La Ciudad

Cuando al quirófano sólo entraban instrumentistas, ella fue la primera cirujana pediátrica

En 1986 Karen Liljesthrom logró hacer la especialidad en pediatría, fue la única en la provincia por años y por tres décadas la única en Rosario

Lunes 07 de Septiembre de 2020

Era 1981. Ya se había recibido de médica, pero el objetivo era ser cirujana pediátrica, y para eso tenía que primero ser cirujana general. Una alternativa era rendir el examen que la habilitara a realizar la residencia en la especialidad, para lo que necesitaba superar dos instancias: un examen escrito y una entrevista personal. Fue allí que que se sentó frente cirujanos, que al día de hoy considera “excelentísimo profesores”, y escuchó cómo le explicaban que preferían “no tener mujeres en los quirófanos salvo que fueran instrumentistas o personal de apoyo”, y la calificaron con un 1. Sin embargo, tras una concurrencia, Karen Liljesthrom se convirtió en 1986 en la primera cirujana pediátrica de la ciudad y de la provincia, una situación que se mantuvo sin cambios en Rosario hasta 2016, cuando otras dos mujeres lograron obtener ese título.

Liljesthrom no sólo llegó a los quirófanos, sino que después integró en varias oportunidades la comisión directiva de la Asociación de Cirugía de Rosario, donde “sin problemas ni rencores”, según señala ella misma, se cruzó con varios de los mismos profesores que la preferían fuera de los quirófanos.

Es más, fue directora del Hospital de Niños Víctor J. Vilela, subsecretaria de Salud de la gestión municipal, y sigue en el hospital como Jefa del Departamento de Cirugía y dentro de quirófano. “Eso es lo que más me gusta”, admite, la profesional que como muchas otras, y en otras especialidades, abrieron las puertas de los espacios hasta el momento vedado para los varones.

"Muchas otras cirujanas lo hicieron, así como en otras especialidades como la traumatología o la terapia intensiva, que también eran propias de los varones", señala. Aunque así y todo, en la actualidad si bien las médicas mujeres matriculadas son más que los varones en el Colegio de Médicos, ellos siguen siendo los que mayormente llegan a las carreras de posgrado de determinadas áreas.

>>Leer más: Con más médicas mujeres, los varones buscan su espacio en las especialidades

Poder plantarse

Cuando recuerda el episodio que le cerró las puertas a la residencia en cirugía con el explícito argumento de ser mujer, y ninguna otra explicación, analiza que “eran otros momentos y la asociación era un espacio muy machista”, aunque admite que “fue duro escucharlo, pero había algo que yo quería, tenía un objetivo y busqué otro camino para conseguirlo”.

Ser la única cirujana pediátrica en la provincia la obligó a compartir habitualmente sus espacios de trabajo con compañeros varones. “No tuve problemas, incluso con los mismos que me habían dicho eso, salvo ese episodio, nunca pasé después situaciones de ese tipo y me sentí respetada en el trabajo; pero también es cierto que claramente tengo carácter y herramientas para plantarse cuando hace falta”, recuerda.

También admite que son “especialidades complejas” y no sólo porque “requieren mucho tiempo de formación”, sino además porque tienen horarios difíciles: entrás al quirófano y más de una vez no sabés en cuánto salís, y eso a veces es difícil de manejar”, reconoce.

Lo mismo, según señala, sucede con “otras especialidades como terapia intensiva tanto de adultos como pediátrica”, y que de hecho se sigue viendo cómo la mayoría de ellas siguen siendo desarrolladas por profesionales varones.

Una red de apoyo

En ese punto, Liljesthrom admite que “si hay un proyecto familiar y afectivo además del profesional, es necesario contar con una red de apoyo, eso es fundamental”. Y de ese modo, explica cómo pudo compatibilizar los quirófanos con la crianza y el acompañamiento de sus cuatro hijos.

“Se requiere esfuerzo y dedicación, y ayuda para poder combinar las dos cosas”, apunta la cirujana, y destaca todo el tiempo la presencia de “una pareja que entienda de qué se trata y que, como en mi caso, entienda la crianza de los chicos con una presencia sostenida, que entienda que una no es madre las 24 horas, y que estuviera claro que el que primero llega a la casa baña a los chicos, y empieza a hacer lo que hay que hacer”.

Sin embargo, admite que “la casa se organizó de modo tal que pudiera funcionar de 7 a 20 sin mi presencia y para eso, además del papá había una red: abuelos y familiares dispuestos, e hijos que se adaptaron y sabían que el tiempo que estaba con ellos, que además no era tan poco, era exclusivo para ellos”.

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