaterial que genera la persistencia de eso. En Rosario creo que vivimos mucho la calle, aún con nuestra inseguridad. A la gente le gusta atesorar nuestras cortas historias ciudadanas y eso es valioso. Desde lo edilicio, esta ciudad era muy valiosa y lamentablemente está perdiendo ese valor por el crecimiento inmobiliario. De todas maneras, tenemos un Programa de Patrimonio que trata de compensar eso.

—Sí, es doloroso ver cómo se pierden piezas de la memoria urbana pero es verdad que hay ciudades donde ni siquiera existe este tipo de programas o catalogación.

—Sí, yo agradezco que exista el Programa, donde le ponen mucho esfuerzo, y no siempre con el presupuesto necesario. Sienta precedentes y establece líneas de trabajo. Es bastante abierto. En otros lugares no hay nada de nada. Al menos trata de ser un contrapeso.

—En ese tránsito, entre la ciudad que crece y la que se va perdiendo, ¿existen posibilidades de armar un reservorio para que algo de todo eso quede registrado?

—Hay muchos colectivos de gente que buscan preservar la memoria urbana. Es interesante ver como hay gente que sabe muchas cosas y las pone en común. Pero esos saberes, memorias, deberían formalizarse. Eso es algo muy importante. Te doy un ejemplo. En el Museo Estevez me llamaron por un problema estructural mucho más importante que lo estético y la causa de ese problema está en todo un devenir histórico de ese edificio y de la zona en la que está emplazado. Un montón de gente me acercó información al respecto, nada de eso estaba en el pliego. Eso debería estar como documento para que una sepa de qué se está hablando. Es decir, de dónde se parte. Eso ocurre en casi todas las obras. Estás trabajando y viene alguien que se acerca y te da datos importantes. Eso yo lo vi cuando estudié en España, antes que nada se hacía el estudio arqueológico e histórico. Hay gente que lo hace en forma espontánea, arquitectos que les interesa la cuestión patrimonial. La Escuela de Museología es un faro importante en eso. Los datos que circulan deberían estar sistematizados y debería ser una obligación recurrir a esas fuentes, si estuvieran sistematizadas, antes de formular una intervención sobre cualquier área.

—¿En Rosario hay lugares donde se formen restauradores?

—La Escuela de Museología forma gente con un perfil de conservación.

—¿Pero no conservadores de edificios?

—No, de edificios no hay. Sí hay cursos, pero en general tienen que ver con lo que es la obra mueble que están dentro de los edificios. Y la Facultad de Arquitectura no tiene ningún área que vea lo constructivo patrimonial. Eso lo sé porque justamente doy cursos en el Colegio de Arquitectos y conozco esa carencia. En Arquitectura de la Universidad del Litoral sí hay una cátedra que aborda patologías de la construcción, donde se ven casos de edificios patrimoniales. Eso ya les da una mirada diferente a esos futuros arquitectos. Es una dimensión que debe estar en las carreras de arquitectura. Yo siempre reniego en los pliegos con las especificaciones técnicas, porque las definen gente que no está formada en entender cómo estaban hechos los edificios centenarios.

—¿Eso lleva a errores?

—Claro, lleva a plantear soluciones que no son las adecuadas. No hay estudios previos y eso es algo muy grave. Y eso afecta a quienes vamos a realizar las intervenciones porque nos subimos al andamio y ahí nos damos cuenta que lo que cotizamos no sirve, porque hay que hacer otra cosa, porque el problema es otro. Y sólo te das cuenta cuando estás frente a él, porque hay muchos vicios ocultos. Cuando empezás a picar ves que el origen de la grieta proviene de otro lado. Eso es grave también porque se interviene mal para sacar la obra adelante o se frena todo hasta lograr cambiar el abordaje del problema. Es muy importante hacer estudios previos y en Rosario tenemos posibilidad de hacerlos, pero no se los considera prioritarios. Como tampoco se considera prioritario lo histórico antes de empezar a intervenir.

—¿Y esos estudios previos qué permiten determinar?

—Mirá, en la Bolsa de Comercio ocurrió algo muy interesante. Hace dos años se cayó un modillón de la cornisa, una ménsula muy grande. Treinta kilos desde treinta metros. Muy grave, algo parecido ocurrió en el Jockey Club. Hay varios edificios históricos con ese tipo de problemas en la ciudad, son todos centenarios o más. Ahora, ¿cómo te das cuenta de que puede ocurrir? Porque si lo ves no te das cuenta, porque toda su estructura interna no se ve. En la Bolsa llamaron a una empresa que me subcontrató para hacer el análisis de la cornisa y yo dije: "¿Qué vamos a hacer un análisis visual?". No me parecía. Alquilaron un súper skytrack y estuvimos viendo pero hay que llevar herramientas, tampoco vas a estar abriendo todos los modillones para ver. Entonces, se convocó a una empresa que hace ensayos no destructivos y que utiliza diferentes técnicas y herramientas muy útiles como la termografía, el ultrasonido, rayos x y gamma, con instrumentos portátiles que se pueden llevar a los lugares. Así pudimos relevar ante lo que estábamos y entendimos cómo era la cuestión y por qué se había caído sin tener que romper todo.

