Un artista genial nacido en París en 1840 en una familia pobre. Un multimillonario mexicano cuyo nombre, Carlos Slim, es un sinónimo de la globalización. Un museo argentino establecido en un enorme palacio de líneas neoclásicas. Estos tres elementos, aparentemente desconectados, cuadran, como una conjunción de las esferas celestes, para dar un espléndido resultado: la muestra de Auguste Rodin (1840-1917) en el Museo Nacional de Arte Decorativo de Buenos Aires (MNAD).
La exposición es la mayor que se haya visto del gran escultor francés por estas latitudes: 52 piezas del mexicano Museo Soumaya, 18 del Ponce, de Puerto Rico, y dos del propio MNAD porteño. La muestra es por esto literalmente imperdible: permite acercarse a una obra que, de otra forma, sólo es accesible a quienes pueden permitirse un viaje a París para visitar el imparejable Museo Rodin.
Esquemáticamente, Auguste Rodin es a la escultura lo que el impresionismo a la pintura: el punto de ruptura que abre las puertas a la superación de un academicismo que se negaba a morir. La influencia de Rodin fue inmensa y puede detectarse en los grandes escultores argentinos de la primera mitad del siglo XX. Es el caso, por ejemplo, de Rogelio Yrurtia, autor de las figuras monumentales que flanquean la explanada del Museo Castagnino.
La vinculación del genio francés con la Argentina de su época, la de las grandes fortunas de una aristocracia culta y europeizada, fue intensa. El propio MNAD es expresión de ese vínculo: las obras que aporta a la exposición fueron encargadas al propio Rodin por sus dueños originales.
Días y horarios. La exposición estará abierta hasta el 14 de septiembre, de 14 a 19, en avenida del Libertador 1902. La entrada vale dos pesos, salvo los martes, que es gratis.
"La era de Rodin" muestra algunas desprolijidades que se podrían haber evitado fácilmente. No hay siquiera un folleto para entregar al visitante, y el catálogo, explicó personal del museo, recién "llegaría la semana próxima". Además, según el programa del Museo Soumaya, cada sala tiene su eje temático: el Salón de París, la Puerta del Infierno, Mitos y alegorías, etc. Sin embargo, en el museo argentino únicamente pueden leerse las etiquetas tradicionales de cada sala (el escritorio, el salón de baile, etc). El visitante tiene que intuir por su cuenta la unidad temática de cada grupo o sala. Otro punto objetable es la presencia excesiva de piezas de arte decorativo, que inevitablemente producen un cierto "ruido" al superponerse con las esculturas en exposición.
Más allá de esta suma de detalles infortunados, las 72 piezas de Rodin y sus contemporaneos y discípulos conforman una muestra de esas que se dan una vez cada muchos años. El recorrido empieza con la "Edad de Bronce" (1877), considerada la primera gran obra del francés, aunque antes habría que contar al "Hombre de la nariz rota" (1863). Más adelante se encontrarán varias composiciones "voluptuosas", muestras del erotismo vertiginoso que Rodin abordó tantas veces. También destacan dos grandes piezas preparatorias del conjunto "Los burgueses de Calais" (1885-95). El patetismo de Rodin toca aquí su pico máximo y se derrama sin miramientos sobre el espectador, que gira en torno a estas obras como un satélite. Por último, viene al encuentro "La Catedral", ese par de manos que se alzan en un ruego. Rodin alcanza con este trabajo lo sublime inefable, la presencia pura de la materia transfigurada en arte.