La irritación causada por tantas lágrimas derramadas en las últimas décadas por tantas desilusiones poselectorales parece habernos quitado la facultad de ver claro y prevenirnos de los males que vuelven y nos ocupamos de ellos recién cuando los tenemos otra vez encima. Y de nuevo a sudar remedios enérgicos y urgentes, y tratamientos que ni curan ni precaven. Hemos sufrido, con intervalos, crisis económicas, políticas, institucionales y sociales. Según su propio punto de vista cada uno podrá atribuirlas al régimen político, a las leyes y costumbres electorales, a la falta de patriotismo, al desorden y abuso en los gastos del Estado, al autoritarismo, a la corrupción y al peculado, al exceso impositivo, a la criminalidad común, a la impunidad, a los acreedores externos, y muchas otras causas que suelen tomarse como originarias cuando en realidad son derivadas de una misma fuente: los individuos. A veces, cuando volvían los malos tiempos, la terapia parecía reducirse, prácticamente, a sacar a Fulano para poner a Mengano, y poner a Fulano en el puesto que tenía Mengano, como si fuera un enroque de ajedrez. A los granos que salen en el rostro, provenientes de la cocina, se puede intentar el erradicarlos utilizando productos específicos para la piel, pero volverán a brotar mientras tengamos malos cocineros, por más que cambiemos de régimen alimentario. Así también en las esferas gubernamentales.



































