Casi la mitad de la población de Timor Oriental, un pequeño país del Sudeste Asiático cercano a Indonesia, se reunió este martes en un parque junto al mar para la última misa del Papa Francisco en la región.

Cerca de 600.000 personas asistieron al evento, en un país de algo más de 1,3 millones de habitantes
Casi la mitad de la población de Timor Oriental, un pequeño país del Sudeste Asiático cercano a Indonesia, se reunió este martes en un parque junto al mar para la última misa del Papa Francisco en la región.
Otras misas papales han atraído a millones de personas en países más poblados, como Filipinas, Brasil y Polonia, pero se cree que la multitud estimada de 600.000 personas en Timor Oriental representó la mayor participación en un evento papal en la historia en términos de proporción de la población, que en 2022 sumaba un total de 1.341.296 personas.
Timor Oriental, cuyo nombre oficial en portugués es República Democrática de Timor-Leste, fue mayoritariamente católico desde que los exploradores portugueses llegaron por primera vez a principios del siglo XVI. Hoy en día aproximadamente el 97% de la población es católica, y fue por eso que acudieron en masa a recibir al primer Papa que los visita desde su independencia en 2002, en el mismo campo donde Juan Pablo II rezó en 1989 durante la lucha de la nación por separarse de Indonesia.
Aunque la reunión en Timor Oriental es un hecho destacable, los expertos advierten que no se debe confiar en cifras de asistencia que no se pueden verificar de forma independiente. El Vaticano comunica estimaciones de concurrencia que proceden de organizadores locales, que tienen interés en sobrestimar la popularidad del obispo de Roma.
El Papa Francisco ya había recibido una ruidosa bienvenida el lunes a su llegada a Timor Oriental. Los timorenses abarrotaron la ruta de la caravana del argentino Jorge Bergoglio entre el aeropuerto y la ciudad, ondeando banderas del Vaticano y de Timor-Leste y portando paraguas amarillos y blancos —los colores de la Santa Sede— para protegerse del abrasador sol del mediodía.
“¡Viva el Papa!”, gritaban a su paso. Francisco, de 87 años, parecía disfrutar del saludo, sonriendo ampliamente desde la camioneta descubierta y saludando mientras pasaba por una valla publicitaria tras otra con su imagen y palabras de bienvenida.
Timor Oriental, uno de los países más pobres del mundo, había esperado con impaciencia la llegada de Francisco, que se produjo poco después del 25º aniversario del referéndum respaldado por la ONU que allanó el camino a la independencia de Indonesia.