¿Realizar esos estudios previos impacta mucho en los presupuestos?

— En realidad te permite en muchos casos ahorrar en equivocaciones. Además si los hacés la intervención va a ser mucho más precisa y vas a descartar cuestiones que no son imprescindibles. Sobre todo buscando aplicar el criterio de mínima intervención, máxima consolidación, que es mi forma de trabajar y que es bastante distinto de lo que a veces se espera. Es común encontrarse con el deseo de que un edificio viejo quede como nuevo, con todos esos materiales que enmascaran. Y mi propuesta es otra.

—¿Recordás algún descubrimiento en particular mientras estabas trabajando en una obra?

—Tengo historias bien curiosas. Yo trabajé para una empresa grande que había abierto un área de restauración e hicimos obras en Buenos Aires. Y en Ciudad de Buenos Aires hicimos un estudio estructural sobre la Iglesia San Ignacio de Loyola. Nos habían convocado porque se estaba por caer la torre, Y teníamos que investigar por qué ocurría eso. Estaba apuntalada. Había que relevar los cimientos, había que cavar y era suelo histórico y tenía que estar presente el Servicio de Arqueología Urbana, eso es así por legislación. También lo mismo tuvimos que hacer con otra obra en San Miguel, con una Iglesia, y abriendo la vereda descubrimos enterramientos que eran de la época de la fiebre amarilla, según pudieron determinar los arqueólogos. Y en la de Loyola lo interesante fue que había que hacer estudios para llegar a dar una interpretación de por qué se había producido la grieta. Se relevó la dimensión, la geometría, la sobrecarga de la cubierta, el estado del suelo y cimientos. Es decir, todos los factores que podrían estar afectando. Y la clave final la encontró un historiador que en realidad no estaba previsto por el pliego en el equipo de trabajo. En Argentina nunca figura un historiador en los equipos. Esta persona es un especialista en arquitectura jesuita que me lo encontré en el Archivo General de la Nación intentando yo hacer de historiadora. Me lo presentó el bibliotecario cuando me empezaron a pasar información que estaba escrita con letras antiguas y un español que no se entendía. Y ahí él con su pericia encontró que en el devenir histórico de esa iglesia hubo una modificación de la planta que hizo que se debilitara un muro y se generara un problema. Cuando logramos ese dato, el edificio reflejó eso. Para mí ahí estuvo clarísima la importancia del historiador para relatar lo que le sucede a los edificios.

—¿Y en Rosario?

—Bueno, seguro que hay historias por descubrir. Es una ciudad ligada al puerto y en su casco más antiguo hay túneles. Puede ser que mucho de lo que ocurre en el Museo Estevez, donde hay problemas estructurales, tenga que ver, según algunos arquitectos que siguen la cuestión histórica, con que esa zona fue ganada al río, a la barranca. Hay que estudiar si hay niveles diferentes, muros distintos, qué ocurre con lo que eran los albañales. Por eso son importantes los estudios previos. Nosotros restauramos el mirador del Estevez, pero es necesario en esa zona hacer estudios par considerar la historia de los edificios. El mirador estaba apuntalado desde hacía 10 años y con una bandeja de protección por desprendimiento. Ahí el Programa de Patrimonio evalúo y propuso la restauración. Lo restauramos y no necesitamos hacer una reposición muy drástica del original. Trabajamos con una tecnología muy nueva que permite mínima intervención, en vez de consolidar una loza haciendo una intervención poniendo perfiles y mallas, usamos fibra de carbono. El mirador lo había pedido la señora Estevez para pintar mirando el río, y aún se ve. Conserva una vista preciosa. Yo siempre pienso que tengo ese privilegio, poder acceder a esas vistas, como cuando trabajamos en la cúpula del Concejo Municipal o en la Bolsa de Comercio. Ver la esquina de Corrientes y Córdoba desde la altura es una belleza. Creo que podríamos tener terrazas hermosas en Rosario para poder ver eso.

—¿Donde ubicarías a Rosario en relación a la intención de restaurar? ¿Este año fue muy activo?

—Lo que motiva que haya más trabajo es que nuestra arquitectura antigua tiene 100 años o más y colapsa si no se interviene. Se puede hacer maquillaje o trabajos estructurales. El maquillaje a esta altura no alcanza. Por eso me parece que hay que profundizar hacia lo interdisciplinar y eso pasó en la Bolsa, en el Jockey, en el Estevez y en la Sinagoga. Estamos en un momento para prestar atención.

—¿Esos edificios qué ciudad relatan?

—Creo que era una ciudad donde la gente que construía compartía su bienestar económico con la comunidad a través de esos edificios. Por eso embellecían sus fachadas. Esas fachadas pueden verse como obras en una galería de arte, la calle. Creo que el prestigio estaba asociado a que tuviera uso público. Proveía algo a la ciudad y eso daba prestigio, eso ahora no existe. Ahora se construyen barrios cerrados.

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