Pasan los días y la crisis de Ucrania no remite ni deja mucho margen a la esperanza de evitar una guerra. Pero ya pasó todo enero y corre febrero y la guerra todavía no estalla. El editor de Seguridad Internacional de la CNN, Nick Paton Walsh, analizó la situación bajo el título "Cinco cosas que Putin podría hacer con Ucrania que no implican una invasión total". La nota es una guía útil para comprender las alternativas que hay sobre la mesa del presidente de Rusia.
Hace dos semanas, la Casa Blanca afirmó que la invasión de Rusia a Ucrania era "inminente". Pero aún no ha ocurrido, y el reloj sigue corriendo. Dentro de unas semanas, el hielo puede haber comenzado a descongelarse en Rusia y Ucrania, o bien podría ser todavía lo suficientemente grueso como para que los blindados rusos lo atraviesen sin hundirse en el barro del deshielo. Depende de los caprichos del invierno ucraniano y de la página web de meteorología que se consulte. El deshielo fue clave en las operaciones militares en Rusia durante la Segunda Guerra Mundial, y hoy lo sigue siendo.
El viernes comenzaron los Juegos Olímpicos de Invierno de Pekín, y el presidente ruso, Vladimir Putin, no quiere estropear los juegos de su amigo Xi Jinping iniciando un conflicto a miles de kilómetros de distancia y distrayendo la atención del mundo. Además, tanto los críticos como los defensores de Rusia están de acuerdo en que una invasión a gran escala, de la profundidad y el ritmo que la administración Biden parece estar convencida de que va a ocurrir, podría ser catastrófica.
Entonces, ¿qué otra cosa podría hacer Putin?
Primero: nada. Gran parte de los análisis occidentales sobre las opciones de Putin giran en torno a su temperamento, que algunos perciben como oportunista e impulsado por el resentimiento, y su aparente aislamiento de los hechos. Depende de cómo su ingesta de información es alimentada por el círculo que lo rodea, suministrándole datos desequilibrados e incompletos sobre el éxito de cada una de las opciones estratégicas que tiene, y sobre la capacidad de supervivencia de cualquier respuesta occidental.
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Una columna de blindados rusos recorre Crimea, una provincia ucraniana ocupada por Rusia en 2014. Desde allí podría atacar el sur de Ucrania.
Fuente: AP
Pero ese mismo círculo también podría ser capaz de persuadirlo de que no es aceptable ninguna respuesta, y que no hacer nada parece tácticamente sabio y geopolíticamente fuerte. Las personas ajenas al Kremlin han llegado a la conclusión de que Moscú tiene que hacer algo para no parecer débil. Pero los "insiders", los que están adentro, podrían convencerse a sí mismos y a sus jefes, de que, en realidad, ocurre lo contrario: que es mejor no actuar.
Segundo: algo en lo que no hemos pensado. Puede que esto sea impensable para la industria de "jugadores de guerra" de los think tanks especializados en defensa que ponderan las perspectivas de un conflicto inminente, pero cuando Putin subió de la nada al poder a finales de los años 90, invadió Chechenia en 1999, utilizó un misterioso gas para acabar con el asedio a un teatro de Moscú en 2002, arrestó al oligarca ruso Mijaíl Jodorkovski en 2003, invadió Crimea en 2014, se unió al conflicto sirio en 2015. Desafió las expectativas y las predicciones.
Las otras opciones: ninguna es pacífica
Por supuesto, es contradictorio intentar predecir cuál podría ser su próximo movimiento, pero Putin tiene muchas opciones para dejar su huella sin invadir al vecino. Asia Central sigue siendo caótica, y sus déspotas quizá estén abiertos a más intervenciones, como la que se ha visto recientemente en Kazajstán. Afganistán está sumido en la confusión. El Ártico es un lugar que interesa mucho a Rusia y sobre el que tiene una ventaja territorial. La isla sueca Gotland y la noruega Svalbard han estado en vilo por la amenaza militar de Rusia. También América del Sur contiene muchas oportunidades para que el Kremlin altere el statu quo.
