El arzobispo salvadoreño Oscar Romero, asesinado por un escuadrón de la muerte derechista en 1980 y que es un ícono de la Iglesia católica en América latina, está más cerca de ser declarado santo. Avvenire, el periódico oficial de los obispos católicos de Italia, informó ayer que una comisión teológica del Vaticano determinó que Romero fue asesinado "por odio a la fe", lo que significa que será considerado mártir.
La determinación, que ahora debe ser ratificada por la comisión de cardenales y de forma separada por el Papa Francisco, significa que Romero puede ser beatificado sin que se le atribuya un milagro.
Francisco, el primer Papa latinoamericano, dijo en agosto que Romero fue "un hombre de Dios" y que esperaba que el proceso de canonización se realizara con rapidez.
El proceso se había estancado con los pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI, ya que veían a Romero muy cercano a la Teología de la Liberación, un movimiento radical que hace hincapié en la ayuda a los pobres y la justicia social.
El arzobispo de San Salvador fue asesinado a tiros el 24 de marzo de 1980 mientras celebraba una misa en la capilla de un hospital. A menudo denunciaba la represión y la pobreza en sus homilías.
Romero, principal representante de la llamada Teología de la Liberación, fue incansable en la denuncia de la represión militar en su país. Fue baleado mientras oficiaba misa en la capilla del hospital La Divina Providencia para enfermos de cáncer. Un francotirador ejecutó una conspiración encabezada por el mayor de inteligencia Roberto D'Aubuisson, que en 1983 fundó el partido de derecha más importante del país, Alianza Republicana Nacionalista (Arena, que gobernó el país entre 1989 y 2009).
El crimen fue la gota que colmó el vaso y que se considera dio lugar a la guerra civil (1980-1992) entre el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional y el ejército.
La guerra civil salvadoreña, uno de los conflictos más brutales de la Guerra Fría, dejó unos 75.000 muertos antes de que terminara con un acuerdo de paz en 1992.
El presidente salvadoreño, Salvador Sánchez Cerén, celebró la evolución del proceso. "Nos estamos preparando como gobierno para la beatificación. Vamos a hacer una celebración y vamos a invitar a todos los presidentes de América latina", aseguró.
El sacerdote que
terminó siendo "la voz
de los que no tienen voz"
Oscar Arnulfo Romero Galdámez provenía de una familia humilde y era el segundo de ocho hermanos. Inició su carrera clerical a la edad de 13 años, en 1930, cuando entró en el seminario menor de San Miguel de la Frontera. Se ordenó como sacerdote en Roma el 4 abril de 1942.
Muchos sacerdotes y laicos lo consideraban conservador y miembro del Opus Dei cuando fue nombrado arzobispo de San Salvador, el 3 de febrero de 1977. Sin embargo, numerosos hechos, como el asesinato de su amigo el sacerdote jesuita Rutilio Grande, hicieron que diera un giro para pasar a ser un ferviente luchador y defensor de los pobres, aunque algunas personas como su hermano Gaspar Romero sostienen que él siempre había trabajado por los más necesitados y que el cambio no fue tan radical.
Lo cierto es que sus homilías comenzaron a ser un espacio de denuncia de las injusticias sociales. Monseñor Romero, junto a su arquidiócesis, acordó celebrar una misa única frente a la catedral el 20 de marzo en señal de protesta por el asesinato del padre Grande y no participar en actos públicos del gobierno hasta que este aclarara el crimen.
La homilía que lo condenó. En los años subsiguientes Romero continuó luchando contra las graves injusticias sociales que acechaban el país a través de sus homilías, transmitidas por la Radio YSAX. En medio de una aguda confrontación política, se convirtió en "la voz de los sin voz".
Su último mensaje en una misa dominical, el 23 de marzo de 1980, (cuando él tenía 63 años), fue su "condena de muerte", coinciden los analistas.
"Yo quisiera hacer un llamamiento, de manera especial, a los hombres del ejército. Y en concreto a las bases de la Guardia Nacional, de la policía, de los cuarteles...
Hermanos, son de nuestro mismo pueblo. Matan a sus mismos hermanos campesinos. Y ante una orden de matar que dé un hombre, debe prevalecer la ley de Dios que dice: No matarás. Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la Ley de Dios. Una ley inmoral, nadie tiene que cumplirla.
Ya es tiempo de que recuperen su conciencia, y que obedezcan antes a su conciencia que a la orden del pecado.
La Iglesia, defensora de los derechos de Dios, de la Ley de Dios, de la dignidad humana, de la persona, no puede quedarse callada ante tanta abominación. Queremos que el gobierno tome en serio que de nada sirven las reformas si van teñidas con tanta sangre.
En nombre de Dios y en nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios que cesen la represión".
El funeral de Romero, el 30 de marzo, se tiñó de luto y dolor. Militares apostados en las azoteas de los edificios aledaños a la catedral metropolitana dispararon contra los miles de fieles que participaban en la misa de despedida del arzobispo, en la plaza Gerardo Barrios, en el centro de San Salvador. No hubo cifras oficiales, pero se calcula que murieron entre 30 y 50 personas.
El sacerdote jesuita Ignacio Ellacuría, un seguidor de Romero asesinado en noviembre de 1989 junto a otros cinco curas jesuitas por un grupo de militares, dijo sobre el martirio del arzobispo: "Con monseñor Romero, Dios pasó por El Salvador".
La ejecución del arzobispo llamado "la voz de los que no tienen voz" fue uno de los más impactantes en el largo conflicto del país centroamericano entre una serie de gobiernos apoyados por Estados Unidos y rebeldes de izquierda, miles de los cuales fueron asesinados por militares y escuadrones de la muerte derechistas.
Nadie fue llevado a la justicia por el asesinato de Romero.