Ahora que Central volvió a salir campeón de un torneo de la Liga luego de 36 años, Homo Sapiens editó “Escritos Canayas, recuperados del olvido (y algunos inéditos)”, una obra de 40 textos y 150 páginas compilada por el escritor auriazul Fabián Bazán.
Luego de postular la virtual “extinción de los medios impresos” -ojalá la historia repitiera el resultado de los profetas que vaticinaron erróneamente la muerte de la radio ante el surgimiento de la televisión- el compilador Bazán -quien escribió “De chiquito yo te vengo a ver”- confía que “este libro intenta, modestamente, recuperar algunos de esos textos publicados en diarios, en revistas, en libros descatalogados e incluso en las actuales tecnologías de la comunicación, porque creemos que lo merecen”.
Entre los textos se destaca el último, titulado “Aquella cancha de Talleres”, del historiador rosarino Wladimir Mikielevich, quien rescata la vieja cancha de Central, pero no la antecesora del Gigante de Arroyito -que tenía el campo de juego un metro elevado sobre las tribunas al extremo que las mesadas de los choripaneros de la vieja popular del río parecían la continuación del verde césped- sino una que el club del barrio Talleres poseía entre 1902 y 1918 en los terrenos ferroviarios situados entre las vías del Central Argentino al norte, la calle Catamarca al este, Constitución al oeste y Castellanos al sur, en épocas en las que aún no existía la calle Enzo Bordabehere, la continuación de Salta hacia el oeste, y que fue conocida por el extinto socio canalla César Martínez, quien declaró a La Capital en una entrevista: “Yo conocí la cancha vieja, de Catamarca y Castellanos”.
Mikielevich rescata la exquisita historia del almacenero Venancio Fuggini, que tenía su local en la ochava sudeste de San Nicolás y Catamarca, donde funcionaba la virtual secretaría de Central, al extremo de que en su bar se reunían jugadores, dirigentes e hinchas, como muestran algunas sepiadas fotos del Decano de la Prensa Argentina de la época.
La cancha vieja de Central permaneció allí hasta 1918, cuando fue imprevistamente trasladada a otro terreno ferroviario de Iriondo y Central Argentino. “La restauración del alambrado en el nuevo emplazamiento, en terreno llano y desprovisto de paja brava, se hizo con tal rapidez que el domingo ya se disputó un partido. Comenzaba un nuevo capítulo en la rica historia de una gran pasión rosarina”.
La obra sorprende con “La biblioteca canalla”, de Andrea Ocampo, quien recupera el cuento “De Montmartre a Arroyito”, de Katja Evelyn Sánchez, con esta increíble narración autobiográfica: “Katja recorre las calles de París y en una esquina cualquiera reconoce los compases de la canción sagrada: “la” marcha. Silbada por unos labios masculinos y valientes, metiendo vapor en el aire helado del otoño europeo, Katja enfrenta al muchacho y le dice: «Te aplaude y te saluda jubilosa». Y no sólo cantan juntos, por supuesto. Casi una nouvelle, la autora se ocupa en detalle de narrar los años que restan del exilio para culminar con la sesión de fotos vestida de novia en el Gigante”.
Uno de los textos más emotivos es “El fútbol: rivalidades y pasiones”, de Rafael Ielpi, quien remata con un testimonio del Colorado Vázquez -el canciller de la Ocal en La mesa de los galanes- sobre los últimos partidos en los que él y otros amigos llevaban al Negro Fontanarrosa al Gigante, cuando cruzaban el foso en silla de ruedas hacia el estacionamiento y lo ovacionaban los hinchas desde las cuatro tribunas al grito de “Olé, olé, olé, Negró, Negró”: “Hay que tener en cuenta en las condiciones que iba. No podíamos comentar el partido porque ya tenía dificultades para hablar. Él lo sabía, pero ¿quién le quita el olor de la cancha, el ver el partido y el cariño popular de la gente?”.
El relato "La derrota que fue triunfo", del periodista de espectáculos Pedro Squillaci, narra con precisión el poderoso significado de la ceremonia iniciática de llevar al hijo por primera vez al Gigante. El avezado cronista del Decano revela los detalles de la aciaga tarde en la que compartió su primer partido con el pequeño Julián en Arroyito, en la que el equipo del corazón perdió con Vélez, pese a lo cual el pibe -un canaya desde su más tierna edad, como canta Fito- lo sorprendió con su respuesta: "No importa, pa, estuvo buen igual". Y Pedrito remató como el Matador: "Esa tarde perdimos en la cancha, pero con el Juli ganamos por goleada".
Otra fotografía de la increíble historia de Central fue aportada por Juan Martín Guevara en “Mi hermano el Che” donde narra: “Algunas veces Ernesto me llevó de la mano a ver a Central. (...) Algunos fines de semana, de los pocos que Ernesto estaba en la casa de Buenos Aires, él me llevaba de la mano a ver a Rosario Central”.
Y el toque de pintura mágica de gloriosa actualidad lo dio Guillermo Morales, con “La quiromancia de Miguel Angel”, que remata el increíble año del pueblo canalla con esta perlita del martes de Miguel Ángel Russo en Centralito de Pizzas, a dos cuadras del Gigante, antes de la final contra Platense: “Pidió una cerveza helada, la bebió en un vaso de plástico, sonrió y miró a Carlitos, el titular del negocio, y le dijo, extendiendo el Omar Palma de su mano: “Decime qué carajo va a pasar este fin de semana”. Carlitos, que tenía un repasador colgando de la cintura y que le chorreaba una gota de sudor enorme de una sien, suspiró, lo miró fijamente a los ojos y le propuso: “Si primero me pintás el techo de la pizzería”.