En resumen: las opciones son múltiples, y la capacidad de Putin para sorprender está establecida desde hace tiempo.
Tercero: buscar un acuerdo sobre las zonas separatistas del este de Ucrania. Esta es, con mucho, la peor opción para ambas partes. Las conversaciones de paz sobre el estatus del Donbás se han estancado, en parte porque Moscú tiende a no actuar de buena fe, y en parte porque Kiev es reacio a aceptar un acuerdo que pueda reconocer tácitamente la cesión a Rusia de los dos enclaves separatistas en su extremo este. ¿Y por qué debería hacerlo? El proceso de Minsk, en el que las potencias europeas tratan de fomentar un acuerdo permanente, puede recibir un nuevo impulso. Putin y su homólogo ucraniano, Volodimir Zelenski, podrían incluso hablar brevemente. Pero es difícil, a nivel interno, que cualquiera de las partes ceda terreno.
Moscú no puede, ni ideológica ni prácticamente, deshacerse de sus representantes en el Donbás: están demasiado arraigados, al igual que su retórica sobre los derechos a la tierra.
Cuarto: reconocer los enclaves separatistas en el este de Ucrania. Esto es algo que el parlamento ruso, un sello de goma para las iniciativas del Kremlin, ha sugerido como una opción incluso esta semana, aunque no está claro qué forma podría tomar el reconocimiento. ¿Las autoproclamadas "Repúblicas Populares" de Luhansk y Donetsk pasarán a formar parte de Rusia? ¿O serán entidades totalmente separadas, apoyadas por su enorme creador y vecino? El reconocimiento podría ir acompañado de "fuerzas de paz" rusas para protegerlas de las fuerzas ucranianas. Sin embargo, la verdad es que el Kremlin saldría perdiendo. Podría proporcionar un breve momento de autoafirmación a Putin, pero también dar lugar a sanciones de Estados Unidos y dejar al crónico desastre económico de los dos enclaves solo como un problema de Moscú.
Poner a las tropas rusas en la línea del frente también supondría el riesgo de arrastrar a Rusia a una guerra si alguno de sus soldados muriera en la línea de contacto con los ucranianos, que es muy inestable.
La embajadora de Estados Unidos ante las Naciones Unidas, Linda Thomas-Greenfield, dijo que Rusia ya podría tener hasta 30.000 tropas en Bielorrusia. El servicio de imágenes satelitales Maxar y sus analistas agregaron la semana pasada la presencia de regimientos de misiles balísticos Iskander, tanto en Bielorrusia como el oeste de Rusia. Detectaron al menos 48 misiles de esta clase, con un alcance de hasta 500 km y gran precisión.
Una ganancia estratégica impulsada por los recientes movimientos de Putin en defensa del dictador bielorruso Alexander Lukashenko. Las "maniobras conjuntas" rusas y bielorrusas podrían terminar si Putin decide dejar una parte o la totalidad de esta fuerza militar en el país vecino. Desde allí podría amenazar a Kiev en los próximos años, ya que la capital ucraniana está a sólo dos horas de la frontera con Bielorrusia. Y podrá amenazar además a los miembros de la Otán: Polonia, al oeste, y los países bálticos, al norte.
Incluso, Rusia podría absorber a Bielorrusia, un vecino más pequeño y débil, cuyo líder Lukashenko es un paria internacional. Su sustitución es algo que Moscú podría vender como una ganancia, y para lo que Estados Unidos y sus aliados aún no han articulado una respuesta. ¿Cómo puede Washington, con tropas repartidas entre los miembros europeos de la Otán, criticar a Putin por responder a una "invitación" a dejar miles de sus tropas en su aliado Bielorrusia? Estas jugada dejaría a la seguridad de Ucrania mucho peor que hace tres meses, cuando comenzó todo el ruido de la invasión, y sin ninguna consecuencia real para Moscú.
El próximo movimiento de Putin depende, como sigue insistiendo la Casa Blanca, de él. Pero hay alternativas a una invasión total, y el presidente ruso tiene un historial de sutilezas imprevistas y, a su modo, brutales.