De un día para el otro, tuvieron que aprender a usar las herramientas digitales que tenían a mano para no perder el contacto con los chicos. No fue fácil, porque al mismo tiempo tuvieron que quedarse en casa, a veces en soledad, otras con demasiada compañía, cuidarse del coronavirus y lidiar con sus hijos, que ése mismo día se encontraron sin la obligación de ir a clases. Todo, y eso fue lo más duro, sin los socios del desierto, los amigos.
“Al principio fue la novedad y parecía que iba a ser por un tiempito, pero el panorama cambió y nos dimos cuenta que había que pensar estrategias a largo plazo, ahora, después de dos meses sin escuela, se siente fuerte el desánimo”, recuerda María Eugenia, 36 años, dos hijos pequeños, que hace malabares para llegar a fin de mes dando clases en cinco escuelas, una en cada punta de la desangelada geografía rosarina.
“Hay un desgano, una sensación de tristeza y de incertidumbre y de derrota, porque muchos chicos sienten que hacen los trabajos, pero que su esfuerzo se pierde, les falta esa pata que nos daba el encuentro face to face”, se lamenta y, descarnadamente, dispara: “Nos chocamos a diario con la realidad mágica del Ministerio y lo que pasa en cada casa, la cruda realidad, hay pibes que no están comiendo, mirá si se van a hacer la tarea…”
La fuerza del amor
Con sus colegas de la escuela donde da clases en Villa Gobernador Gálvez hicieron una colecta para comprar alimentos y entregaron bolsones de comida a las familias del barrio. Son los pescadores que viven en la barranca y que, además de las privaciones de la pandemia, sufren la bajante del río. Hoy los docentes, que saben mejor que nadie el importante rol que tienen en la crisis, hacen todo lo que está a su alcance para ayudar.
“El primer mes la pasé muy mal, me quería ir a vivir a la Antártida”, confiesa Fiorela, 37 años, solterita y sin apuro, docente de Educación Física. Trabaja en dos escuelas, una privada y confesional y la otra pública, queda en el centro, pero la mayoría de sus alumnos viven en barrios vulnerables. “Como me llevo bien con la tecnología, me tocó ayudar a las profes que no se dan maña, hacer tutoriales, explicarles, una locura”, suspira.
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“Vivo dos realidades diferentes, la más brava es la de la pública, porque hay chicos que ni celular tienen, usan el del padre y se quedan sin datos porque no pueden cargarle crédito”, describe sin ocultar la desazón que le provoca la situación. “Igual buscan la forma de hacer los trabajos y entregarlos, como sea, les sacan fotos y los mandan por WhatsApp, y como los pibes no tiene noción del tiempo te llegan cualquier día a cualquier hora, es agotador”, se queja.
Cada vez que tiene oportunidad, la ministra de Educación provincial, Adriana Cantero, destaca "el gran compromiso de los docentes para aprender a usar la tecnología, más cuando en el mundo no hay experiencias de educación masiva a distancia”, y añadió: “Al mismo tiempo estamos planificando cómo volver a encontrarnos en la presencialidad, es una tarea titánica en la que aportan todos”.
“La pandemia mostró el valor que tiene la escuela en la cultura cotidiana, en la organización de la vida de una sociedad”, reflexiona en diálogo con La Capital la funcionaria provincial, y agrega: “Todos adherimos a las nuevas tecnologías, pero esta situación dejó en claro que la tecnología no sustituye el vínculo presencial, la mirada, la palabra, el gesto, aunque hay que reconocer que la virtualidad ha habilitado otras formas de encuentro”.
Lazos de familia
El encierro, las nuevas condiciones laborales, el infierno de la conectividad, pero, sobre todo, la ausencia de una relación presencial con los alumnos frustró tanto a los docentes como a los chicos. Un relevamiento realizado por Sadop reveló que el 74 por ciento de los encuestados combina el trabajo con el cuidado de los hijos, los padres y enfermos con los que conviven, un factor de estrés extra a la ya de por sí ardua tarea de intentar dar clases a distancia. El resultado: trastornos de sueño, jaquecas, dolores inesperados, mal humor.
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Pese al estrés que le provocó la nueva situación a maestras, padres, alumnos, no todas son quejas. “Siento que el vínculo que había con las familias se fortaleció”, cuenta Tamara, 40 años, maestra en dos escuelas, una secundaria del centro y otra de nivel inicial en Parque Casas. “Son el día y la noche, pero en ambas me asombra la creatividad de las familias que usan lo que tienen a mano para hacer las actividades”, se entusiasma.
“En esta realidad también se ven falencias y miserias de las que estábamos al tanto pero que ahora quedan más expuestas”, continúa el relato sin perder la calma, y se lamenta: “Las madres se sienten más cerca y cuentan, se descargan, hacen catarsis; la falta de recursos, los lazos familiares, muchas veces ausentes o violentos, hay resurgido y con más fuerza, y eso te lleva a entender porque a veces lo educativo queda en segundo plano”.
Pero las clases hay que darlas, seguir las directivas del Ministerio, corregir la tarea, llenar las planillas, responder los pedidos de los chicos, los padres, la directora, el presidente de la cooperadora, el cura, la supervisora, la portera, y todo a distancia, con una pantalla entre ceja y ceja. Y lo peor no es que haya docentes que vivan en el pasado, sin redes sociales, computadora, ni un smartphone decente, lo peor es que se quieran quedar ahí.
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“No usamos Google Classroom, la plataforma que puso a disposición el Ministerio, porque hay muchos papás que no saben adjuntar un archivo y porque hay maestras que, salvo el WhatsApp, no dan pie con bola con la tecnología”, confiesa Laura, 49 años, vicedirectora de una escuela de nivel inicial del centro, y añade: “Nos arreglamos como podemos, creamos una página de Facebook y tratamos de canalizar todo por ahí, pero no es fácil”.
“Los padres tienen preguntas, los chicos quieren ver a la maestra, la demanda es grande”, explica en medio de una catarata de ideas, quejas y emociones incontenibles. Y explica: “Se rompió el tiempo que los docentes le dedicaban a la escuela, ahora desde que nos levantamos hasta que nos vamos a dormir estamos en actividad escolar. Quisimos poner límites, pero no se puede, nos llegan mensajes permanentemente con problemas que hay que solucionar”.
Más allá del cotidiano, que suele ser infernal, sobre todo cuando las maestras tienen chicos y se tienen que duplicar para poder conformar a todos, hijos, alumnos, maridos, padres, abuelos, todos se esfuerzan por hacer lo mejor. Está la directora que va con su auto repartiendo libros de la biblioteca escolar casa por casa para que los chicos puedan hacer la tarea y la maestra que fue a la escuela a buscar un pizarrón y tizas para grabarse explicando los temas como si estuviera en el salón.
Está la directora que, aunque odia las fotos y mucho más los videos, actúa para la cámara en un corto que después vuela, a la vertiginosa velocidad de internet, a los celulares de los alumnos. Lo hace, a pesar de ella misma, pero segura de que hay que ponerle ganas, fuerza, entusiasmo a la situación, que es difícil, que angustia, que genera incertidumbre, pero que, como le han demostrado las maestras, solo se puede enfrentar entre todos.